sábado, 20 de junio de 2026

Mañana domingo 21 de junio de 2026, Colombia elige Presidente de la República.

 


(...) Cada elección es mucho más que depositar un voto en una urna; es escribir una línea en la historia de nuestros hijos, de nuestras comunidades y de la nación que heredaremos a las próximas generaciones.

La democracia no se sostiene únicamente en las instituciones, sino en la conciencia de ciudadanos que entienden que la indiferencia también decide.

Hoy, cuando el país enfrenta desafíos profundos, votar de manera libre, informada y responsable es un acto de amor por Colombia.

No entreguemos nuestro futuro al miedo, a la desinformación o a la apatía.

Escuchemos, reflexionemos y decidamos con la razón iluminada por nuestros valores y nuestros sueños colectivos.

Que la vida nos conceda la sabiduría para reconocer a quienes buscan servir y no servirse; la fortaleza para pensar en el bien común antes que en los intereses particulares; y la esperanza para creer que un país mejor es posible.

Cada voto es una voz, cada voz cuenta y cada decisión deja una huella en el destino nacional.

Salgamos a votar con dignidad, con libertad y con la convicción de que Colombia merece lo mejor de cada uno de nosotros.

El futuro no llegará por casualidad: se construye hoy, en conciencia, en las urnas y en el compromiso de millones de ciudadanos que se niegan a renunciar a la esperanza.

 

Por José Gañan Bedoya

Fotografía recreada con IA

20-06-2026

Chigorodó Antioquia




viernes, 19 de junio de 2026

Romper el silencio relacional de la violencia intrafamiliar es posible.

 


Hay heridas que no dejan cicatrices visibles. No aparecen en una radiografía, no requieren puntos de sutura y muchas veces ni siquiera son nombradas. Sin embargo, acompañan a las personas durante años, a veces durante toda una vida. Son las heridas que deja la violencia intrafamiliar cuando se instala en el hogar y se vuelve parte de la rutina.

Como profesional en psicología, he escuchado a personas de todas las edades que han vivido o continúan llevando una vida marcada por los gritos, la humillación, el rechazo, el control, las amenazas y las agresiones físicas. Muchos crecieron creyendo que aquello era normal. Otros aprendieron a guardar silencio para sobrevivir. Algunos llegaron a la adultez convencidos de que no merecían algo mejor.

Esta realidad no corresponde únicamente a historias individuales. También constituye una problemática que continúa afectando a numerosas familias de nuestro territorio. Según el reporte de eventos de interés en salud pública del Sistema de Vigilancia en Salud Pública (SIVIGILA), con corte a la semana epidemiológica 23 de 2026, en el municipio de Chigorodó se han notificado 135 casos de violencia de género e intrafamiliar. Detrás de cada cifra existe una persona, una familia y una historia marcada por el sufrimiento, lo que nos recuerda que la violencia sigue siendo un desafío social y de salud pública que no puede ser ignorado.

La violencia tiene una capacidad devastadora: no solo lastima el cuerpo, también modifica la forma en que una persona se ve a sí misma y percibe el mundo. Poco a poco erosiona la autoestima, apaga los proyectos, debilita la esperanza y genera la sensación de que nada puede cambiar.

Por eso, una de las consecuencias más dolorosas de la violencia no es únicamente el sufrimiento emocional, sino la pérdida de la capacidad de imaginar una vida diferente.

Sin embargo, existe algo profundamente humano que la violencia nunca logra destruir por completo: la posibilidad de recuperar la esperanza.

He visto personas que llegaron sintiendo que todo estaba perdido. Personas agotadas por años de maltrato, abandono o sufrimiento. Y he sido testigo de cómo, en medio de la oscuridad, una conversación, una red de apoyo, una mano extendida o una palabra de aliento pueden convertirse en el inicio de un cambio.

A veces la transformación comienza con algo aparentemente pequeño: una decisión.

La decisión de pedir ayuda.

La decisión de hablar.

La decisión de decir “esto no está bien”.

La decisión de creer que se merece una vida distinta.

Desde la psicología sabemos que uno de los pasos más importantes en la recuperación ocurre cuando la persona logra activar nuevamente su capacidad de actuar, de pasar de la intención a la acción. Es el momento en que deja de verse únicamente como víctima de las circunstancias y comienza a reconocerse como protagonista de su propia historia.

Romper el ciclo de violencia no siempre es fácil. Requiere valentía, acompañamiento y tiempo. Pero es posible.

Nadie merece vivir con miedo dentro de su propio hogar. Nadie merece normalizar el maltrato como si fuera una expresión de amor. Nadie debería cargar en silencio heridas que pueden ser atendidas y sanadas.

Por eso vale la pena recordarlo una vez más: pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es un acto de coraje. Hablar rompe el aislamiento. Buscar apoyo abre caminos. Y cada paso que una persona da hacia una vida libre de violencia es también un paso hacia una mejor salud mental.

Porque la violencia puede marcar una historia, pero no tiene por qué definir el resto de la vida. Todavía es posible construir relaciones más sanas, recuperar la tranquilidad y volver a creer en el futuro.

Aunque el camino puede ser difícil, siempre es posible encontrar apoyo, construir alternativas y dar pasos hacia una vida más segura y saludable.

En caso de necesitar orientación o apoyo, puede comunicarse con la Línea 141 del ICBF, las líneas 123 o 155, la Línea Nacional de la Fiscalía 122. La Línea 106 “Salud para el Alma” de la Gobernación de Antioquia: (604) 540 71 80. La Línea Amiga en Salud Mental al (604) 444 44 48 o escribir al WhatsApp FLOR 301 604 44 44.

 

Por José Gañan Bedoya.

Psicólogo.

Chigorodó, Antioquia (Colombia).

19 de junio de 2026.


lunes, 15 de junio de 2026

EL FUTURO DE LA SALUD MENTAL SERÁ HUMANO, COMUNITARIO Y POTENCIADO POR IA

 


En salud mental también veremos cambios profundos gracias a la inteligencia artificial, pero no en el sentido de reemplazar a psicólogos, psiquiatras o sabedores interculturales. La salud mental sigue siendo un encuentro profundamente humano donde la empatía, la confianza, la comprensión del contexto, el conocimiento ancestral y el vínculo de ayuda son insustituibles.

Lo que sí veremos será una inteligencia artificial capaz de apoyar la detección temprana de señales de riesgo, identificar patrones de depresión, ansiedad o conducta suicida, ayudar en la priorización de casos urgentes, facilitar seguimientos, analizar grandes volúmenes de información clínica y acercar orientación inicial a personas que hoy no tienen acceso oportuno a los servicios.

En países como Colombia, y en regiones como Antioquia, Urabá y municipios como Chigorodó, donde las necesidades en salud mental superan con frecuencia la capacidad instalada de los servicios, la salud mental comunitaria jugará un papel fundamental. La información generada por estrategias territoriales como los Centros de Escucha, los Grupos de Apoyo, los Tambos de Armonización Emocional Intercultural, los Terapeutas Populares, los Comités Escolares de Salud Mental, las Mesas Municipales de Salud Mental, las Redes Protectoras, los Equipos Básicos de Salud, los Voluntariados en Salud Mental, los Observatorios Locales de Salud Mental y otras iniciativas de participación social y comunitaria podrán alimentar sistemas de inteligencia artificial capaces de identificar tendencias, factores de riesgo emergentes y poblaciones que requieren atención prioritaria.

Esto permitirá una mejor planeación de recursos, una respuesta más rápida ante situaciones de crisis y un acceso más oportuno a los servicios de atención. La tecnología aportará velocidad y capacidad de análisis; la comunidad aportará el conocimiento del territorio; y los profesionales, junto con los sabedores interculturales, seguirán aportando el criterio humano, la sensibilidad, la experiencia y el acompañamiento que ninguna máquina puede reemplazar.

Recuerdo que en el año 2014, siendo docente de la UNAD, propuse que la universidad abriera el programa de Derecho en modalidad virtual. Para muchos, aquella idea parecía fuera de contexto y algo que tardaría muchos años en hacerse realidad. Sin embargo, hoy la universidad cuenta con un programa académico de Derecho abierto al público y con reconocimiento de alta calidad. Esa experiencia me enseñó que muchas transformaciones que inicialmente parecen lejanas terminan convirtiéndose en parte de nuestra realidad cotidiana. Creo que algo similar podrá ocurrir en Colombia y en otros países de la región de las Américas con los servicios de salud mental potenciados por inteligencia artificial. En ese escenario, la salud mental comunitaria será decisiva por sus invaluables aportes.

El futuro de la salud mental no parece ser una competencia entre personas y máquinas, sino una alianza entre inteligencia artificial, comunidad, sabiduría ancestral y profesionales para cuidar mejor la vida, especialmente en aquellos territorios donde cada oportunidad de detectar a tiempo puede marcar la diferencia.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a identificar el riesgo; pero seguirán siendo las comunidades, los sabedores interculturales y los profesionales quienes ayuden a transformar ese riesgo en oportunidades para proteger la vida.

 

Por José Gañan Bedoya

Chigorodó Antioquia – Colombia, 15-06-2026

Fotografía Lic. Naty Yela Salazar – UNAD Turbo Antioquia.

 

Referentes consultados

  • Organización Mundial de la Salud (OMS). Ethics and Governance of Artificial Intelligence for Health.
  • Cruz-González, P. y colaboradores. Artificial Intelligence in Mental Health Care: A Systematic Review of Diagnosis, Monitoring and Intervention Applications.
  • Organización Panamericana de la Salud (OPS). A New Agenda for Mental Health in the Americas.


domingo, 7 de junio de 2026

Dentro de pocos días Colombia elige. Urabá vota con las heridas abiertas.

 


Hay territorios donde las elecciones son simples ejercicios democráticos.

Urabá no es uno de ellos.

Aquí los votos pesan distinto porque la memoria pesa distinto.

Durante décadas, esta región aprendió a convivir con múltiples formas de violencia: la violencia armada, la violencia económica, la exclusión histórica, el desplazamiento, la precarización, el abandono institucional y la normalización cotidiana del sufrimiento humano.

Hablar electoralmente de Urabá sin comprender esto es observar únicamente la superficie de un fenómeno mucho más profundo.

Por eso, reducir una elección a la pregunta de quién ganó o perdió resulta insuficiente.

La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Qué nos dice esta votación sobre el estado emocional, histórico y social de un territorio?

El psicólogo Ignacio Martín-Baró advertía que las guerras, la exclusión y la violencia prolongada no terminan cuando cesan las armas.

Permanecen inscritas en la subjetividad colectiva.

El trauma psicosocial no es solamente individual: se instala en las relaciones, en la confianza, en las instituciones, en las formas de interpretar el peligro y también en las maneras de comprender el poder.

Tal vez allí comienza la primera dificultad para interpretar a Urabá.

Porque esta región no vota únicamente desde ideas.

También vota desde memorias.

También vota desde emociones.

También vota desde heridas.

Durante décadas, los habitantes de esta subregión aprendieron algo profundamente humano: vivir en incertidumbre.

Aprendieron a reorganizar sus vidas alrededor del miedo, la pérdida, la inestabilidad y la necesidad permanente de adaptación.

Cuando eso ocurre durante generaciones, las consecuencias no solamente aparecen en indicadores económicos o de seguridad.

Aparecen en la salud mental colectiva.

Aparecen en el tejido social.

Aparecen en las expectativas sobre el futuro.

Aparecen en la política.

Desde la psicología social latinoamericana, Maritza Montero ha insistido en que las comunidades no pueden entenderse aisladas de las condiciones históricas que las producen.

El sujeto no existe separado del territorio que habita.

La subjetividad también tiene geografía.

Y la geografía de Urabá ha sido compleja.

Urabá ha sido puerto, frontera, corredor económico, territorio estratégico, receptor de desplazamientos, escenario de disputas y laboratorio permanente de supervivencia social.

Orlando Fals Borda entendió esto mejor que muchos académicos de escritorio:

Los territorios no pueden explicarse únicamente desde cifras o instituciones.

Deben comprenderse desde la experiencia concreta de quienes viven en ellos.

Y la experiencia concreta de Urabá ha sido, durante demasiado tiempo, aprender a resistir.

Sin embargo, resistir permanentemente también tiene costos psicológicos.

Ninguna sociedad puede exponerse indefinidamente al miedo sin transformarse.

Ninguna comunidad puede convivir durante décadas con incertidumbre sin modificar sus expectativas.

Ninguna generación atraviesa procesos prolongados de victimización sin alterar la manera en que comprende la seguridad, la autoridad o el cambio.

Alfredo Molano escribió gran parte de su obra caminando los territorios, escuchando campesinos, víctimas, desplazados y sobrevivientes.

Entendió algo fundamental:

Colombia rara vez puede explicarse únicamente desde Bogotá.

Urabá tampoco.

Porque los territorios cargan memorias que las estadísticas no registran.

Y esas memorias participan silenciosamente en cada elección.

En pocos días Colombia elegirá presidente.

Y una vez más, los votos de regiones históricamente victimizadas —el Urabá, el Pacífico, los Llanos, el Caribe— serán leídos desde Bogotá con las herramientas equivocadas:

Mapas de colores.

Porcentajes.

Tendencias.

Pocas veces con la pregunta que realmente importa:

¿Desde dónde votan estas comunidades?

Paulo Freire advertía que la opresión prolongada no solamente produce pobreza material.

También moldea formas de conciencia, participación y esperanza.

Una sociedad constantemente expuesta a la exclusión termina reorganizando sus expectativas sobre aquello que considera posible.

Y hay que decirlo con claridad:

Ese empobrecimiento de expectativas no ocurre por azar.

Ocurre porque el Estado ha estado ausente donde más se le necesitaba.

Porque los sistemas de partidos han administrado históricamente estos territorios como reservas de votos y no como comunidades con derechos.

Y porque el abandono institucional sostenido termina siendo, también, una forma de violencia política.

Quizá allí aparezca una de las discusiones más difíciles para nuestra región:

¿Estamos votando únicamente por proyectos políticos?

¿O estamos votando también desde el cansancio acumulado?

Porque la crisis emocional contemporánea no ocurre en el vacío.

La creciente presencia de sufrimiento psíquico, conflictos familiares, consumo problemático, violencia interpersonal, desesperanza y conductas autolesivas no puede analizarse separada de las condiciones materiales, históricas y comunitarias.

La salud mental también es una conversación sobre territorio.

También es una conversación sobre desigualdad.

También es una conversación sobre memoria.

Urabá merece algo distinto a convertirse periódicamente en noticia cuando aparecen elecciones, violencia o estadísticas alarmantes.

Merece ser comprendido como un territorio profundamente humano, complejo y emocionalmente exigido.

Por eso la discusión importante no es quién obtuvo más votos.

La pregunta realmente incómoda es otra:

¿Cuántas generaciones necesita una región para recuperarse emocionalmente de décadas enteras de miedo, abandono e indiferencia institucional?

Porque Urabá no está votando solamente por el futuro.

Tal vez sigue votando, todavía, con las heridas abiertas.

 

Por José Gañan Bedoya – Psicólogo
Chigorodó, Antioquia – Colombia
07 de junio de 2026