Hay
territorios donde las elecciones son simples ejercicios democráticos.
Urabá no es
uno de ellos.
Aquí los
votos pesan distinto porque la memoria pesa distinto.
Durante
décadas, esta región aprendió a convivir con múltiples formas de violencia: la violencia
armada, la violencia económica, la exclusión histórica, el desplazamiento, la
precarización, el abandono institucional y la normalización cotidiana del
sufrimiento humano.
Hablar
electoralmente de Urabá sin comprender esto es observar únicamente la
superficie de un fenómeno mucho más profundo.
Por eso,
reducir una elección a la pregunta de quién ganó o perdió resulta insuficiente.
La pregunta
verdaderamente importante es otra:
¿Qué nos
dice esta votación sobre el estado emocional, histórico y social de un
territorio?
El psicólogo
Ignacio Martín-Baró advertía que las guerras, la exclusión y la violencia
prolongada no terminan cuando cesan las armas.
Permanecen
inscritas en la subjetividad colectiva.
El trauma
psicosocial no es solamente individual: se instala en las relaciones, en la
confianza, en las instituciones, en las formas de interpretar el peligro y
también en las maneras de comprender el poder.
Tal vez allí
comienza la primera dificultad para interpretar a Urabá.
Porque esta
región no vota únicamente desde ideas.
También vota
desde memorias.
También vota
desde emociones.
También vota
desde heridas.
Durante
décadas, los habitantes de esta subregión aprendieron algo profundamente
humano: vivir en incertidumbre.
Aprendieron
a reorganizar sus vidas alrededor del miedo, la pérdida, la inestabilidad y la
necesidad permanente de adaptación.
Cuando eso
ocurre durante generaciones, las consecuencias no solamente aparecen en
indicadores económicos o de seguridad.
Aparecen en
la salud mental colectiva.
Aparecen en
el tejido social.
Aparecen en
las expectativas sobre el futuro.
Aparecen en
la política.
Desde la
psicología social latinoamericana, Maritza Montero ha insistido en que las
comunidades no pueden entenderse aisladas de las condiciones históricas que las
producen.
El sujeto no
existe separado del territorio que habita.
La
subjetividad también tiene geografía.
Y la
geografía de Urabá ha sido compleja.
Urabá ha
sido puerto, frontera, corredor económico, territorio estratégico, receptor de
desplazamientos, escenario de disputas y laboratorio permanente de
supervivencia social.
Orlando Fals
Borda entendió esto mejor que muchos académicos de escritorio:
Los
territorios no pueden explicarse únicamente desde cifras o instituciones.
Deben
comprenderse desde la experiencia concreta de quienes viven en ellos.
Y la
experiencia concreta de Urabá ha sido, durante demasiado tiempo, aprender a
resistir.
Sin embargo,
resistir permanentemente también tiene costos psicológicos.
Ninguna
sociedad puede exponerse indefinidamente al miedo sin transformarse.
Ninguna
comunidad puede convivir durante décadas con incertidumbre sin modificar sus
expectativas.
Ninguna
generación atraviesa procesos prolongados de victimización sin alterar la
manera en que comprende la seguridad, la autoridad o el cambio.
Alfredo
Molano escribió gran parte de su obra caminando los territorios, escuchando
campesinos, víctimas, desplazados y sobrevivientes.
Entendió
algo fundamental:
Colombia
rara vez puede explicarse únicamente desde Bogotá.
Urabá tampoco.
Porque los
territorios cargan memorias que las estadísticas no registran.
Y esas
memorias participan silenciosamente en cada elección.
En pocos
días Colombia elegirá presidente.
Y una vez
más, los votos de regiones históricamente victimizadas —el Urabá, el Pacífico,
los Llanos, el Caribe— serán leídos desde Bogotá con las herramientas
equivocadas:
Mapas de
colores.
Porcentajes.
Tendencias.
Pocas veces
con la pregunta que realmente importa:
¿Desde dónde
votan estas comunidades?
Paulo Freire
advertía que la opresión prolongada no solamente produce pobreza material.
También
moldea formas de conciencia, participación y esperanza.
Una sociedad
constantemente expuesta a la exclusión termina reorganizando sus expectativas
sobre aquello que considera posible.
Y hay que
decirlo con claridad:
Ese
empobrecimiento de expectativas no ocurre por azar.
Ocurre
porque el Estado ha estado ausente donde más se le necesitaba.
Porque los
sistemas de partidos han administrado históricamente estos territorios como
reservas de votos y no como comunidades con derechos.
Y porque el
abandono institucional sostenido termina siendo, también, una forma de
violencia política.
Quizá allí aparezca
una de las discusiones más difíciles para nuestra región:
¿Estamos
votando únicamente por proyectos políticos?
¿O estamos
votando también desde el cansancio acumulado?
Porque la
crisis emocional contemporánea no ocurre en el vacío.
La creciente
presencia de sufrimiento psíquico, conflictos familiares, consumo problemático,
violencia interpersonal, desesperanza y conductas autolesivas no puede
analizarse separada de las condiciones materiales, históricas y comunitarias.
La salud
mental también es una conversación sobre territorio.
También es
una conversación sobre desigualdad.
También es
una conversación sobre memoria.
Urabá merece
algo distinto a convertirse periódicamente en noticia cuando aparecen
elecciones, violencia o estadísticas alarmantes.
Merece ser
comprendido como un territorio profundamente humano, complejo y emocionalmente
exigido.
Por eso la
discusión importante no es quién obtuvo más votos.
La pregunta
realmente incómoda es otra:
¿Cuántas
generaciones necesita una región para recuperarse emocionalmente de décadas
enteras de miedo, abandono e indiferencia institucional?
Porque Urabá
no está votando solamente por el futuro.
Tal vez
sigue votando, todavía, con las heridas abiertas.
Por José Gañan Bedoya – Psicólogo
Chigorodó, Antioquia – Colombia
07 de junio de 2026