En 2024, más de la mitad de quienes trabajan en
Urabá lo hicieron sin contrato, sin prestaciones, sin red. El 58,1% de la
población ocupada en la subregión pertenece a la economía informal: un número
que, leído despacio, deja de ser estadística y se convierte en rostro. En el
rostro del bananero que sale antes del amanecer sin saber si regresará con
algo. En el de la mujer —cuyo desempleo duplica al del hombre, con una tasa de
19,9% frente al 6,6% masculino— que busca trabajo en una región que aún no ha
aprendido a verla como trabajadora plena. En el del joven que hereda la
informalidad como si fuera destino y no injusticia.
Pero la precariedad no respeta diplomas. En
Colombia, las ciencias sociales y humanas —entre ellas la psicología,
disciplina llamada precisamente a comprender y acompañar estas realidades— han
enfrentado históricamente una de las tasas de desempleo más altas entre recién
graduados. El mercado está saturado, la experiencia escasea y el sistema forma
profesionales para transformar una sociedad que luego no les ofrece dónde
ejercer. Hay algo profundamente irónico, y también revelador, en que quienes
estudian el sufrimiento humano deban empezar su vida profesional atravesándolo.
Estos números no emergen del vacío. Son el
sedimento de décadas de violencia, exclusión y un modelo económico que ha
sabido extraer riqueza de esta tierra sin devolverle dignidad a quienes la
habitan. Urabá produce, exporta, alimenta mercados lejanos. Y, sin embargo, una
tasa de desempleo del 12,1% —por encima del promedio antioqueño del 9,4%— sigue
siendo la respuesta que el sistema le da a quienes la sostienen.
Detrás de cada cifra hay una psicología: la del
agotamiento, la de la espera que se vuelve crónica, la de quien trabaja sin que
eso signifique avanzar. Por eso este texto no habla solo de empleo. Habla de lo
que le ocurre a una persona —y a una comunidad— cuando el trabajo deja de ser
un camino y se convierte en una trampa silenciosa.
En Urabá, donde la tierra promete abundancia,
la vida del trabajador se ha ido estrechando hasta volverse apenas habitable.
El bananero que corta bajo el sol y la presión de la productividad, el
campesino que siembra sin garantías, el contratista que encadena
inestabilidades, el independiente que sobrevive al vaivén del día, el informal
que no existe para el sistema: todos orbitan una misma realidad, la de una vida
sostenida con hilos cada vez más frágiles.
Y en ese borde también aparece otra figura,
incómoda y fácilmente juzgada: el "vago" — "el vicioso",
ese al que se le acusa de no querer trabajar. Pero incluso allí conviene
detenerse: a veces no es simple desinterés, sino una forma de angustia
existencial disfrazada o ingenuamente justificada de alegría o felicidad,
fácilmente justificada de cultural. La vida adulta pasa sin asumirse, la etapa
productiva se desvanece entre rumbas, ruido y días sin dirección, aún bajo el
techo familiar. Es, en el fondo, otra cara de la precarización: la del sentido
del trabajo. Porque cuando el trabajo deja de significar algo, la vejez y la
enfermedad no esperan, y el tiempo —implacable— termina cobrando lo que no se
construyó.
En esta subregión de Antioquia, como en gran
parte de Colombia, la precarización ya no es solo laboral: es existencial. Hay
quienes cambian trabajo por comida para no morir, quienes aceptan cualquier
condición para sostener a los suyos, y quienes, agotados, porque por más que
buscan no encuentran trabajo, ya no hallan sentido en seguir intentando. La
salud mental, entonces, no puede leerse como un asunto aislado del individuo,
sino como el eco de un sistema relacional que empuja a muchos al límite.
Y, sin embargo, conviene no perder de vista lo
que el trabajo también puede ser cuando existe en condiciones dignas: no solo
sustento, sino estructura, sentido, pertenencia. En su mejor forma, el trabajo
ordena la vida, dignifica el esfuerzo y abre posibilidades de servicio,
productividad y prosperidad compartida.
No es extraño que el sufrimiento psíquico
aumente, ni que el riesgo de suicidio se instale como una sombra persistente.
La pregunta urgente no es quién falla, sino qué estamos normalizando. Porque
cuando vivir se reduce a sobrevivir, lo que se precariza no es solo el trabajo:
es la esperanza misma.
Por José Gañan Bedoya — Psicólogo
Chigorodó, Antioquia · Colombia · 1 de mayo de
2026 – Día Internacional del Trabajo.
Nota
de transparencia: Esta columna de opinión nace de mis vivencias y de mi
experiencia psicosocial, así como de mis lecturas, ideas y angustias como
psicólogo. Con el fin de enriquecerla con evidencia científica actual y
fortalecer su sustento teórico, recurrí a la inteligencia artificial como
herramienta de investigación y apoyo en la escritura. La voz, el criterio y la
intención son míos; la tecnología, un medio.
Referencias bibliográficas:
DANE – Indicadores de mercado laboral: Departamento
Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2026). Empleo y desempleo –
Mercado laboral colombiano. https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral
SENA – Observatorio Laboral y Ocupacional:
Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA).
(2024). Observatorio Laboral y Ocupacional: Información del mercado de trabajo
en Colombia. https://observatorio.sena.edu.co
Ministerio de Salud y Protección Social
(Colombia):
Ministerio de Salud y Protección Social.
(2018). Política Nacional de Salud Mental. https://www.minsalud.gov.co