viernes, 1 de mayo de 2026

Alemania lo vivió, Colombia también: el peligro no es la historia, es olvidarla.

 


Hay comparaciones que incomodan, pero justamente por eso son necesarias. Alemania entre 1938 y 1941 no empezó en los campos de exterminio, sino en la normalización progresiva de la exclusión, el lenguaje deshumanizante y la indiferencia colectiva.

Colombia, entre 2002 y 2008, tampoco comenzó con cifras: comenzó con una lógica que convirtió la vida en un indicador y al ciudadano en un medio. Ambos procesos, aunque distintos en escala y contexto, comparten un núcleo inquietante: la legitimación institucional de la violencia bajo discursos que la hacen parecer necesaria, inevitable o incluso patriótica.

Desde la psicología política y social, esto no es solo historia: es estructura emocional colectiva. Cuando una sociedad tolera -aunque sea en silencio- la degradación del otro, se configuran condiciones que erosionan la empatía, fragmentan el tejido social y naturalizan el daño.

En Colombia, Antioquia y la subregión de Urabá, los llamados “falsos positivos” no solo dejaron 7.837 víctimas; dejaron familias atravesadas por el duelo inconcluso, comunidades marcadas por la desconfianza y una memoria social fracturada. Estos hechos se instalan profundamente en los determinantes sociales de la salud mental: aumentan la percepción de inseguridad, debilitan la confianza en las instituciones, refuerzan el miedo como forma de relación social y perpetúan el trauma colectivo.

El mayor riesgo no es solo lo que ocurrió, sino lo que puede volver a ocurrir si se diluye en el olvido. Olvidar no es neutral: es permitir que las condiciones simbólicas que hicieron posible la barbarie vuelvan a germinar, esta vez con mayor sofisticación y, quizás, con mayor indiferencia.

Por eso, recordar no es un acto del pasado, es una responsabilidad ética del presente. No normalizar, no justificar y no olvidar no son consignas vacías: son mecanismos de autocuidado y de protección psicosocial. Porque cuando la memoria falla, la historia no solo se repite, sino que suele hacerlo con un rostro aún más deshumanizado.

 

 

Por José Gañan Bedoya

Chigorodó Antioquia – Colombia, 01-05-2026

 


Referencias bibliográficas:

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). The Holocaust Encyclopedia. Recuperado de https://encyclopedia.ushmm.org/

(Fuente sólida y ampliamente validada sobre el Holocausto y el proceso histórico en Alemania nazi).

Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). (2021). Caso 03: Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado. Bogotá, Colombia.

(Informe oficial que documenta los llamados “falsos positivos” en Colombia, incluyendo la cifra de 7.837 víctimas).



Trabajo, precarización y salud mental en la subregión -"Una reflexión desde la psicología social"



En 2024, más de la mitad de quienes trabajan en Urabá lo hicieron sin contrato, sin prestaciones, sin red. El 58,1% de la población ocupada en la subregión pertenece a la economía informal: un número que, leído despacio, deja de ser estadística y se convierte en rostro. En el rostro del bananero que sale antes del amanecer sin saber si regresará con algo. En el de la mujer —cuyo desempleo duplica al del hombre, con una tasa de 19,9% frente al 6,6% masculino— que busca trabajo en una región que aún no ha aprendido a verla como trabajadora plena. En el del joven que hereda la informalidad como si fuera destino y no injusticia.

Pero la precariedad no respeta diplomas. En Colombia, las ciencias sociales y humanas —entre ellas la psicología, disciplina llamada precisamente a comprender y acompañar estas realidades— han enfrentado históricamente una de las tasas de desempleo más altas entre recién graduados. El mercado está saturado, la experiencia escasea y el sistema forma profesionales para transformar una sociedad que luego no les ofrece dónde ejercer. Hay algo profundamente irónico, y también revelador, en que quienes estudian el sufrimiento humano deban empezar su vida profesional atravesándolo.

Estos números no emergen del vacío. Son el sedimento de décadas de violencia, exclusión y un modelo económico que ha sabido extraer riqueza de esta tierra sin devolverle dignidad a quienes la habitan. Urabá produce, exporta, alimenta mercados lejanos. Y, sin embargo, una tasa de desempleo del 12,1% —por encima del promedio antioqueño del 9,4%— sigue siendo la respuesta que el sistema le da a quienes la sostienen.

Detrás de cada cifra hay una psicología: la del agotamiento, la de la espera que se vuelve crónica, la de quien trabaja sin que eso signifique avanzar. Por eso este texto no habla solo de empleo. Habla de lo que le ocurre a una persona —y a una comunidad— cuando el trabajo deja de ser un camino y se convierte en una trampa silenciosa. 

En Urabá, donde la tierra promete abundancia, la vida del trabajador se ha ido estrechando hasta volverse apenas habitable. El bananero que corta bajo el sol y la presión de la productividad, el campesino que siembra sin garantías, el contratista que encadena inestabilidades, el independiente que sobrevive al vaivén del día, el informal que no existe para el sistema: todos orbitan una misma realidad, la de una vida sostenida con hilos cada vez más frágiles.

Y en ese borde también aparece otra figura, incómoda y fácilmente juzgada: el "vago" — "el vicioso", ese al que se le acusa de no querer trabajar. Pero incluso allí conviene detenerse: a veces no es simple desinterés, sino una forma de angustia existencial disfrazada o ingenuamente justificada de alegría o felicidad, fácilmente justificada de cultural. La vida adulta pasa sin asumirse, la etapa productiva se desvanece entre rumbas, ruido y días sin dirección, aún bajo el techo familiar. Es, en el fondo, otra cara de la precarización: la del sentido del trabajo. Porque cuando el trabajo deja de significar algo, la vejez y la enfermedad no esperan, y el tiempo —implacable— termina cobrando lo que no se construyó.

En esta subregión de Antioquia, como en gran parte de Colombia, la precarización ya no es solo laboral: es existencial. Hay quienes cambian trabajo por comida para no morir, quienes aceptan cualquier condición para sostener a los suyos, y quienes, agotados, porque por más que buscan no encuentran trabajo, ya no hallan sentido en seguir intentando. La salud mental, entonces, no puede leerse como un asunto aislado del individuo, sino como el eco de un sistema relacional que empuja a muchos al límite.

Y, sin embargo, conviene no perder de vista lo que el trabajo también puede ser cuando existe en condiciones dignas: no solo sustento, sino estructura, sentido, pertenencia. En su mejor forma, el trabajo ordena la vida, dignifica el esfuerzo y abre posibilidades de servicio, productividad y prosperidad compartida.

No es extraño que el sufrimiento psíquico aumente, ni que el riesgo de suicidio se instale como una sombra persistente. La pregunta urgente no es quién falla, sino qué estamos normalizando. Porque cuando vivir se reduce a sobrevivir, lo que se precariza no es solo el trabajo: es la esperanza misma.

 

Por José Gañan Bedoya — Psicólogo

Chigorodó, Antioquia · Colombia · 1 de mayo de 2026 – Día Internacional del Trabajo.


Nota de transparencia: Esta columna de opinión nace de mis vivencias y de mi experiencia psicosocial, así como de mis lecturas, ideas y angustias como psicólogo. Con el fin de enriquecerla con evidencia científica actual y fortalecer su sustento teórico, recurrí a la inteligencia artificial como herramienta de investigación y apoyo en la escritura. La voz, el criterio y la intención son míos; la tecnología, un medio.

 

Referencias bibliográficas:

DANE – Indicadores de mercado laboral: Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2026). Empleo y desempleo – Mercado laboral colombiano. https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral

SENA – Observatorio Laboral y Ocupacional:

Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). (2024). Observatorio Laboral y Ocupacional: Información del mercado de trabajo en Colombia. https://observatorio.sena.edu.co

Ministerio de Salud y Protección Social (Colombia):

Ministerio de Salud y Protección Social. (2018). Política Nacional de Salud Mental. https://www.minsalud.gov.co