sábado, 17 de enero de 2026

El asombro de estar vivos: una forma olvidada de salud mental.



Octavio Paz —escritor y poeta mexicano (1914-1998), ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990— sugiere en su poema Piedra de sol, sin decirlo como consigna, que el ser humano moderno ha olvidado algo esencial: la experiencia viva de estar aquí. No se trata simplemente de sobrevivir, cumplir funciones o producir resultados, sino de sentir la rareza, la fragilidad y la intensidad de existir. Ese olvido no es poético: es profundamente psicológico.      

Viktor Frankl —desde la logoterapia— recordó que el ser humano puede soportar casi cualquier circunstancia si encuentra un sentido. Y ese sentido, muchas veces, no aparece en grandes proyectos, sino en experiencias pequeñas pero profundamente vividas: una conversación honesta, un acto de cuidado, un instante de belleza.

El asombro no es un lujo intelectual ni un privilegio de poetas. Es una habilidad psicológica entrenable, y también una estrategia concreta de cuidado de la salud física y mental. Algunas prácticas sencillas pueden ayudar a desarrollarla:

Caminar sin audífonos, soltar el celular, respirar conscientemente, sentir el cansancio y la energía. El cuerpo es el primer lugar donde la vida se manifiesta.

No todo debe ser inmediato. El asombro necesita tiempo, silencio y atención.

Escribir, hablar, reflexionar. Poner palabras a la experiencia la vuelve consciente.

Cuidar los vínculos: el otro nos devuelve al presente –la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos. La vida se intensifica cuando es compartida con el otro.

Estar siempre conscientes de que la vida es finita no la empobrece; la vuelve urgente y valiosa. La vivimos con mayor intensidad, entre otras cosas.

Recuperar el asombro de estar vivos no es solo un asunto individual. En contextos marcados por la violencia, la desigualdad, la precariedad y el miedo, defender la vida como experiencia significativa es un acto ético y político. Cuidar la salud física y mental no es anestesiar el dolor social, sino fortalecer la capacidad de sentir, pensar y actuar con sentido, con mayor conciencia.

Tal vez —como sugiere Paz— no necesitamos respuestas inmediatas, sino volver a mirar la vida con ojos menos cansados. Recordar que estar vivos no es obvio. Que cada día es, en sí mismo, un acontecimiento. Y que el asombro, lejos de ser ingenuo, puede ser una de las formas más profundas de resistencia humana.

 

Por José Gañan Bedoya –psicólogo.

Fotografía: Lic. Naty Yela Salazar.

Chigorodó, 17-01-2026




sábado, 10 de enero de 2026

Entre el cansancio y el absurdo: vivir cuando nada parece valer la pena.

 




Hay dolores que no gritan. No sangran. No dejan moretones. Pero se quedan. Arthur Schopenhauer lo sabía bien cuando afirmó que el tedio puede ser tan insoportable como el sufrimiento físico. Para él, no hacer nada, no esperar nada, no desear nada, no proyectarse hacia ningún lugar, es una forma profunda de tormento. Por eso escribió —con una crudeza que aún incomoda— que en algunas cárceles el castigo no era el látigo, sino el propio tedio, capaz de llevar a algunos hombres al suicidio.

No hablaba del aburrimiento ligero de una tarde sin planes, sino de ese vacío prolongado que se instala cuando la vida pierde dirección. “El hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento”, escribió Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, recordándonos que incluso cuando cesa el dolor, no necesariamente aparece la paz.

Hoy no hacen falta barrotes para experimentar ese castigo. Basta el aislamiento, la rutina sin sentido, la repetición mecánica de los días. Basta sentirse prescindible. El tedio ya no vive solo en las prisiones: habita habitaciones silenciosas, empleos despersonalizados, pantallas infinitas y vidas que siguen funcionando aunque por dentro estén exhaustas.

Albert Camus llamó a este choque entre el deseo humano de sentido y un mundo que no lo garantiza “el absurdo”. En El mito de Sísifo dejó una advertencia contundente: el suicidio no nace siempre del dolor extremo, sino de la sensación de que nada vale realmente la pena. Sin embargo, Camus no se rindió ante el vacío; propuso la rebelión íntima de seguir viviendo, aun sin respuestas definitivas.

Más recientemente, Byung-Chul Han ha descrito otra cara del mismo problema. En La sociedad del cansancio señala que no vivimos solo agotados por la falta, sino por el exceso: de estímulos, de exigencias, de rendimiento. Paradójicamente, tanto la carencia como la saturación pueden desembocar en el mismo punto: una vida que pierde profundidad y se vuelve difícil de habitar.

Tal vez el mayor riesgo del tedio no sea el aburrimiento, sino la erosión lenta del sentido. Cuando una persona ya no encuentra motivos para levantarse, cuando el mañana no promete nada distinto, el silencio se vuelve pesado y la existencia empieza a doler.

Cuidar la salud mental, entonces, no es solo aliviar el sufrimiento evidente, sino defender el sentido de la vida cotidiana. Porque cuando el sentido desaparece, incluso la calma puede volverse insoportable.

 

Por José Gañan Bedoya – psicólogo

Chigorodó, 10-01-2026.

Portada generada por IA – Prompt generado por el autor de la columna.

 

Nota: Este escrito surge de una inquietud personal más que de una certeza. De una lectura que no busca consuelo rápido, sino comprensión. Las ideas aquí compartidas fueron tomando forma a partir del encuentro con Arthur Schopenhauer y su mirada implacable sobre el tedio y el sufrimiento humano, en el marco del avance por el curso online de filosofía profunda “Aprenda Filosofía”, orientado por el profesor Danilo Drumond. Más que una clase, ha sido una invitación a pensar la vida sin adornos, a mirarla de frente y, aun así, seguir habitándola. Por esa razón, hoy la comparto con quienes visitan y leen este espacio.











sábado, 3 de enero de 2026

“Salvar o someter: la moral como dispositivo del poder en América Latina”

 


El día de hoy, una amiga mía del barrio Senderos de Guayabal, en Chigorodó, comentó en mi cuenta de Facebook que se había tardado cerca de una hora leyendo el escrito titulado “El poder que no cura: salud, impunidad y desgaste psíquico en Colombia”. Ante su mensaje, respondí: “Gracias por tomarte el tiempo de leer. Poco a poco se va entrenando el hábito de la lectura, una práctica necesaria para que no nos encuentre la ignorancia y, con ella, el miedo y las falacias ideológicas, entre otros demonios contemporáneos. Un ejemplo de ello es lo que empieza a suceder, desde hoy, en nuestro país vecino, Venezuela”. A esta seguidora debo el motivo por el cual surge el presente escrito de opinión.

(…) Lo ocurrido recientemente contra Venezuela no debería analizarse como un hecho aislado ni como un episodio exclusivo de la política exterior de Estados Unidos. Desde una mirada psicosocial —y también desde la memoria histórica— es una advertencia inquietante sobre cómo el poder se legitima a sí mismo a través del lenguaje y sobre cómo ningún país de la región está a salvo de convertirse en el próximo escenario.

Las justificaciones oficiales se presentan con una retórica conocida y tranquilizadora: defensa de la democracia, protección de los derechos humanos, restablecimiento del orden. Sin embargo, cuando estos argumentos se repiten de forma mecánica y unilateral, lo que emerge no es una ética universal, sino una falacia ideológica: un discurso que aparenta neutralidad moral mientras oculta relaciones de dominación, intereses geopolíticos y profundas asimetrías de poder.

Desde la psicología social sabemos que el lenguaje no solo describe la realidad: la produce. Nombrar una intervención como “ayuda”, “presión legítima” o “responsabilidad internacional” no es inocente. Es una operación simbólica que busca normalizar el control externo y adormecer la conciencia colectiva frente a prácticas que, en otros contextos, reconoceríamos sin rodeos como colonialismo o imperialismo. Cuando la violencia se reviste de moral, deja de percibirse como violencia.

Esta lógica no es nueva. Eduardo Galeano lo expresó con una claridad incómoda en Las venas abiertas de América Latina, al recordarnos que “el subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno”. No es solo una frase histórica: es una clave de lectura vigente. Cambian las palabras —civilización, progreso, desarrollo, seguridad, democracia—, pero la estructura se mantiene. El saqueo se actualiza; ahora viene envuelto en un lenguaje moralmente aceptable.

La obediencia no surge únicamente del autoritarismo explícito; nace también del miedo, de la incertidumbre y de la promesa de protección. En contextos de crisis, el discurso salvador reduce la angustia colectiva y desplaza la responsabilidad política hacia un “otro” que promete orden. Desde la psicología social sabemos que este mecanismo produce alivio momentáneo, pero a un costo alto: debilita la autonomía y refuerza la dependencia. Galeano advertía que este proceso no solo despoja territorios y recursos; también hiere la autoestima colectiva de los pueblos, enseñándoles a verse como incapaces de gobernarse a sí mismos. Esa herida simbólica es una de las formas más profundas —y menos visibles— de dominación.

Aquí dialoga con fuerza el pensamiento de Michel Foucault, quien mostró que el poder más eficaz no es el que reprime de forma directa, sino el que logra que los sujetos interioricen su lógica y la reproduzcan como natural. En El poder, Foucault advierte que el dominio se sostiene mediante discursos que definen qué es normal, qué es legítimo y qué debe ser corregido.

En América Latina, esa interiorización ha sido históricamente facilitada por élites locales que administran la dependencia y la presentan como destino inevitable, como si no existieran alternativas propias.

Pensar que estos mecanismos solo operan en países catalogados como “dictatoriales” es un error peligroso. Las problemáticas de la droga, el narcotráfico, las dictaduras o incluso el socialismo han sido utilizadas —tanto por Estados Unidos como por sectores de la élite neoliberal regional— como coartadas morales para justificar actos de barbarie. Bajo la promesa de combatir el mal, se han sostenido economías de guerra, dispositivos de control y formas renovadas de dominación que bien podrían llamarse imperialismo del siglo XXI. Como señaló Galeano, el poder rara vez se presenta como lo que es; siempre se disfraza de necesidad, de urgencia o de bien común.

En Colombia, país formalmente democrático y soberano, se ha naturalizado en distintos momentos la idea de que la solución a nuestros conflictos pasa por la tutela extranjera. Desde una lectura psicosocial, esto revela una dependencia simbólica profunda: la dificultad para reconocernos como sujetos políticos capaces de tramitar nuestros conflictos sin un “padre” externo que ordene, sancione o decida. Así, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en una concesión condicionada.

Cuando hoy se justifica una intervención en Venezuela bajo determinados argumentos, esos mismos argumentos pueden mañana aplicarse a cualquier otro país de la región (ojalá que no sea el nuestro -Colombia). La lógica es sencilla y peligrosa: si alguien se arroga el derecho de definir qué democracia es válida y cuál no, entonces todas quedan bajo sospecha. La soberanía se vuelve frágil, negociable y siempre provisional.

El pensamiento crítico no consiste en defender gobiernos, sino en defender principios. Y uno de ellos es claro: los problemas internos de los países deben resolverse sin injerencias que se legitiman mediante falacias ideológicas. Confundir discursos morales con ética, o poder con cuidado, tiene consecuencias que van más allá de la política: deja marcas duraderas en la subjetividad colectiva.

Escribo estas líneas no solo como ciudadano, sino como profesional de la psicología, alguien que escucha a diario el miedo, la frustración y el cansancio emocional de personas y comunidades que han vivido demasiadas violencias. Sé, por experiencia profesional y humana, que el daño más profundo no siempre viene de las armas visibles, sino de los discursos que nos convencen de que no somos capaces, de que necesitamos tutela, de que otros deben decidir por nosotros.

En el trabajo con la salud mental individual y colectiva he aprendido que la dependencia no es solo económica o política: también es psicológica y simbólica. Cuando una sociedad interioriza que su destino debe ser corregido desde afuera, algo se quiebra en su autoestima colectiva. Se normaliza el miedo, se legitima la obediencia y se debilita la capacidad de imaginar salidas propias.

Por eso, defender la soberanía no es —para mí— una consigna ideológica. Es una tarea profundamente ligada a la salud mental de los pueblos. Cerrar los ojos ante estas narrativas no nos protege: nos debilita. Y como nos recordó Galeano, la historia latinoamericana no se repite por accidente, sino por olvido.

 


Por: José Gañan Bedoya – psicólogo.

Epígrafe: “En salud mental, olvidar nunca ha sido una forma de sanar”.

Chigorodó, 3 de enero de 2026.




viernes, 2 de enero de 2026

Escrito de opinión en el contexto de la salud: Impunidad estructural y afectación psicosocial en el ejercicio del poder en Colombia.

 


(…) En Colombia, el poder rara vez se manifiesta con estruendo cuando se trata del sistema de salud. No necesita escándalos diarios ni discursos altisonantes. Se ejerce, con mayor eficacia, en la administración silenciosa de la escasez: en una autorización que no llega, en una cita que se aplaza indefinidamente, en una deuda que asfixia hospitales y clínicas, en un trámite que se repite hasta el cansancio. El poder, cuando se ejerce mal, no solo gestiona recursos: gestiona el desgaste humano.

Las reflexiones que siguen surgen de lecturas preliminares realizadas en el curso online Filosofía profunda, orientado por el profesor brasileño Danilo Drumond, y del ejercicio crítico sobre el sistema de salud colombiano en su devenir histórico. Buscan, en el fondo, responder a una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de poder se ha ejercido durante décadas en las EPS para que la crisis sea estructural, persistente y socialmente devastadora?

Noam Chomsky nos enseñó a mirar el poder en su forma más visible: élites económicas, estructuras administrativas y aparatos discursivos que fabrican consenso. En salud, ese consenso ha girado durante años alrededor de una idea tranquilizadora: cobertura casi universal, afiliaciones que superan el 100 %, expansión formal del sistema. Sin embargo, la experiencia cotidiana de millones de usuarios contradice el relato. Estar afiliado no equivale a ser atendido; figurar en una base de datos no garantiza acceso oportuno, continuo ni digno, como lo he señalado en diversas sesiones de rendición de cuentas ante el Honorable Concejo Municipal y en espacios de diálogo con la referente local de aseguramiento a lo largo de los últimos seis años. El lenguaje técnico y las cifras agregadas han funcionado, demasiadas veces, como un velo que oculta una realidad más cruda: un sistema que promete más de lo que puede —o quiere— cumplir.

Desde otra orilla, Michel Foucault nos recuerda que el poder no se limita a reprimir; produce sujetos. Produce hábitos, expectativas, resignaciones. El sistema de salud colombiano ha producido, a lo largo de los años, un tipo particular de ciudadano: el usuario disciplinado por la espera, entrenado para aceptar la demora, acostumbrado a normalizar la negación. En Antioquia y en la subregión de Urabá, esta producción es especialmente visible: territorios con brechas históricas de acceso, ruralidad dispersa, pobreza estructural y una red prestadora que sobrevive con cartera acumulada. Allí, el poder no necesita imponerse por la fuerza: basta con reiterar la falla hasta que la falla se vuelva paisaje.

Pero es Byung-Chul Han quien introduce la incomodidad más profunda. El poder contemporáneo —advierte— ya no opera principalmente desde la prohibición, sino desde la autoexigencia. No castiga: motiva. No vigila: invita a exhibirse. No ordena: estimula. En el sistema de salud, esta lógica se traduce en un desplazamiento perverso de la responsabilidad: el usuario termina convertido en su propio gestor, su propio tramitador, su propio auditor informal. Si no accede al servicio, siente que no insistió lo suficiente. Se auto explota en la búsqueda de un derecho que debería estar garantizado sin humillación. Así emerge el sujeto agotado, ansioso, frustrado: el sujeto de rendimiento, ahora aplicado a la experiencia de enfermar.

Este ejercicio del poder tiene un impacto directo y profundo en la salud mental de la población. La crisis de acceso, la discontinuidad de tratamientos psicológicos y psiquiátricos, la interrupción de medicamentos y la demora en la atención especializada no son problemas administrativos aislados: son factores de riesgo psicosocial. El seguimiento nacional al evento 356 (intento de suicidio) muestra que el sufrimiento mental no puede leerse al margen de las condiciones institucionales que lo agravan. Cuando el sistema falla de manera reiterada, produce riesgo, desesperanza y sensación de abandono, especialmente en jóvenes, poblaciones rurales y comunidades históricamente excluidas.

A ello se suma una herida política que atraviesa todo el país: la impunidad estructural. Durante años, informes de auditoría, hallazgos fiscales, intervenciones y sanciones han documentado irregularidades multimillonarias en diversas EPS. Sin embargo, el mensaje que recibe la ciudadanía es desolador: los responsables rara vez enfrentan consecuencias proporcionales al daño causado. El control que no corrige ni sanciona se convierte en un ritual vacío. Y ese ritual educa: enseña que el poder puede ponerse al servicio de intereses particulares sin que ello implique un costo real.

En este escenario, tampoco puede ignorarse el papel de sectores del poder político —senadores, representantes, dirigentes regionales— que, investidos por el voto popular, han utilizado ese mandato para obstaculizar reformas, capturar decisiones o degradar el debate público, afectando a los mismos electores que los llevaron al poder.

Superar esta crisis exige algo más que nuevas normas o más informes. Requiere un ejercicio distinto del poder: uno que deje de medir el éxito en afiliaciones nominales y empiece a evaluarlo en términos de acceso real, continuidad y dignidad; uno que articule a la Nación, los departamentos y los territorios para anticipar el riesgo, fortalecer la red pública, proteger de manera prioritaria la salud mental y cerrar de forma efectiva el ciclo de responsabilidad —prevención, supervisión, vigilancia, control, sanción y reparación—; un poder que entienda que vigilar no es solo observar, sino intervenir a tiempo, y que gobernar no es administrar cifras, sino cuidar vidas. Solo así podrá empezar a reconstruirse la confianza de los usuarios en sus aseguradoras y del ciudadano en el Estado.

Camus advirtió que el drama comienza cuando dejamos de pensar; Saramago, cuando aceptamos la ceguera como normalidad; Han, cuando creemos que somos libres mientras nos agotamos. En Colombia, estas advertencias no son metáforas literarias: son diagnósticos urgentes. Porque cuando el poder deja de cuidar, la salud deja de ser un derecho fundamental y se convierte en una prueba de resistencia colectiva. Y ningún país debería acostumbrarse a resistir allí donde debería, simplemente, vivir.

 

Por José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 02-01-2026.

 


Fuentes complementarias consultadas:

Ministerio de Salud y Protección Social. Informes oficiales sobre deuda acumulada de las EPS y sostenibilidad financiera del sistema de salud (2023–2025).

Contraloría General de la República. Informes de auditoría y hallazgos fiscales sobre la destinación de recursos de la UPC en distintas EPS.

Superintendencia Nacional de Salud. Resoluciones de intervención, sanciones y balances de gestión de EPS bajo vigilancia especial.

Instituto Nacional de Salud y Defensoría del Pueblo. Boletines epidemiológicos del evento 356 (intento de suicidio) e informes sobre barreras de acceso y tutelas en salud.