(…)
En Colombia, el poder rara vez se manifiesta con estruendo cuando se trata del
sistema de salud. No necesita escándalos diarios ni discursos altisonantes. Se
ejerce, con mayor eficacia, en la administración silenciosa de la escasez: en
una autorización que no llega, en una cita que se aplaza indefinidamente, en
una deuda que asfixia hospitales y clínicas, en un trámite que se repite hasta
el cansancio. El poder, cuando se ejerce mal, no solo gestiona recursos:
gestiona el desgaste humano.
Las
reflexiones que siguen surgen de lecturas preliminares realizadas en el curso
online Filosofía profunda, orientado por el profesor brasileño Danilo Drumond,
y del ejercicio crítico sobre el sistema de salud colombiano en su devenir
histórico. Buscan, en el fondo, responder a una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de
poder se ha ejercido durante décadas en las EPS para que la crisis sea
estructural, persistente y socialmente devastadora?
Noam
Chomsky nos enseñó a mirar el poder en su forma más visible: élites económicas,
estructuras administrativas y aparatos discursivos que fabrican consenso. En
salud, ese consenso ha girado durante años alrededor de una idea
tranquilizadora: cobertura casi universal, afiliaciones que superan el 100 %,
expansión formal del sistema. Sin embargo, la experiencia cotidiana de millones
de usuarios contradice el relato. Estar afiliado no equivale a ser atendido;
figurar en una base de datos no garantiza acceso oportuno, continuo ni digno,
como lo he señalado en diversas sesiones de rendición de cuentas ante el
Honorable Concejo Municipal y en espacios de diálogo con la referente local de
aseguramiento a lo largo de los últimos seis años. El lenguaje técnico y las
cifras agregadas han funcionado, demasiadas veces, como un velo que oculta una
realidad más cruda: un sistema que promete más de lo que puede —o quiere—
cumplir.
Desde
otra orilla, Michel Foucault nos recuerda que el poder no se limita a reprimir;
produce sujetos. Produce hábitos, expectativas, resignaciones. El sistema de
salud colombiano ha producido, a lo largo de los años, un tipo particular de
ciudadano: el usuario disciplinado por la espera, entrenado para aceptar la
demora, acostumbrado a normalizar la negación. En Antioquia y en la subregión
de Urabá, esta producción es especialmente visible: territorios con brechas
históricas de acceso, ruralidad dispersa, pobreza estructural y una red
prestadora que sobrevive con cartera acumulada. Allí, el poder no necesita
imponerse por la fuerza: basta con reiterar la falla hasta que la falla se
vuelva paisaje.
Pero
es Byung-Chul Han quien introduce la incomodidad más profunda. El poder
contemporáneo —advierte— ya no opera principalmente desde la prohibición, sino
desde la autoexigencia. No castiga: motiva. No vigila: invita a exhibirse. No
ordena: estimula. En el sistema de salud, esta lógica se traduce en un
desplazamiento perverso de la responsabilidad: el usuario termina convertido en
su propio gestor, su propio tramitador, su propio auditor informal. Si no
accede al servicio, siente que no insistió lo suficiente. Se auto explota en la
búsqueda de un derecho que debería estar garantizado sin humillación. Así
emerge el sujeto agotado, ansioso, frustrado: el sujeto de rendimiento, ahora
aplicado a la experiencia de enfermar.
Este
ejercicio del poder tiene un impacto directo y profundo en la salud mental de
la población. La crisis de acceso, la discontinuidad de tratamientos
psicológicos y psiquiátricos, la interrupción de medicamentos y la demora en la
atención especializada no son problemas administrativos aislados: son factores
de riesgo psicosocial. El seguimiento nacional al evento 356 (intento de
suicidio) muestra que el sufrimiento mental no puede leerse al margen de las
condiciones institucionales que lo agravan. Cuando el sistema falla de manera
reiterada, produce riesgo, desesperanza y sensación de abandono, especialmente
en jóvenes, poblaciones rurales y comunidades históricamente excluidas.
A
ello se suma una herida política que atraviesa todo el país: la impunidad
estructural. Durante años, informes de auditoría, hallazgos fiscales,
intervenciones y sanciones han documentado irregularidades multimillonarias en
diversas EPS. Sin embargo, el mensaje que recibe la ciudadanía es desolador:
los responsables rara vez enfrentan consecuencias proporcionales al daño
causado. El control que no corrige ni sanciona se convierte en un ritual vacío.
Y ese ritual educa: enseña que el poder puede ponerse al servicio de intereses
particulares sin que ello implique un costo real.
En
este escenario, tampoco puede ignorarse el papel de sectores del poder político
—senadores, representantes, dirigentes regionales— que, investidos por el voto
popular, han utilizado ese mandato para obstaculizar reformas, capturar
decisiones o degradar el debate público, afectando a los mismos electores que
los llevaron al poder.
Superar
esta crisis exige algo más que nuevas normas o más informes. Requiere un
ejercicio distinto del poder: uno que deje de medir el éxito en afiliaciones
nominales y empiece a evaluarlo en términos de acceso real, continuidad y
dignidad; uno que articule a la Nación, los departamentos y los territorios
para anticipar el riesgo, fortalecer la red pública, proteger de manera
prioritaria la salud mental y cerrar de forma efectiva el ciclo de
responsabilidad —prevención, supervisión, vigilancia, control, sanción y
reparación—; un poder que entienda que vigilar no es solo observar, sino
intervenir a tiempo, y que gobernar no es administrar cifras, sino cuidar
vidas. Solo así podrá empezar a reconstruirse la confianza de los usuarios en
sus aseguradoras y del ciudadano en el Estado.
Camus
advirtió que el drama comienza cuando dejamos de pensar; Saramago, cuando
aceptamos la ceguera como normalidad; Han, cuando creemos que somos libres
mientras nos agotamos. En Colombia, estas advertencias no son metáforas
literarias: son diagnósticos urgentes. Porque cuando el poder deja de cuidar,
la salud deja de ser un derecho fundamental y se convierte en una prueba de
resistencia colectiva. Y ningún país debería acostumbrarse a resistir allí
donde debería, simplemente, vivir.
Por
José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 02-01-2026.
Fuentes complementarias consultadas:
Ministerio de Salud y Protección Social. Informes oficiales sobre
deuda acumulada de las EPS y sostenibilidad financiera del sistema de salud
(2023–2025).
Contraloría General de la República. Informes de auditoría y
hallazgos fiscales sobre la destinación de recursos de la UPC en distintas EPS.
Superintendencia Nacional de Salud. Resoluciones de intervención,
sanciones y balances de gestión de EPS bajo vigilancia especial.
Instituto Nacional de Salud y Defensoría del Pueblo. Boletines
epidemiológicos del evento 356 (intento de suicidio) e informes sobre barreras
de acceso y tutelas en salud.

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