jueves, 2 de abril de 2026

Cuando vivir se encarece, la salud mental también se rompe.

 


Hoy salí a comprar algo personal a una de las farmacias de mi pueblo y, estando allí, una mujer que me atendió en el mostrador me preguntó sobre mi profesión, a qué me dedicaba y cuántos años llevaba viviendo en Chigorodó. Conversamos muchas cosas y, en medio de esa charla cotidiana, me lanzó una pregunta que no he podido sacarme de la cabeza:

“¿Por qué la gente de estos tiempos es tan débil y todo lo quieren resolver quitándose la vida?”

Hablamos un rato. No desde el juicio, sino desde la comprensión. Le expliqué que no se trata de debilidad, sino de condiciones. De contextos. De cargas invisibles que, cuando se acumulan, terminan quebrando incluso a los más fuertes.

Le hablé de los determinantes sociales, políticos, económicos y culturales, entre otros. De cómo la inflación, los duelos no resueltos, el no tener vivienda propia, los altos costos del arriendo, los impuestos locales, la violencia, el consumo de drogas, el desempleo y, en muchos casos, el hambre, convierten la vida en una lucha diaria por sobrevivir. Y cuando la vida se vuelve insoportable, el sufrimiento deja de ser solo emocional: se convierte en estructural.

Y entonces ocurre lo inesperado.

El precio del dinero y el costo de vivir

Mientras esa conversación ocurría, le recordé además que en otro escenario —más técnico, más distante— la mayoría de la Junta Directiva del Banco de la República había tomado una decisión: subir la tasa de intervención del 10,25% al 11,25%.

Dicho en términos sencillos: subir el precio del dinero. Pero cuando sube el precio del dinero, no sube solo un indicador.

Sube el corto de la vida.

Suben los intereses de las tarjetas de crédito.

Suben las cuotas de los créditos de vivienda.

Se encarece financiar un emprendimiento o sostener un negocio.

Se frena la inversión.

Se contrae el consumo.

Se enfría el empleo, entre otros.

En un país como el nuestro donde millones de personas viven del día a día, esta decisión no es abstracta: es profundamente concreta.

Con una inflación cercana al 5,3%, la tasa real de intervención se ubica alrededor del 5,9%, uno de los niveles más altos en décadas. Y aquí surge una pregunta que no es técnica, sino ética:

¿Imponer a los ciudadanos colombianos una tasa real de este nivel no representa un golpe directo a la calidad de vida de los más pobres?

Diversos estudios de organismos como la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial han demostrado que los factores económicos son determinantes clave en la salud mental de las poblaciones.

El desempleo, el endeudamiento, la inseguridad económica y el aumento del costo de vida están asociados con mayores niveles de ansiedad, depresión y riesgo suicida. Investigaciones en salud pública han evidenciado que, en contextos de crisis económicas o presión financiera sostenida, aumentan los intentos de suicidio, especialmente en poblaciones vulnerables.

No es casualidad.

Cuando una familia no puede pagar el arriendo, los impuestos de su propiedad, cuando debe elegir entre comer o pagar una deuda, cuando el crédito —que antes era una herramienta— se convierte en una trampa, lo que se deteriora no es solo el bolsillo: es el tejido emocional, relacional y comunitario.

La economía no es solo números.

Es angustia o tranquilidad.

Es esperanza o desesperanza.

Una decisión que no es neutral

Se suele decir que la política monetaria es técnica y neutral. Pero no lo es.

Cada decisión de este tipo tiene efectos diferenciados.

Tiene ganadores y perdedores.

Ganan quienes viven de las rentas financieras, quienes se benefician de tasas altas y del encarecimiento del crédito.

Pierden quienes dependen del trabajo, del consumo y de la producción: las familias, los pequeños empresarios, los trabajadores informales, los campesinos.

El Banco de la República es independiente del Gobierno, sí. Pero no puede ser independiente e indiferente de la realidad social.

Cuando una decisión económica profundiza las desigualdades, frena la movilidad social y aumenta la presión sobre los hogares más vulnerables, deja de ser simplemente técnica y se convierte en profundamente política.

Cuando llegué a mi casa, volví a pensar en la mujer de la farmacia.

En su pregunta.

En su preocupación genuina.

En su intento de entender un fenómeno relacional que cada vez golpea más cerca.

La respuesta no está en la “debilidad” de las personas.

Está en la dureza de las condiciones de vida.

Porque cuando la vida se encarece, cuando el futuro se reduce, cuando el esfuerzo no alcanza, lo que se erosiona no es solo la economía: es la dignidad.

Y cuando la dignidad se fractura, la salud mental se resiente.

Frente a todo esto, es inevitable preguntarse:

¿Quienes toman estas decisiones lo hacen pensando en el bien común, o responden a intereses que terminan profundizando las brechas y el sufrimiento social?

No es una pregunta menor.

Es una pregunta de país.

Porque una economía que no protege la vida, que no cuida a los más vulnerables, que no entiende y no es consciente del impacto humano de sus decisiones, corre el riesgo de volverse eficiente en cifras… pero profundamente injusta en la realidad.

Tal vez no estamos frente a una sociedad más débil.

Tal vez estamos frente a condiciones de vida cada vez más difíciles de resistir.

Y eso —más que juzgarlo— debería obligarnos a transformarlo.

 


Por José Gañan Bedoya

Chigorodó Antioquia, 02-04-2026.


 

Referencias bibliográficas:

World Health Organization. (2014). Preventing suicide: A global imperative. WHO.

https://www.who.int/publications/i/item/9789241564779

World Bank. (2020). Mental health and the COVID-19 pandemic: The impact on economic vulnerability. World Bank Group.

https://www.worldbank.org

The Lancet Commission on global mental health and sustainable development

Patel, V., Saxena, S., Lund, C., et al. (2018). The Lancet Commission on global mental health and sustainable development. The Lancet, 392(10157), 1553–1598.

https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31612-X