viernes, 25 de septiembre de 2026

Prevenir el suicidio también exige aprender: Chigorodó se conecta con el conocimiento internacional en salud mental.

 


Este 24 y 25 de septiembre tuve la oportunidad de participar, de manera telemática, en el Congreso Internacional de Intervención en Crisis, Conducta Suicida y Autolesiones, organizado por AEPSIS – Asociación Española de Psicología Sanitaria, con sede en Valencia, España, y desarrollado con la participación de reconocidos expertos internacionales en salud mental.

Fue especialmente motivador compartir este espacio de aprendizaje con más de 28.000 personas inscritas en esta edición, alrededor de un tema que constituye hoy uno de los grandes desafíos de la salud pública mundial y en el que, desde el año 2020, he venido trabajando de manera directa en el municipio de Chigorodó, Antioquia.

Las diferentes ponencias permitieron ampliar la mirada sobre la conducta suicida, sus múltiples determinantes, la intervención en situaciones de crisis y los desafíos que implica su prevención. Entre ellas, destaco particularmente la intervención de Katina Ilieva, de España, sobre El suicidio en el periodo perinatal, así como la conferencia del Dr. Andrés Vega, de México, titulada Neurología Aplicada del Riesgo Suicida y su Implicación en el Tratamiento Psicofarmacológico. Ambas exposiciones aportaron elementos valiosos para comprender la complejidad del fenómeno y la necesidad de abordarlo desde perspectivas interdisciplinarias.

Este tipo de encuentros internacionales también representa una oportunidad para fortalecer el trabajo que se desarrolla en Chigorodó en materia de seguimiento a las personas notificadas por intento de suicidio, prevención de nuevos intentos y fallecimientos por suicidio, intervención oportuna ante situaciones de riesgo y acompañamiento postvencional a familiares, comunidades y demás personas afectadas por una muerte por suicidio. El intercambio de conocimientos y experiencias permite revisar prácticas locales, incorporar enfoques basados en evidencia y fortalecer la articulación entre salud, educación, familia, comunidad y demás sectores involucrados en la protección de la vida.

 De igual manera, la actualización permanente de quienes trabajamos en estos temas contribuye a que la Política Pública Municipal de Salud Mental no se limite únicamente a documentos, rutas o acciones institucionales, sino que pueda nutrirse de nuevos conocimientos, metodologías y experiencias que permitan mejorar la prevención, la atención, el seguimiento y la respuesta comunitaria. Una política pública sólida requiere información, capacidad técnica, articulación intersectorial y, sobre todo, procesos continuos de aprendizaje que puedan traducirse en mejores respuestas para las personas y las comunidades.

Como parte de este proceso, próximamente estaré compartiendo contenidos psicopedagógicos derivados de los aprendizajes obtenidos durante este espacio de formación, con el propósito de acercar información útil, comprensible y basada en evidencia a la comunidad. Estos contenidos serán divulgados a través de mis redes sociales, mi blog personal y los diferentes programas de radio que realizo en la Emisora Comunitaria Banana Stéreo, del municipio de Chigorodó, buscando que el conocimiento adquirido trascienda el ámbito académico y pueda convertirse también en una herramienta de educación, prevención y promoción de la salud mental.

Finalizado este encuentro, queda también la motivación de continuar aprendiendo. Por ello, espero participar en el próximo Congreso Internacional de AEPSIS, previsto para los días 10 y 11 de diciembre, dedicado a la Psicología del Envejecimiento y la Gerontología.

Participar en estos espacios confirma algo fundamental: frente a problemas tan complejos como la conducta suicida, la formación permanente también es una forma de prevención.

 

Por José Gañan Bedoya – Psicólogo

Fotografía: Juan Diego Yela Salazar

Chigorodó, 25 de septiembre de 2026











jueves, 10 de septiembre de 2026

Ministerio de Salud y Protección Social - República de Colombia - Unidos para cuidar la vida.



Cada 10 de septiembre volvemos a hablar de cifras, tasas, factores de riesgo y señales de alerta. Todo ello es necesario. Pero el debate que hoy propone el Ministerio de Salud deja una pregunta mucho más incómoda: ¿de qué sirve identificar a tiempo a una persona en riesgo si, después de activar la ruta, no existe una red suficientemente fuerte para recibirla, acompañarla y sostenerla?

La prevención del suicidio necesita dejar de ser entendida como una carrera que comienza en la puerta de urgencias. Empieza mucho antes: en la familia que aprende a escuchar sin minimizar; en el docente que reconoce un cambio significativo; en el amigo que pregunta sin juzgar; en el barrio que recupera vínculos; en los medios que informan responsablemente; y también en los entornos digitales donde hoy buena parte de nuestros adolescentes construyen identidad, buscan ayuda y expresan sufrimiento.

Una de las ideas más relevantes del conversatorio es precisamente esta: el suicidio no puede reducirse a enfermedad mental. Es un fenómeno multicausal atravesado por desigualdad, violencia, soledad, exclusión, pérdidas, ausencia de oportunidades, rupturas afectivas y condiciones concretas de vida. Si el diagnóstico es social y complejo, la respuesta no puede seguir siendo exclusivamente clínica.

El Código Dorado representa, en ese sentido, un avance importante para Colombia. Sin embargo, su éxito no debería medirse por el número de activaciones, sino por lo que ocurre después de activar: ¿la persona fue localizada?, ¿recibió atención oportuna?, ¿se removieron las barreras?, ¿hubo seguimiento?, ¿la familia fue orientada?, ¿existió continuidad del cuidado? Allí comienza una estadística que todavía debemos aprender a mirar.

Chigorodó viene dando pasos importantes en esa dirección: implementación territorial del Código Dorado, seguimiento sistemático del Evento 356, articulación intersectorial, fortalecimiento de Centros de Escucha y Redes Comunitarias Protectoras, análisis de casos y construcción de herramientas locales de vigilancia y seguimiento. No significa que el problema esté resuelto. Significa algo quizá más importante: que el municipio está empezando a construir capacidad para observar, responder y aprender de cada caso.

El siguiente salto debe ser la posvención. Una muerte por suicidio no cierra un caso: abre una responsabilidad colectiva con familiares, compañeros, comunidades educativas y demás sobrevivientes. Acompañarlos oportunamente también es prevención, porque el duelo por suicidio puede dejar culpa, preguntas sin respuesta, estigma, silencios y nuevas vulnerabilidades.

La política pública de salud mental del futuro tendrá que medir menos cuántas actividades realizamos y mucho más cuánto cuidado logramos sostener. Prevenir el suicidio es llegar antes, responder mejor y permanecer después. -Porque cuidar la vida no consiste solamente en evitar la muerte. Consiste en construir comunidades donde vivir vuelva a tener sentido.

De los apuntes personales de la participación en el evento de MinSalud – Presidencia de la República: “Colombia se une para cuidar la vida” – en el marco de la Conmemoración del Día Mundial para la Prevención de Suicidio.

 

José Gañan Bedoya – Psicólogo

Fotografía: Lic. Naty Yela Salazar

Chigorodó, 10 de septiembre de 2026.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

Chigorodó avanza en el cuidado de la vida.

 


Este 2026 representa un momento significativo para el municipio de Chigorodó con la implementación territorial del Código Dorado (Resolución N.º 0521) una estrategia que nos invita a fortalecer la identificación temprana del riesgo, la atención integral, el seguimiento y la continuidad del cuidado.

Chigorodó ha venido comprendiendo que el Código Dorado debe convertirse en una manera colectiva de entender el cuidado: una familia que acompaña, una escuela que escucha, un servicio de salud que responde oportunamente, una institución que articula y una comunidad que no permanece indiferente frente al sufrimiento humano.

Que esta sea una oportunidad para preguntarnos qué podemos hacer, desde nuestro lugar, para cuidar mejor a quienes tenemos cerca.

Leer y descargar la Resolución Municipal N.º 0521 del 07-09-2026

https://drive.google.com/file/d/1ni6hK1CZCOB974gtOax7nVF0w2GUsZqw/view?usp=sharing

 

José Gañan Bedoya

Chigorodó, 09-09-2026


martes, 8 de septiembre de 2026

Guía rápida de acompañamiento a personas allegadas ante un fallecimiento por suicidio.

 


Prevenir el suicidio también significa aprender a acompañar el dolor después de una pérdida. -Por eso, en esta fecha quiero compartir estas Diez recomendaciones para acompañar a una persona después de un fallecimiento por suicidio. Son orientaciones sencillas que le pueden ser de gran ayuda.

También los invito a consultar y descargar la “Guía Rápida de Acompañamiento a Personas Allegadas Ante Fallecimiento”, elaborada por la Asociación Internacional de Bomberos y Psicología de Emergencia – Madrid, España. 📖 Puede consultarla y descargarla aquí:

https://drive.google.com/file/d/1rFyfvZBmavQztBvi8XtFFO3RXb16LxMU/view?usp=sharing

Para recordar: No siempre tendremos las palabras correctas para acompañar. Muchas veces, permanecer cerca, escuchar y ayudar a encontrar apoyo será suficiente para comenzar.

 

Por José Gañan Bedoya – psicólogo

Chigorodó, 08-09-2026.






domingo, 6 de septiembre de 2026

Escrito de opinión personal a propósito de la conmemoración del Dia Mundial para la Prevención del Suicidio - 10 de septiembre de 2026.

 


En el Mes Amarillo, el mundo, Colombia, Antioquia y el Urabá refuerzan sus esfuerzos para prevenir el daño emocional, los intentos y los fallecimientos por suicidio. Antioquia, por ejemplo, ha desplegado el programa "Salud para el Alma" orientado a la gestión emocional y el autocuidado. La Secretaría de Salud y Protección Social de Chigorodó a partir del 2025 empezó a implementar la Estrategia de Seguimiento al Evento de Interés en Salud Pública 356 (intento de suicidio), estrategia de permite el seguimiento y acompañamiento psicosocial a los eventos asociados a ideación, intento, fallecimiento por suicidio y, el acompañamiento postvencional y la recuperación emocional  de los sobrevivientes, el fortalecimiento de la redes protectoras en barrios y veredas, la apertura de los Centros de Escucha institucionales y comunitarios, la creación de los Grupos de Apoyo emocional en alguna instituciones educativas, los voluntariados en salud mental, la capacitación basada en la evidencia, entre otras iniciativas.

Sin embargo, todos estos esfuerzos, se enfrentan a una realidad ineludible: ningún sistema de salud en el mundo ha logrado prevenir todos los casos de ideación suicida, intento de suicidio y fallecimientos por suicidio, y la cobertura y efectividad de los servicios de salud mental dependen directamente del presupuesto asignado por los gobiernos en sus diferentes órdenes.

La salud mental de los pueblos mejoraría significativamente si los recursos económicos y el talento humano profesional no se vieran atrapados en la politiquería y la burocracia. Las leyes, las normas y los protocolos, por sí solos, no salvan vidas; se necesita voluntad política real, asignación presupuestal suficiente y una gestión eficiente, libre de intereses particulares, que priorice la atención oportuna y humanizada. Mientras los gobiernos se enredan en debates estériles o dilatan la ejecución de los recursos, las personas en crisis esperan.

Es justo reconocer que el surgimiento de la Ley 1616 de 2013 viene marcando hitos en la atención de la salud mental en Colombia. Últimamente el país ha dado pasos importantes con la Ley 2460 de 2025, que fortalece la prevención y crea una subcuenta exclusiva para salud mental en el Presupuesto General de la Nación, la Ley 2518 de 2025 -que establece el modelo comunitario para la prevención de trastornos mentales y luego la Resolución 347 de 2026, que implementa el Código Dorado como Protocolo Nacional para la Atención Inmediata de la Conducta Suicida, la Política Pública de Salud Mental de Chigorodó, según Proyecto de Acuerdo N°12 de 2019, la Ordenanza Departamental 041 de 2022 – por medio de la cual se adoptó la Política Pública de Salud Mental y Prevención de las Adicciones 2022-2040 en el departamento de Antioquia, entre otros, constituyen avances normativos y misionales a nivel nacional, departamental y territorial que refuerzan las narrativas tradicionales en salud mental.

En esta línea Chigorodó avanzó en el proceso de actualización de la Mesa Municipal de Salud Mental y Prevención de las Adicciones según el Decreto 069 del 02 de junio de 2026 y, la creación del acto Resolutivo Municipal mediante el cual se adopta en el municipio de Chigorodó la Estrategia Nacional para el Cuidado Integral de la Salud en Personas con Conducta Suicida y, se dio apertura al proceso de actualización de la Política Pública de Salud Mental Municipal.

El titular “Cuando Colombia arde, los necios tocan la gaita” denuncia con fuerza la indiferencia, la distracción y la mezquindad institucional frente a una realidad que exige urgencia, sensibilidad y compromiso: mientras aumentan el sufrimiento emocional, los intentos de suicidio y los fallecimientos potencialmente prevenibles, todavía hay quienes normalizan el problema o aplazan las decisiones políticas, programáticas y estructurales que exige este desafío global de salud pública.

 

Por José Gañan Bedoya

Chigorodó, 06 de septiembre de 2026


viernes, 28 de agosto de 2026

Día Mundial del Salubrista: La salud mental pública no empieza en el consultorio.

 


Hablar de salud mental pública obliga a mirar más allá del diagnóstico. La violencia, la pobreza, el miedo, el desplazamiento y la ruptura de los vínculos también enferman. Cuidar la salud mental de una comunidad significa intervenir las condiciones que producen sufrimiento y recuperar la posibilidad de vivir juntos con dignidad.

Hay conferencias que terminan cuando se apaga el micrófono. Hay otras que uno se lleva consigo.

La reflexión del profesor Saúl Franco, médico y doctor en Salud Pública, durante la Cátedra de Formación Ciudadana Héctor Abad Gómez, realizada en la Universidad de Antioquia en el marco del Día Mundial del Salubrista, pertenece a las segundas.

Queda dando vueltas una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué hacemos realmente cuando decimos que cuidamos la salud de una comunidad?

No es una pregunta menor.

Durante años hemos aprendido a entender la salud mental fundamentalmente desde el individuo. Preguntamos qué síntomas presenta una persona, desde cuándo los tiene, cuál podría ser su diagnóstico, qué factores de riesgo existen y qué tratamiento necesita.

Todo eso es necesario.

Pero no es suficiente.

Porque mientras preguntamos qué sucede dentro de la persona, con demasiada frecuencia dejamos de preguntar qué está ocurriendo alrededor de ella.

Y los contextos también enferman.

Enferma una comunidad cuando la violencia comienza a parecer normal.

Enferma cuando sus jóvenes dejan de imaginar un futuro.

Enferma cuando una mujer tiene miedo dentro de su propia casa.

Cuando un adolescente encuentra humillación allí donde debería encontrar protección.

Cuando una familia debe escoger entre alimentarse o pagar el transporte para asistir a una cita.

Cuando alguien pierde su tierra, su barrio, su comunidad o sus vínculos.

Cuando pedir ayuda se convierte en una carrera de obstáculos.

Cuando las instituciones llegan demasiado tarde.

 

Desde esa perspectiva adquiere especial fuerza una de las ideas planteadas por Saúl Franco: la salud pública no es un archivo de conocimientos ni un museo de prácticas, sino una búsqueda permanentemente inacabada de respuestas teóricas y prácticas frente a aquello que protege, desafía o pone en riesgo la vida y el bienestar colectivos.

Esa definición debería interpelarnos también desde la salud mental.

Porque la salud mental pública tampoco puede reducirse a contar consultas psicológicas, diagnósticos realizados, medicamentos formulados o personas remitidas.

Por supuesto que necesitamos servicios.

Necesitamos psicólogos.

Necesitamos psiquiatras.

Necesitamos atención oportuna y tratamientos de calidad.

Pero también necesitamos preguntarnos por las condiciones que hacen que tantas personas lleguen a esos servicios profundamente lastimadas.

Hay dolores que ningún diagnóstico explica por completo.

Hay sufrimientos que no deberían medicalizarse para hacerlos socialmente tolerables.

La pobreza desgasta.

La violencia deja huellas.

La discriminación hiere.

El desempleo prolongado produce angustia.

El desplazamiento desarraiga.

La soledad sostenida enferma.

La incertidumbre agota.

La exclusión destruye esperanza.

Y vivir durante años en territorios atravesados por diferentes formas de violencia como la subregión de Urabá y Chigorodó, modifica la manera como las personas confían, aman, crían, se relacionan e imaginan el mañana.

Por eso resulta tan potente otra afirmación de Franco: la paz es producto de un entramado complejo de relaciones de poder y de condiciones materiales, económicas, políticas y emocionales; no puede existir una verdadera paz con hambre, sin trabajo digno, con discriminación o estigmatización.

Y agrega una afirmación que debería ocupar un lugar central en cualquier discusión contemporánea sobre salud pública: sin paz no hay salud y sin salud no hay paz.

Si aceptamos seriamente esa relación, también tendremos que reconocer algo fundamental:

Construir salud mental es construir paz cotidiana.

No solamente la paz de los acuerdos nacionales.

No únicamente la paz que se firma, se anuncia o se negocia.

Existe otra paz mucho menos visible.

La paz de una casa donde una niña puede dormir sin miedo.

La de una escuela donde un adolescente puede pedir ayuda sin ser señalado.

La de una mujer que puede vivir sin violencia.

La de una persona mayor que encuentra compañía.

La de una comunidad indígena que puede cuidar la vida sin renunciar a su cultura.

La de un barrio que recupera sus espacios colectivos.

La de una familia que recibe acompañamiento antes de que la crisis se convierta en tragedia.

La de una institución que escucha antes de juzgar y actúa antes de que sea demasiado tarde.

 

Allí comienza a tener verdadero sentido hablar de salud mental comunitaria.

No como una versión económica de la consulta psicológica.

No como una brigada, una jornada o un carrusel de la salud ocasional.

No como el taller que llega una mañana, llena una lista de asistencia, toma algunas fotografías y desaparece del territorio.


La salud mental comunitaria significa reconocer que ninguna persona existe aislada de su historia, su familia, su cultura, sus relaciones y su territorio.

Significa trabajar con las comunidades y no solamente sobre ellas.

Esa diferencia parece pequeña.

No lo es.

Una comunidad puede intervenirse desde un escritorio.

Pero para construir salud mental con ella hay que caminarla.

Hay que escuchar.

Escuchar a los niños y a los jóvenes.

A las familias.

A los docentes.

A las mujeres.

A los líderes comunitarios.

A las comunidades indígenas.

A las personas mayores.

A quienes casi nunca aparecen en las reuniones institucionales.

Hay que reconocer problemas, por supuesto, pero también capacidades.

Porque incluso en los territorios atravesados por enormes dificultades existen redes de solidaridad, conocimientos, prácticas de cuidado, liderazgos y formas de resistencia que ningún sistema de información alcanza a registrar completamente.

Quizás una de las grandes tareas de la salud pública contemporánea consista precisamente en aprender a medir sin dejar de escuchar.

Necesitamos datos.

Necesitamos epidemiología.

Necesitamos vigilancia.

Necesitamos conocer cuántas personas intentan suicidarse, cuántas mueren por suicidio, cuáles son los grupos más afectados, dónde ocurren los eventos y qué barreras enfrentan quienes necesitan atención.

Necesitamos esa información porque una política pública construida únicamente desde las percepciones corre el riesgo de equivocarse sobre la realidad.

Pero los números tampoco pueden convertirse en nuestra única forma de comprender el sufrimiento.

Detrás de cada indicador existe una persona.

Un intento de suicidio registrado en un sistema de vigilancia no es simplemente una nueva fila en una base de datos.

Es una historia.

Una familia.

Una escuela.

Un colegio.

Una universidad.

Un barrio.

Una comunidad.

Una red de relaciones.


Es alguien que llegó a un punto de sufrimiento que debería obligarnos a preguntar no solamente qué estaba ocurriendo en su mente, sino también qué estaba sucediendo alrededor de su vida.

¿Qué estaba pasando en su familia?

¿Qué ocurrió en la escuela, colegio o universidad?

¿Qué posibilidades tenía de pedir ayuda?

¿Qué barreras encontró?

¿Qué señales observó su entorno?

¿Qué respuesta dieron las instituciones?

La epidemiología puede mostrarnos dónde se concentra un problema.

La comunidad puede ayudarnos a comprender por qué.

Necesitamos ambas.

 

Saúl Franco recuerda que la guerra no solamente produce muerte, heridas y discapacidad; también destruye la tranquilidad cotidiana, instala incertidumbre, inseguridad existencial y desconfianza, y produce profundas consecuencias sobre la salud mental de las personas y de los colectivos.

Colombia, Antioquia, Urabá y Chigorodó conocen demasiado bien esas consecuencias.

Somos una sociedad que ha aprendido durante décadas a seguir funcionando mientras carga pérdidas que muchas veces nunca ha podido elaborar completamente.

Desplazamientos.

Desapariciones.

Asesinatos.

Amenazas.

Desarraigos.

Familias fragmentadas.

Comunidades destruidas.

La violencia no termina necesariamente cuando termina el hecho violento.

Permanece en las personas.

Permanece en las familias.

Permanece en las relaciones.

Y muchas veces permanece durante generaciones.

 

Por eso construir paz también requiere construir una política pública de salud mental capaz de trabajar con la memoria, el duelo, la convivencia, la confianza y la reconstrucción del tejido social.

Pero existe, además, otra pregunta incómoda para quienes trabajamos en salud mental:

¿Por qué llegamos tantas veces después?

Después del intento de suicidio.

Después de la violencia.

Después del desastre natural.

Después del abandono escolar.

Después de la crisis familiar.

Después del consumo problemático.

Después de que el sufrimiento se volvió insoportable.

Una salud mental verdaderamente pública debería comenzar preguntándose también qué podemos hacer antes.

Y muchas de esas respuestas no estarán dentro de un consultorio.

Estarán en una familia que sabe escuchar.

En una escuela capaz de identificar señales tempranas.

En una red protectora comunitaria.

En un centro de escucha.

En un voluntariado de salud mental.

En oportunidades reales para los jóvenes.

En el deporte.

En la cultura.

En organizaciones sociales fortalecidas.

En instituciones capaces de compartir responsabilidades y no únicamente remisiones.

En políticas públicas que comprendan que prevenir el sufrimiento mental también significa transformar las condiciones sociales que ayudan a producirlo.

Ese cambio de mirada obliga igualmente a revisar nuestra propia manera de entender el papel del profesional de la salud.

Ser salubrista en salud mental quizá sea mucho más que ejercer una profesión.

Es asumir una posición frente a la vida.

Es negarse a considerar normal el sufrimiento evitable.

Es incomodarse frente a una barrera de acceso.

Es preguntar por quien dejó de asistir.

Es buscar a quien quedó por fuera.

Es reconocer que detrás de una estadística existe alguien esperando una respuesta.

Es entender que la salud y la salud mental no comienzan en el hospital.

Y que la salud mental tampoco comienza en el consultorio.

Empieza mucho antes.

Empiezan en las condiciones en que nacemos.

En la manera como somos cuidados.

En las escuelas donde crecemos.

En las oportunidades que encontramos.

En los trabajos que podemos conseguir.

En las relaciones que construimos.

En los territorios que habitamos.

En la posibilidad de vivir sin miedo.

 

Por eso, en el Día Mundial del Salubrista, quizá nuestro mejor homenaje no consista simplemente en felicitarnos.

Tal vez debamos aprovechar la fecha para volver a preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos.

Saúl Franco propone que nuestro horizonte como humanidad debe ser la vida en paz.

Desde la salud mental comunitaria yo agregaría algo:

(…) esa paz también debería poder sentirse.

Sentirse en la casa.

En la escuela.

En el barrio.

En la vereda.

En las comunidades.

En nuestras instituciones.

Sentirse en la posibilidad de pedir ayuda sin miedo y encontrar a alguien dispuesto a responder.

Porque una sociedad mentalmente saludable no será aquella en la que nadie sufra.

Eso sería imposible.

Será aquella que construya suficientes vínculos, oportunidades, instituciones y redes de cuidado para que nadie tenga que enfrentar su sufrimiento completamente solo.

Quizás allí se encuentre una de las formas más humanas —y también más políticas— de hacer salud mental pública.

 

Ver memorias del Seminario en:

https://www.youtube.com/watch?v=Tk6Zzj0Hn38

 

 

Por José Gañan Bedoya

Psicólogo.

Fotografía: Lic. Naty Yela Salazar.