Pensar la psicología de la salud y la salud
mental en Antioquia, y particularmente en los once municipios de la subregión
de Urabá, es aprender a escuchar la depresión en otro idioma. No es solo el
lenguaje clínico de los manuales, ni la narrativa individual del “no puedo
más”. Es un idioma atravesado por el desempleo, la informalidad, el
desplazamiento, la violencia histórica y la incertidumbre cotidiana. Aquí, la
depresión no siempre se nombra como tal, pero se vive en el cuerpo, en el
silencio y en la fatiga de existir.
La depresión es un cansancio profundo de vivir,
que no solo viene de lo que la persona siente por dentro, sino también de las
dificultades y desigualdades que enfrenta todos los días. En este territorio,
esa definición cobra una fuerza particular: no es solo un estado emocional,
sino una experiencia encarnada en condiciones materiales y relacionales concretas.
Las ideas de Byung-Chul Han sobre la
autoexigencia y la sociedad del rendimiento resultan sugerentes, pero en este
territorio adquieren otro matiz. En Urabá no se trata únicamente de una
autoexplotación por exceso de positividad, sino de una presión constante por
sobrevivir. Aquí, el mandato no es “sé tu mejor versión”, sino “resiste un día
más”. Y esa resistencia, sostenida en condiciones desiguales, también enferma.
He visto adolescentes que no encuentran sentido
en estudiar porque el horizonte laboral es incierto; madres que cargan solas
con el cuidado emocional y económico del hogar; hombres atravesados por el
mandato de proveer en contextos donde el trabajo escasea. En cada etapa de la
vida, la depresión adopta formas distintas, pero comparte un hilo común: la
sensación de estar atrapado en una realidad que no ofrece alternativas claras.
En la niñez, la tristeza suele esconderse
detrás de la irritabilidad o el bajo rendimiento escolar. En la adolescencia,
aparece como desesperanza o desconexión afectiva. En la adultez, se manifiesta
en el agotamiento crónico, en el insomnio o en la pérdida de sentido. Y en la
vejez, muchas veces se confunde con el abandono o la resignación. No es que la
depresión sea distinta en Urabá, pero sí está profundamente moldeada por las
condiciones sociales y relacionales que la rodean.
Hablar de una depresión atravesada por la
desigualdad social es reconocer que no todos parten del mismo lugar, ni
enfrentan las mismas cargas. Es entender que, en estos municipios, el
sufrimiento psíquico no puede desligarse de la historia colectiva. No es solo
un asunto de neurotransmisores, sino también de oportunidades, de acceso, de
dignidad.
Como psicólogo, esto obliga a replantear el
lugar de la intervención. No basta con ofrecer herramientas individuales si el
contexto sigue siendo adverso. Se hace necesario trabajar con las familias, con
las comunidades, con las instituciones. Nombrar el malestar, sí, pero también
dignificarlo. Decirle a alguien que su tristeza tiene sentido en medio de lo
que vive, puede ser el primer acto terapéutico.
Urabá es una tierra de resiliencia, pero
también de cansancio acumulado. Tal vez el reto no sea solo enseñar a las
personas a adaptarse, sino contribuir a que no tengan que soportarlo todo en
soledad. Porque cuando la desigualdad se vuelve paisaje, la depresión deja de
ser una excepción y comienza a ser una experiencia compartida.
Y ahí, en esa experiencia compartida, también
puede comenzar la posibilidad de lo común: de acompañarnos, de reconocernos y,
poco a poco, de reconstruir sentidos donde hoy solo hay desgaste.
En mi opinión, potencia de esta reflexión está
en comprender que, en contextos como la Subregión de Urabá Antioquia, la
depresión no puede leerse únicamente como un trastorno individual ni como un
desequilibrio interno. Es, más bien, una experiencia profundamente situada,
donde lo emocional, lo material y lo relacional se entrelazan de forma
inseparable.
Lo novedoso no está en afirmar que el contexto
influye, sino en asumir que, en territorios marcados por la desigualdad, el
contexto no es un factor adicional: es constitutivo del sufrimiento psíquico.
Desde ahí, la intervención en salud mental deja de ser solo clínica y se vuelve
también ética, comunitaria y política. Porque si la depresión se produce en lo
común, es también en lo común donde puede empezar a transformarse.
Por, José Gañan Bedoya.
Chigorodó Antioquia, 19-04-2026
Referencias bibliográficas:
World Health Organization
World Health Organization. (2014). Social
determinants of mental health. World Health Organization.
https://apps.who.int/iris/handle/10665/112828
The Lancet Commission on Global Mental Health
and Sustainable Development
Patel, V., Saxena, S., Lund, C., Thornicroft,
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global mental health and sustainable development. The Lancet, 392(10157),
1553–1598.
https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31612-X
Comisión Económica para América Latina y el
Caribe
Comisión Económica para América Latina y el
Caribe (CEPAL). (2021). La pandemia del COVID-19 generó un aumento
significativo de los problemas de salud mental en América Latina. CEPAL.
