viernes, 8 de agosto de 2025

¿Es posible hablar de una epistemología del suicidio? La pregunta no es caprichosa.

 


Hablar de una epistemología del suicidio puede sonar a un ejercicio reservado para académicos, pero en realidad es una pregunta que toca vidas: ¿cómo sabemos lo que creemos saber sobre este fenómeno? ¿Qué métodos sostienen esas certezas, cuáles las distorsionan y quién decide qué se considera “verdad”? No es un debate teórico. De esa arquitectura del conocimiento dependen diagnósticos médicos, protocolos clínicos, políticas públicas y la forma en que los medios narran —o silencian— estas muertes.

Las cifras globales son contundentes: más de 720 000 muertes cada año, tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años y un 73 % en países de ingresos bajos y medios. Pero los números, sin contexto, pueden engañar. No es lo mismo una estadística en un informe que la historia de un joven en un barrio periférico, de un campesino endeudado o de una mujer mayor que vive sola. El suicidio tiene rostros, acentos, geografías y tiempos distintos.

Durante décadas, la investigación ha girado en torno a listas de factores de riesgo y a un enfoque biomédico. La llamada suicidología crítica ha señalado lo que eso deja fuera: el peso de lo social, lo cultural, lo histórico, y sobre todo, las voces de quienes han vivido el dolor en primera persona, así como de comunidades y redes locales.

Hoy, modelos como la Teoría Interpersonal de Joiner, el Modelo Integrado Motivacional–Volitivo o la Three-Step Theory permiten diferenciar entre idear y actuar. Explican que el dolor y la desesperanza pueden encender la chispa, pero factores como la conexión social, el contexto vital y la llamada “capacidad adquirida” son los que definen si esa chispa se apaga o prende. Y aun así, incluso con teorías sólidas, la predicción es frágil: los factores clásicos predicen poco y la inteligencia artificial, por ahora, tampoco ha dado con la llave. Es bueno no olvidarlo: asociar no es predecir, y predecir no es prevenir.

Medir también es complejo: subregistro, categorías ambiguas, métodos como la autopsia psicológica cargados de sesgos culturales. Por eso, más que certezas absolutas, las cifras deberían verse como mapas con zonas borrosas.

Pero hay terreno firme. Sabemos que restringir el acceso a medios letales salva vidas. Que los planes de seguridad personalizados superan a los contratos de “no suicidio”. Que la capacitación comunitaria, junto con la detección y la atención temprana, puede cambiar un destino. La OMS lo resume en su guía LIVE LIFE: cuatro intervenciones clave —limitar medios, formar a los medios de comunicación, enseñar habilidades socioemocionales y actuar pronto—, respaldadas por políticas sólidas y datos confiables.

Pensar el suicidio desde una epistemología no es un lujo intelectual: es una forma de ser responsables con lo que decimos saber. Es aceptar que no siempre tendremos la predicción perfecta, pero sí la posibilidad —y la obligación— de actuar con la mejor evidencia disponible. Porque una ciencia madura no es la que presume certezas absolutas, sino la que distingue entre lo que puede afirmar, lo que debe poner en duda y el momento exacto en el que basta de dudas para salvar una vida.

En Colombia, si tú o alguien cercano está en riesgo inmediato, busca ayuda profesional:

Líneas telefónicas de emergencia: ESE Hospital María Auxiliadora (4) 8253648 – 8253191. Estación de Bomberos 321-588-8657 -ESTACIÓN DE POLICÍA Cuadrante 1. 302-356-1443. Cuadrante 2. 302-356-1444. Cuadrante 3. 302-356-1445 -Línea Gratuita 106 “Salud para el Alma” Gobernación de Antioquia. -Referente Municipal de Salud Mental – José Gañan Bedoya -Psicólogo: WhatsApp 320-609-0608. -Pide una cita en la ESE Hospital María Auxiliadora en este link: https://cocoreservas.com/ESECHIGORODO/citas/servicio

 

Con aprecio, José.