domingo, 29 de junio de 2025

Una ley para sanar a Colombia desde sus raíces (Ley 2460 de 2025). Una política pública de salud mental que acompaña, comprende y transforma el sufrimiento.

 


En Colombia, hablar de salud mental ya no debería ser un tema reservado a especialistas ni limitarse a encuentros académicos. Con la aprobación de la Ley 2460 de 2025 —firmada por el presidente Gustavo Petro Urrego— estamos ante algo más profundo: un cambio de enfoque, casi un cambio de alma. No se trata únicamente de una reforma legal; es, como yo lo veo, un acto de dignidad colectiva. Esta ley nos invita a mirar de frente ese dolor que como sociedad hemos aprendido, por costumbre o resignación, a callar.

Durante años, el sufrimiento psíquico fue tratado como un asunto clínico, como si bastara con una pastilla o una etiqueta diagnóstica. Pero esta nueva ley —y lo digo con esperanza— reconoce algo que muchas comunidades ya sabían de sobra: que las heridas emocionales no se curan solo en consultorios, sino también en los lugares donde se originan. La pobreza, la exclusión, la violencia heredada como si fuera parte del paisaje... ahí se encuentra buena parte de lo que hoy llamamos enfermedad mental. Y esto, en Urabá y sus municipios —entre ellos, Chigorodó— se conoce muy bien.

Es en este punto donde la Ley 2460 marca una diferencia real. Declara la salud mental como un derecho humano universal —sin privilegios ni excepciones— y promueve un enfoque biopsicosocial. Suena técnico, sí, pero el fondo es simple y contundente: hay que ver al ser humano en su totalidad. No somos cerebros flotando en el vacío; somos historias, vínculos, traumas, afectos, espiritualidad. Y todo eso cuenta.

Lo interesante —y también lo valiente— es que esta ley no se limita al sistema de salud. No es un asunto exclusivo del Ministerio de Salud, ni de las EPS o IPS, ni de las Secretarías de Salud y Protección Social, ni de las Alcaldías Municipales. Las escuelas, las empresas, los medios comunitarios y de comunicación, e incluso las cárceles… todos tienen un rol que cumplir. Se plantea la creación de comités escolares para identificar señales de alerta en niños, adolescentes y jóvenes; se exige a las empresas una gestión real del riesgo psicosocial; se propone un observatorio nacional capaz de generar datos útiles, situados, al servicio de políticas públicas más justas.

Y no, esto no nació de un día para otro. Esta ley es el resultado del trabajo constante y, muchas veces, silencioso, de personas y colectivos que han venido construyendo desde abajo una idea diferente de salud. Experiencias como las impulsadas por la Universidad El Bosque han demostrado que otra manera de hacer las cosas es posible. Una que mezcla el saber académico con la vivencia cotidiana. Una donde la comunidad deja de ser paciente para convertirse en protagonista.

Por eso es tan valioso que la ley reconozca a quienes históricamente han cuidado sin recursos ni aplausos: profesionales independientes, madres, cuidadores, familiares, profesoras y profesores, líderes barriales, líderes religiosos, escuchadores por vocación, entre tantos otros. A ellos, por fin, se les brindan herramientas, formación y el lugar que merecen. Ya era hora.

El presidente Petro lo ha dicho en varios escenarios: la salud mental es política. Y claro que lo es. Porque tiene que ver con cómo vivimos, cómo nos relacionamos, cómo esta sociedad nos rompe —o nos repara— día a día. Hablar de salud mental es hablar del derecho a la paz interior, a la conexión con los demás, a no cargar en silencio dolores que en realidad son sociales.

No exagero si digo que esta ley es un acto de reparación histórica. Es el intento de un país por asumir que sin cuidado no hay democracia, y sin salud emocional no hay libertad verdadera. Lo técnico está, por supuesto, pero lo más importante es el gesto. Un gesto que dice: te vemos, te creemos, y vamos a hacer algo.

Y si ese es el camino que estamos comenzando a recorrer, bienvenido sea. Porque tal vez —solo tal vez— estamos empezando a construir una Colombia, un Antioquia, un Urabá y un Chigorodó donde el Estado no le da la espalda al sufrimiento, sino que lo escucha, lo acompaña y se compromete a transformarlo.

Para consultar el texto completo de la Ley 2460 de 2025, puede acceder al siguiente enlace que se encuentra disponible en esta publicación.

https://drive.google.com/file/d/1_1eur3zdI9-0MuWUStrGJL1t6m6ZRNH4/view?usp=sharing

 

Con esperanza,

 

José GB.


domingo, 15 de junio de 2025

Feliz día del padre para José Gañan Bedoya

 


José, en este Día del Padre, no hay palabras suficientes para expresar la gratitud que sentimos hacia ti.

Desde que llegamos a tu vida, has sido nuestro pilar, nuestro refugio y nuestro guía. Para mi hijo, has sido mucho más que una presencia: has sido el padre que necesitaba, ese amor firme y protector que ha acompañado cada paso de su crecimiento.

Hoy, después de 18 años, te miramos con profunda admiración y cariño. No solo has sido un apoyo incondicional, has sido un verdadero padre en todo el sentido de la palabra.

Gracias por cada sacrificio silencioso, por cada consejo sabio, por cada abrazo que nos sostuvo en los días difíciles.

Gracias por amarnos como lo haces, por ser familia, por ser hogar.

Te amamos profundamente, y hoy celebramos tu vida y todo lo que eres para nosotros.

 


Con cariño, Juan Diego y Naty.



jueves, 12 de junio de 2025

Entre diplomas y posgrados, muchos profesionales han olvidado lo esencial: estar presentes frente al dolor humano.

 


Hace poco, el psiquiatra José Luis Marín lanzó una afirmación que retumbó como campanazo en medio del ruido profesional: “seis de cada diez personas que van a terapia no mejoran, y una de cada diez incluso empeora”. Lo dijo sin adornos, en una entrevista en La Vanguardia. Y por más incómodo que resulte, cuesta no detenerse ante esa cifra que, más que un dato, parece un grito. Porque no es la técnica, ni siempre el paciente: es, muchas veces, el terapeuta quien no está a la altura.

Marín habla del “factor T”, una especie de X emocional que marca la diferencia entre que alguien sane en seis sesiones o quede atrapado en ochenta sin rumbo. Él, con cuatro décadas a sus espaldas y una vocación que no parece haber envejecido, insiste en que este factor no es mágico ni innato. Hay que enseñarlo, practicarlo, corregirlo. Y lo más difícil: evaluarlo sin egos. Su mensaje es claro y exigente: si no estamos dispuestos a transformarnos, difícilmente lograremos que otros lo hagan.

Esa idea choca de frente con un modelo educativo que todavía confunde diplomas con competencia. Hay quienes coleccionan títulos como quien acumula medallas, sin notar que un posgrado, si solo sirve para sumar ceros al sueldo o escalar un cargo, no tiene nada de útil y mucho de ornamento. Ese tipo de formación produce profesionales huecos, más hábiles para llenar formatos y test que para sostener a alguien que llora del otro lado del consultorio. Y mientras tanto, se expande una cultura emocional de escaparate: frases motivacionales, soluciones enlatadas, sonrisas forzadas. Todo eso, disfrazado de ayuda, banaliza el dolor de verdad.

El argumento de la "baja adherencia" —ese comodín que tanto se usa para explicar por qué un paciente no vuelve al psicólogo— empieza a sonar más a excusa que a análisis. Porque si no nos preguntamos qué está fallando en nuestra capacidad de vincularnos, entonces ¿de qué sirve tanto estudio? Tal vez el problema no sea el otro, sino lo que nosotros no supimos ver, escuchar o sostener. Es más cómodo culpar a la resistencia del paciente que revisar nuestras propias carencias. Y mientras tanto, muchos siguen saliendo del consultorio igual o peor de solos que como entraron.

Lo vivimos en carne propia. Marzo de 2020, pandemia, caos global. En Chigorodó, un puñado de psicólogos y voluntarios decidimos juntarnos, sin presupuesto ni aplausos, para abrir un espacio de escucha real. Así nació el Centro de Atención Psicosocial (CAPS) en Salud Mental. Lo que empezó como un acto de ciudadanía terminó convirtiéndose en un refugio para más de 2.800 personas durante cuatro años. Fuimos a barrios, veredas y comunidades indígenas, entre otros lugares. Lo que vimos fue demoledor: seis de cada diez personas expresaron ideas suicidas. No solo pensamientos vagos, sino deseos muy concretos de rendirse. Y lo dijeron entre lágrimas, con un dolor que no se tapa con técnicas ni frases hechas.

Hoy el CAPS-SM ya no existe. Se lo tragó la burocracia, sin evaluaciones técnicas ni voluntad de diálogo. Nunca se intentó integrarlo a través de la Ley 720 de 2001, que precisamente permite formalizar este tipo de voluntariados. Una oportunidad perdida por mirar con desprecio lo que no encaja en los moldes institucionales. Así de frágiles son algunos logros cuando no hay voluntad política de escuchar el sufrimiento real.

Entonces, ¿Qué hacemos con todo esto? Primero, cambiar el enfoque. Las universidades deben volver a enseñar humanidad. No basta con formar en teorías y protocolos. Hay que enseñar a escuchar con el cuerpo entero, a mirar sin juicios, a sostener el silencio cuando no hay palabras. Las investigaciones lo confirman: la relación terapéutica pesa tanto (o más) que la técnica. La empatía, la presencia real, la capacidad de estar ahí, incluso en el dolor ajeno, es lo que más ayuda a sanar.

Carl Rogers ya lo decía en los años 50: sin autenticidad, sin coherencia emocional, el terapeuta no es más que un eco vacío. Y en estos tiempos tan cambiantes, se vuelve imprescindible sumar flexibilidad cultural. No todos los pacientes caben en el mismo manual. Entender sus contextos, sus redes, su historia, es tan terapéutico como cualquier intervención.

Y, sobre todo, necesitamos humildad. La verdadera psicoterapia no es un campo para egos inflados ni certezas absolutas. Es una práctica que exige revisión constante, aprendizaje permanente y, por qué no, la capacidad de decir “no sé”. Porque quien se cree dueño de la verdad, difícilmente puede acompañar a otro en la búsqueda de la suya.

En el fondo, lo que se necesita no es otra malla curricular, sino un pacto ético con la profesión. Hacer memoria del motivo que nos llevó a estudiar esto: no fue el sueldo, ni el estatus. Fue una inquietud honda por el sufrimiento humano. Recuperar esa raíz es urgente. Porque mientras sigamos fabricando profesionales con diplomas pero sin alma, seguiremos traicionando la confianza de quienes, con todo su dolor, se sientan frente a nosotros esperando ser vistos.

Puedes consultar la publicación completa del psiquiatra José Luis Marín en:

https://www.lavanguardia.com/cribeo/estilo-de-vida/20250611/10775776/jose-luis-marin-psiquiatra-6-10-personas-vienen-terapia-no-mejoran-fallando-mmn.html    

 

Con esperanza,  José GB. 


miércoles, 11 de junio de 2025

Cuando las heridas emocionales no se ven.

 


Hay mujeres que están al límite. Mujeres que piden una licencia laboral con una excusa médica genérica, pero que en realidad están pidiendo una pausa para no derrumbarse. No dicen que están sufriendo. No mencionan que han sido víctimas de abuso, de violencia psicológica, de acoso en el trabajo o de una carga emocional que las está asfixiando.

Callan porque, aunque necesitan ayuda urgente, temen ser juzgadas, despedidas o señaladas. Y callan incluso cuando ya han tocado fondo. Prefieren enfrentar solas la tormenta antes que permitir que alguien crea que no pueden con su vida.

En algunos casos, llegan a la consulta de salud mental, pero con una idea silenciosa: “esto debe quedar entre nosotros”. Si el especialista les formula un tratamiento, muchas lo rechazan. No quieren medicarse. No quieren que alguien vea una caja de antidepresivos en su bolso. No quieren tener que explicar nada.

Y si en algún momento el sufrimiento se desborda y ocurre una tragedia —un intento de suicidio o incluso una muerte— entonces surgen las voces:

“Nunca se le ayudó”, “¿dónde estaban los que debían actuar?”, “el sistema no respondió”.

Pero pocas veces se reconoce una verdad incómoda: en muchos casos, la ayuda estuvo al alcance, pero la vergüenza fue más fuerte que la necesidad.

La literatura científica lo ha descrito ampliamente. Estudios publicados en The Lancet Psychiatry y en Psychological Medicine muestran que el rechazo a los tratamientos psiquiátricos y a los servicios de salud mental no obedece únicamente a la falta de acceso. Existe un conjunto de barreras internas profundamente arraigadas: la auto-estigmatización, el miedo al rechazo social y la internalización del fracaso personal.

En otras palabras: hay quienes sienten que pedir ayuda es equivalente a perder su valor, su imagen, su lugar en el mundo.

Esto explica por qué tantas personas optan por el silencio. Porque la presión de "tener que estar bien", de "ser fuertes", de "no fallar" se convierte en una cadena invisible que impide buscar auxilio, incluso cuando la vida está en juego.

Confieso que, como psicólogo, no son pocas las veces en que me he sentido incomprendido o mirado con extrañeza. Ocurre cuando, en medio de mi labor o en conversaciones con colegas, miembros de la comunidad y en la radio, afirmo algo que para mí resulta evidente, pero que muchos prefieren no oír: que mientras los determinantes multifactoriales que alimentan el sufrimiento —como la pobreza, el hambre, el desempleo, no tener vivienda propia, un pedazo de tierra donde sembrar, la violencia, el abandono o el miedo— no se transformen en factores de cuidado y protección, seguirá latente la posibilidad de que no logremos evitar un desenlace fatal. Y no hablo en abstracto. Me refiero, con dolor, a mi pueblo: Chigorodó.

Seguimos habitando una cultura que premia la apariencia de fortaleza, pero penaliza cualquier muestra de vulnerabilidad. Una cultura que aplaude la productividad, pero no sabe qué hacer con el dolor emocional. Donde una persona que se quiebra se convierte en motivo de rumores o desconfianza, especialmente si es mujer, madre o profesional.

Por eso muchas mujeres prefieren camuflar su crisis con excusas vagas. Prefieren no contar que están en tratamiento. Prefieren no iniciar uno siquiera. Porque no confían en que su entorno sepa acompañarlas sin señalar.

Y mientras tanto, el sufrimiento se profundiza. Se aísla. Se cronifica. Y a veces, se convierte en tragedia.

Como sociedad, debemos dejar de responsabilizar únicamente a las instituciones sanitarias. Claro que hay fallas, barreras estructurales y demoras inaceptables. Pero también hay un componente social y cultural que impide que muchas personas lleguen a tiempo a recibir ayuda.

Debemos construir entornos donde la salud mental sea tratada con dignidad. Donde pedir una licencia emocional no sea sinónimo de debilidad. Donde tomar un medicamento psiquiátrico no reste valor ni respeto. Donde acompañar a alguien en su dolor no implique invadir, juzgar o minimizar.

La próxima vez que alguien te diga que no se siente bien, no apresures un consejo ni busques distraerlo con optimismo. No digas que “todo pasará”, no cambies de tema, no lo envuelvas en frases vacías como “piensa positivo”.

Escucha. Abraza. Cree. Y si puedes, acompaña.

Porque muchas veces, el primer paso para salvar una vida no es haber gestionado una cita, ni tener un diagnóstico o un tratamiento.

A veces, lo que marca la diferencia es simplemente eso: una conversación que no juzga. Una presencia que no exige. Una escucha que no se asusta.

A veces, sólo basta eso.

 

Con esperanza,

 

José Gañan Bedoya. 


lunes, 9 de junio de 2025

La tristeza que resiste

 


Hace apenas unos días, mientras cruzaba el puente colgante que atraviesa el río de guaduas en Chigorodó, bajo ese calor denso que parece pensar por sí solo, me detuve un momento. Desde allí vi a un grupo de niños lanzándose al agua desde la orilla, riendo con esa libertad genuina que solo tiene quien no sabe que está siendo observado. Un poco más allá, en la otra orilla, una joven estaba sentada, sola. No hacía nada más que mirar el agua. La reconocí enseguida: era una adolescente que había acompañado semanas atrás en el Centro de Escucha, luego de un intento de suicidio. No me saludó. Yo tampoco. Pero en ese silencio, algo se dijo sin palabras.

Vivo en Chigorodó desde 1994, un municipio tan cálido como desigual, donde la belleza y el dolor se entrelazan sin aviso ni tregua. Este año ya suman cuatro suicidios confirmados, y uno más, del fin de semana, aún por confirmar. Las cifras están ahí, sí, pero cada número esconde una historia que duele, que quema.

Uno de mis autores predilectos es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. En uno de sus ensayos (https://cronicaglobal.elespanol.com/letraglobal/ideas/20250607/byung-chul-depresion-esperanza/1003742663342_0.html) escribió una frase que me detuvo en seco: “La depresión también es una forma de esperanza”. De entrada, suena a contradicción. ¿Cómo es posible que la desesperanza esté impregnada de esperanza? Pero luego pensé en quienes llegan al Centro de Escucha, en sus ojos. Recordé a aquella adolescente que me confesó: “no es que yo quiera morir, es que ya no me cabe el mundo en el pecho”. Y me vinieron a la memoria las palabras de don Félix, quien también terminó su vida: “a la persona se le cierra el mundo”. Y ahí comprendí: hay dolores que no buscan apagarse, sino ser oídos.

Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una cultura del rendimiento, donde todo debe ser eficiente, útil, vendible. Incluso las emociones. La tristeza incomoda. La melancolía asusta. Entonces la medicalizamos, la etiquetamos, la reducimos a diagnóstico. Pero, ¿y si la tristeza fuera una forma íntima de protesta? ¿Un susurro que se rehúsa a seguir el ritmo de un mundo que no se detiene ni para sentir?

Aquí, en Chigorodó, el abandono no es un concepto abstracto. Tiene cuerpo. Tiene rostros. Es el del desempleo persistente, el de la violencia que no siempre tiene nombre, el de las escuelas donde los niños no sueñan porque nadie les ha enseñado a imaginar un mañana. Pero también hay otra cosa: en medio de tanta sombra, la gente todavía siente. Todavía espera. Esa es, creo, la esperanza a la que se refiere Han. No la que brilla en los discursos de autoayuda, sino una más oscura, más honesta, que se abre camino entre lo que parece romperse.

Cuando escucho a quienes han intentado suicidarse, rara vez encuentro locura. Más bien veo una lucidez feroz. Un hartazgo profundo. Preguntas que rebotan sin respuesta. Una subjetividad ahogada en un entorno que solo exige silencio, rendimiento, adaptación. Y entonces pienso: ¿y si el sufrimiento no fuera solo un síntoma que corregir, sino una señal? ¿Una grieta en el muro que, de alguna forma, quiere dejar pasar algo?

No se trata de romantizar el suicidio ni de suavizar el dolor. Se trata, más bien, de entender que a veces, el sufrimiento es también una forma de decir: “no puedo más con esta forma de estar vivo”. Y quizá, aunque duela, eso pueda ser un punto de partida. Un lugar desde donde reconstruir, desde lo pequeño: una palabra, una presencia, una pausa.

A veces, en mi bandeja de entrada aparecen los reportes del SIVIGILA. El lenguaje con el que llegan es tan frío como mecánico: “Paciente refiere ideación, conducta autolítica o intento de suicidio. Refiere carga emocional. Factores de riesgo: abandono parental, ruptura amorosa, pobreza, violencias, enfermedad, consumo”. Pero detrás de cada ítem hay una vida que no cabe en ninguna categoría. Hay una abuela criando sola, un celular que nunca deja de sonar, una tarde sin merienda, una casa vacía, un amanecer sin propósito. Hay una vida suspendida. Y a veces, también, una pregunta lanzada al vacío, con la esperanza de que alguien la escuche.

Byung-Chul Han habla de reaprender a contemplar. De darle valor al silencio, a la sombra, a lo que no produce. Tal vez eso es lo que más nos hace falta hoy en Chigorodó: dejar de correr a buscar soluciones, y atrevernos a simplemente estar. A acompañar la tristeza sin querer arrancarla de raíz. A sentarnos junto al río, en silencio, como aquella adolescente, y quedarnos un rato ahí. Sin promesas, pero también sin huir.

Quizá no sea la esperanza brillante lo que termine salvándonos. Tal vez la esperanza real se parezca más a un cansancio que no miente. A una tristeza que ya no necesita esconderse. A una comunidad que se sienta a escuchar su propio dolor sin temor a ahogarse en él.

Yo no tengo respuestas. Solo historias. En cada una, hay una tristeza que aún no se rinde. Un sufrimiento que respira. Una esperanza que, aunque no sonría, sigue aquí.

Termino citando las palabras de cierre del último libro de Han, en una expresión que toma del poeta romántico Achim von Arnim - “La esperanza está emparentada con la fe y el amor”. Y, concluye: “Quien tiene esperanza ama o crece, se entrega al otro y trasciende la inmanencia del yo”.

 

Con esperanza,  José Gañan Bedoya.