Hay mujeres que están al límite.
Mujeres que piden una licencia laboral con una excusa médica genérica, pero que
en realidad están pidiendo una pausa para no derrumbarse. No dicen que están
sufriendo. No mencionan que han sido víctimas de abuso, de violencia
psicológica, de acoso en el trabajo o de una carga emocional que las está
asfixiando.
Callan porque, aunque necesitan
ayuda urgente, temen ser juzgadas, despedidas o señaladas. Y callan incluso
cuando ya han tocado fondo. Prefieren enfrentar solas la tormenta antes que
permitir que alguien crea que no pueden con su vida.
En algunos casos, llegan a la
consulta de salud mental, pero con una idea silenciosa: “esto debe quedar entre
nosotros”. Si el especialista les formula un tratamiento, muchas lo rechazan.
No quieren medicarse. No quieren que alguien vea una caja de antidepresivos en
su bolso. No quieren tener que explicar nada.
Y si en algún momento el
sufrimiento se desborda y ocurre una tragedia —un intento de suicidio o incluso
una muerte— entonces surgen las voces:
“Nunca se le
ayudó”, “¿dónde estaban los que debían actuar?”, “el sistema no respondió”.
Pero pocas veces se reconoce una
verdad incómoda: en muchos casos, la ayuda estuvo al alcance, pero la vergüenza
fue más fuerte que la necesidad.
La literatura científica lo ha
descrito ampliamente. Estudios publicados en The Lancet Psychiatry y en Psychological Medicine muestran que el
rechazo a los tratamientos psiquiátricos y a los servicios de salud mental no
obedece únicamente a la falta de acceso. Existe un conjunto de barreras
internas profundamente arraigadas: la auto-estigmatización, el miedo al rechazo
social y la internalización del fracaso personal.
En otras palabras: hay quienes
sienten que pedir ayuda es equivalente a perder su valor, su imagen, su lugar
en el mundo.
Esto explica por qué tantas
personas optan por el silencio. Porque la presión de "tener que estar
bien", de "ser fuertes", de "no fallar" se convierte
en una cadena invisible que impide buscar auxilio, incluso cuando la vida está
en juego.
Confieso que, como psicólogo, no
son pocas las veces en que me he sentido incomprendido o mirado con extrañeza.
Ocurre cuando, en medio de mi labor o en conversaciones con colegas, miembros
de la comunidad y en la radio, afirmo algo que para mí resulta evidente, pero que
muchos prefieren no oír: que mientras los determinantes multifactoriales que
alimentan el sufrimiento —como la pobreza, el hambre, el desempleo, no tener
vivienda propia, un pedazo de tierra donde sembrar, la violencia, el abandono o
el miedo— no se transformen en factores de cuidado y protección, seguirá
latente la posibilidad de que no logremos evitar un desenlace fatal. Y no hablo
en abstracto. Me refiero, con dolor, a mi pueblo: Chigorodó.
Seguimos habitando una cultura
que premia la apariencia de fortaleza, pero penaliza cualquier muestra de
vulnerabilidad. Una cultura que aplaude la productividad, pero no sabe qué
hacer con el dolor emocional. Donde una persona que se quiebra se convierte en
motivo de rumores o desconfianza, especialmente si es mujer, madre o
profesional.
Por eso muchas mujeres prefieren
camuflar su crisis con excusas vagas. Prefieren no contar que están en
tratamiento. Prefieren no iniciar uno siquiera. Porque no confían en que su
entorno sepa acompañarlas sin señalar.
Y mientras tanto, el sufrimiento
se profundiza. Se aísla. Se cronifica. Y a veces, se convierte en tragedia.
Como sociedad, debemos dejar de
responsabilizar únicamente a las instituciones sanitarias. Claro que hay
fallas, barreras estructurales y demoras inaceptables. Pero también hay un componente
social y cultural que impide que muchas personas lleguen a tiempo a recibir
ayuda.
Debemos construir entornos donde
la salud mental sea tratada con dignidad. Donde pedir una licencia emocional no
sea sinónimo de debilidad. Donde tomar un medicamento psiquiátrico no reste
valor ni respeto. Donde acompañar a alguien en su dolor no implique invadir,
juzgar o minimizar.
La próxima vez que alguien te
diga que no se siente bien, no apresures un consejo ni busques distraerlo con
optimismo. No digas que “todo pasará”, no cambies de tema, no lo envuelvas en
frases vacías como “piensa positivo”.
Escucha. Abraza. Cree. Y si
puedes, acompaña.
Porque muchas veces, el primer
paso para salvar una vida no es haber gestionado una cita, ni tener un
diagnóstico o un tratamiento.
A veces, lo que marca la
diferencia es simplemente eso: una conversación que no juzga. Una presencia que
no exige. Una escucha que no se asusta.
A veces, sólo basta eso.
Con esperanza,
José Gañan Bedoya.

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