En Macondo, ese pueblo donde el
tiempo no se mide con relojes sino con recuerdos y donde la justicia solía
andar en mulas cojas, un día amaneció distinto. No fue el canto del gallo ni el
aroma del café lo que despertó a los habitantes, sino un rumor que traía el
viento desde las colinas: al fin, uno de los intocables había caído.
El cielo, que amanecía gris desde
hacía décadas, se abrió con un resplandor que hizo temblar los espejos de las
casas y las campanas de la iglesia. Aquel lunes, doña Remedios la Buena dejó de
levitar para escuchar mejor lo que decían los radios de cuerda y las comadres
en la plaza: la jueza Sandra Heredia, en un acto de valentía que parecía sacado
de los cuentos de Melquíades, había condenado al innombrable.
No era cualquier innombrable. Era
el innombrable, ese que había gobernado el país con mano de hierro y corazón de
piedra, el que repartía notarías como si fueran panes benditos y llamaba
"patria" a la finca de sus amigos. Aquel que bendecía las armas que
luego disparaban en nombre del honor y la democracia, pero terminaban apuntando
al campesino sin tierra y al joven sin futuro.
Los ancianos se santiguaban al
oírlo. Los jóvenes, que crecieron con miedo a pronunciar su nombre, salieron a
la calle a gritarlo. Y no por respeto, sino por fin, por desahogo. Porque ese
día, el ex presidente dejó de ser mito para convertirse en noticia judicial.
La jueza, mujer sin pergaminos de
abolengo ni apellidos dorados, escribió su sentencia con tinta hecha de coraje
y madrugada. No tembló su voz ni se le quebró la mirada cuando dijo que nadie
está por encima de la ley, ni siquiera quien se creyó dueño del país y custodio
de su moral. Algunos dijeron que tenía ovarios de acero; otros, que descendía
de Úrsula Iguarán por línea directa. Pero todos coincidieron en una cosa: había
hecho lo imposible.
En la plaza de Macondo, frente al
busto del coronel Aureliano Buendía —que aún esperaba el telegrama de la
justicia—, se levantó una nueva estatua. No era de bronce ni de mármol, sino de
papel reciclado con las noticias del día: “La Jueza que condenó al gran
intocable”. Los niños jugaban a ser jueces en lugar de guerrilleros. Las madres
tejían mantas con su nombre. Los poetas la llamaron “la que cesó la horrible
noche”.
Y aunque los poderosos apelaran, y
aunque el condenado no durmiera en una celda sino en su hacienda, el país ya
había cambiado. Porque el miedo se fue a esconder bajo las camas y la dignidad
regresó del exilio.
En Macondo, donde lo real es
mágico y lo mágico a veces es justo, aquel día se escribió una nueva página en
los libros de historia, y en ella, con letras que no se borran ni con el
olvido, quedó su nombre:
Sandra Heredia, la gran
colombiana.
Y así, por fin, el himno volvió a
ser un canto de júbilo, no de ironía.
Porque gracias a ella, en
Colombia, cesó la horrible noche.
Por José Gañan Bedoya.
