martes, 29 de julio de 2025

28 de julio de 2025: el día en que Colombia venció el miedo al escuchar que nadie está por encima de la ley.

 


En Macondo, ese pueblo donde el tiempo no se mide con relojes sino con recuerdos y donde la justicia solía andar en mulas cojas, un día amaneció distinto. No fue el canto del gallo ni el aroma del café lo que despertó a los habitantes, sino un rumor que traía el viento desde las colinas: al fin, uno de los intocables había caído.

El cielo, que amanecía gris desde hacía décadas, se abrió con un resplandor que hizo temblar los espejos de las casas y las campanas de la iglesia. Aquel lunes, doña Remedios la Buena dejó de levitar para escuchar mejor lo que decían los radios de cuerda y las comadres en la plaza: la jueza Sandra Heredia, en un acto de valentía que parecía sacado de los cuentos de Melquíades, había condenado al innombrable.

No era cualquier innombrable. Era el innombrable, ese que había gobernado el país con mano de hierro y corazón de piedra, el que repartía notarías como si fueran panes benditos y llamaba "patria" a la finca de sus amigos. Aquel que bendecía las armas que luego disparaban en nombre del honor y la democracia, pero terminaban apuntando al campesino sin tierra y al joven sin futuro.

Los ancianos se santiguaban al oírlo. Los jóvenes, que crecieron con miedo a pronunciar su nombre, salieron a la calle a gritarlo. Y no por respeto, sino por fin, por desahogo. Porque ese día, el ex presidente dejó de ser mito para convertirse en noticia judicial.

La jueza, mujer sin pergaminos de abolengo ni apellidos dorados, escribió su sentencia con tinta hecha de coraje y madrugada. No tembló su voz ni se le quebró la mirada cuando dijo que nadie está por encima de la ley, ni siquiera quien se creyó dueño del país y custodio de su moral. Algunos dijeron que tenía ovarios de acero; otros, que descendía de Úrsula Iguarán por línea directa. Pero todos coincidieron en una cosa: había hecho lo imposible.

En la plaza de Macondo, frente al busto del coronel Aureliano Buendía —que aún esperaba el telegrama de la justicia—, se levantó una nueva estatua. No era de bronce ni de mármol, sino de papel reciclado con las noticias del día: “La Jueza que condenó al gran intocable”. Los niños jugaban a ser jueces en lugar de guerrilleros. Las madres tejían mantas con su nombre. Los poetas la llamaron “la que cesó la horrible noche”.

Y aunque los poderosos apelaran, y aunque el condenado no durmiera en una celda sino en su hacienda, el país ya había cambiado. Porque el miedo se fue a esconder bajo las camas y la dignidad regresó del exilio.

En Macondo, donde lo real es mágico y lo mágico a veces es justo, aquel día se escribió una nueva página en los libros de historia, y en ella, con letras que no se borran ni con el olvido, quedó su nombre:

Sandra Heredia, la gran colombiana.

Y así, por fin, el himno volvió a ser un canto de júbilo, no de ironía.

Porque gracias a ella, en Colombia, cesó la horrible noche.

 

Por José Gañan Bedoya.