domingo, 10 de agosto de 2025

El mito de la neutralidad en la intervención psicosocial o terapéutica.

 


En la práctica clínica y psicosocial latinoamericana persiste un mito tan cómodo como peligroso: la supuesta “neutralidad” del terapeuta. La idea de que la intervención puede ocurrir en un vacío social, aislada de las desigualdades y violencias estructurales que atraviesan la vida de las personas, no solo es ingenua; es éticamente insostenible.

Como advirtió Ignacio Martín-Baró, la psicología que pretende abstraerse de la realidad social termina sirviendo —consciente o inconscientemente— a los intereses del statu quo. En contextos marcados por la exclusión, el silencio del profesional no es neutralidad: es complicidad. Callar frente a una injusticia que afecta directamente a la persona atendida es, en los hechos, una forma de validarla.

En nuestro municipio de Chigorodó —con más de 86.000 habitantes—, lo que va del año ha dejado un registro oficial de 68 intentos de suicidio y 4 suicidios consumados, según SIVIGILA. Sabemos que estas cifras son solo la punta del iceberg: hay casos que nunca llegan a ser reportados.

Pero más allá de las estadísticas, hay un patrón que se repite: la activación oportuna y correcta de las rutas de atención en salud mental sigue siendo un reto enorme. La realidad es que gran parte del personal en el sector salud —médicos, enfermeros, administrativos, entre otros— desconoce los protocolos y criterios para identificar, evaluar y atender urgencias emocionales y psiquiátricas.

Este vacío de conocimiento y sensibilidad no es un mero error técnico; es una falla estructural que tiene consecuencias directas: personas con crisis suicidas, ataques de ansiedad, depresión grave, agitación psicótica, trastorno bipolar, consumo problemático de sustancias, o víctimas de violencia intrafamiliar y de género son atendidas de manera inadecuada, minimizadas o incluso revictimizadas.

Sin duda alguna hay que ir más allá del consultorio: se hace necesario avanzar hacia una psicología como praxis liberadora. Esta psicología nos recuerda que los problemas individuales tienen raíces colectivas. La conducta suicida, por ejemplo, no surge de la nada: está atravesada por determinantes sociales (desigualdad, violencia, pobreza), culturales (estigmas, normas excluyentes), políticos (falta de políticas públicas efectivas, débil implementación de las existentes) y también biológicos y genéticos. Ignorar estos factores es ofrecer explicaciones incompletas y, por ende, intervenciones insuficientes.

En Chigorodó, esto implica que el trabajo terapéutico no puede limitarse al alivio del síntoma en el espacio privado del consultorio y en la premura de la intervención psicosocial eventual en las comunidades urbanas y rurales. Exige también incidir en la transformación de las condiciones que generan y sostienen el sufrimiento. Implica hablar claro cuando el sistema de salud falla, exigir formación adecuada para todo el personal que interactúa con personas en crisis, y romper con la indiferencia institucional.

Si aceptamos que la salud mental está íntimamente ligada a la justicia social, la postura ética del psicólogo y demás profesionales de la salud mental no puede ser pasiva. En un municipio como el nuestro, eso significa: visibilizar que el aumento de casos de conducta suicida está relacionado con fallas en la respuesta interinstitucional y en la preparación del talento humano en salud.

En Chigorodó es necesario fortalecer el trabajo en red y la conformación de redes protectoras, integrando a la comunidad, líderes sociales, instituciones educativas, organizaciones comunitarias y comunidades indígenas, entre otros grupos sociales en situación de vulnerabilidad, para la detección temprana y el acompañamiento de personas en riesgo, especialmente niños, adolescentes y jóvenes.

En coherencia, el Plan de Desarrollo Territorial de Chigorodó 2024–2027 reconoce como prioridad el fortalecimiento del trabajo en red, la formación del talento humano y la implementación de políticas públicas que respondan a las necesidades específicas de grupos poblacionales como jóvenes, víctimas del conflicto, comunidades indígenas y personas con problemas de salud mental. Esta alineación entre norma y planeación obliga a que la intervención en salud mental no sea un acto aislado, sino una política de Estado local, que visibilice las fallas del sistema, articule actores comunitarios e institucionales, y promueva acciones transformadoras para la vida, la dignidad y la justicia social en el municipio.

No se trata de que la terapia se convierta en tribuna política, sino de aceptar que, en territorios atravesados por tanta vulnerabilidad como Chigorodó, hacer salud mental es, inevitablemente, un acto político. Tomar partido por la vida no es un lujo del terapeuta, del psicosocial: es la base de su legitimidad profesional. Y esa legitimidad no se agota en la pericia técnica ni en el cumplimiento de protocolos; también descansa en un compromiso activo con la defensa de los derechos humanos.

En contextos donde la dignidad, la seguridad y el acceso a servicios básicos se ven amenazados, el trabajo del profesional de la salud mental se convierte, de hecho, en una forma de resistencia ética frente a cualquier forma de violencia o exclusión. Defender el bienestar psicológico implica, entonces, defender las condiciones sociales, culturales y políticas que lo hacen posible.

Como diría Martín-Baró, "el compromiso del psicólogo con su pueblo no es un añadido opcional a su ejercicio profesional, sino la condición misma de su relevancia y legitimidad".

 

Por, José GB.