martes, 13 de mayo de 2025

Cuando despreciamos a los jóvenes, sembramos desesperanza en nosotros mismos.

 


Para reflexionar y cambiar: Duele —y debería dolernos más profundamente— escuchar a tantos adultos repetir, con desdén o resignación, frases como: “Estos jóvenes no sirven para nada”, “todo lo quieren fácil”, “no tienen futuro”. ¿De verdad creemos que esas palabras describen la realidad? ¿O son, más bien, un espejo crudo que nos devuelve la imagen de un fracaso colectivo del que no queremos hacernos cargo?

Porque lo cierto —aunque lastime— es que las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de hoy han crecido viendo y padeciendo las consecuencias de nuestras decisiones como adultos. Son hijos de un sistema que heredaron, no eligieron. Si no les gusta la política, ¿acaso es porque la han visto limpia y transparente? Si dudan del amor, ¿será porque han visto hogares llenos de afecto, respeto y sin abandono parental? Si se angustian por el futuro, ¿será porque lo ven prometedor o porque lo sienten desmoronarse?

Somos una sociedad que reclama esfuerzo, pero que aplaude la trampa; que exige respeto, pero estigmatiza la diferencia; que predica el diálogo, pero calla lo esencial. ¿Y luego nos sorprendemos de que los niños, adolescentes y jóvenes no nos escuchen y no confíen en nosotros?

No es justo ni sensato responsabilizar a quienes apenas comienzan su camino por el deterioro de las rutas que nosotros mismos trazamos. No se les puede pedir que carguen con los escombros de una cultura adultocéntrica que los juzga sin entenderlos y que los observa con lupa, pero no les ofrece un norte, una orientación, una brújula.

A los adultos nos falta humildad para reconocer nuestros errores, sensibilidad para entender que crecer en este tiempo no es sencillo, y compromiso real para acompañar sin imponer. Nos urge dejar de ver a los niños, adolescentes y jóvenes como amenaza o problema, y empezar a reconocerlos como lo que realmente son: posibilidad, energía, creatividad, y sobre todo, esperanza.

¿Y si de legados hablamos, qué herencia emocional y mental les estamos dejando? Vivimos en una sociedad que banaliza el sufrimiento y normaliza el estrés, que romantiza la productividad enfermiza y ridiculiza la pausa. Nuestros hijos, sobrinos y estudiantes nos ven vivir con ansiedad, anestesiarnos con pantallas, gritar en el tráfico, insultar y amenazar en redes sociales, acumular frustraciones sin pedir ayuda y sostener relaciones sin afecto real. “Sin la más mínima vergüenza para dejarlos en abandono”. ¿Qué mensaje les estamos dejando sobre el valor de la vida, la salud emocional y el bienestar? ¿Qué sentido tiene que les exijamos autocuidado, si nosotros mismos no nos cuidamos? Cuando los niños, adolescentes y jóvenes nos observan, muchas veces no ven esperanza: ven adultos que se rinden, que critican más de lo que crean, que apagan su luz día tras día. Eso también deja huella. Eso también se hereda.

Decir que los niños, adolescentes y jóvenes no tienen futuro es declarar la quiebra moral de una sociedad que renunció a construirla. Pero no es tarde. El cambio empieza por atrevernos a escuchar sin juzgar, a guiar sin atropellar, a reconocer que quizás no fuimos los mejores ejemplos, pero aún estamos a tiempo de ser mejores referentes.

Solo así, cuando dejemos de denigrar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y empecemos a creer en ellos, podremos también empezar a creer de nuevo en nosotros mismos.

Este escrito está inspirado en autores como Nuria Sánchez Madrid, Jeffrey Arnett y Camila Uribe, quienes nos recuerdan que el desarrollo humano no es una línea recta impuesta, sino un camino compartido, lleno de desafíos, dignidad y posibilidad.

 

Comparte, SanaMente.