Para reflexionar y cambiar: Duele —y debería
dolernos más profundamente— escuchar a tantos adultos repetir, con desdén o
resignación, frases como: “Estos jóvenes no sirven para nada”, “todo lo quieren
fácil”, “no tienen futuro”. ¿De verdad creemos que esas palabras describen la
realidad? ¿O son, más bien, un espejo crudo que nos devuelve la imagen de un
fracaso colectivo del que no queremos hacernos cargo?
Porque lo
cierto —aunque lastime— es que las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de hoy
han crecido viendo y padeciendo las consecuencias de nuestras decisiones como
adultos. Son hijos de un sistema que heredaron, no eligieron. Si no les gusta
la política, ¿acaso es porque la han visto limpia y transparente? Si dudan del
amor, ¿será porque han visto hogares llenos de afecto, respeto y sin abandono
parental? Si se angustian por el futuro, ¿será porque lo ven prometedor o
porque lo sienten desmoronarse?
Somos una
sociedad que reclama esfuerzo, pero que aplaude la trampa; que exige respeto,
pero estigmatiza la diferencia; que predica el diálogo, pero calla lo esencial.
¿Y luego nos sorprendemos de que los niños, adolescentes y jóvenes no nos
escuchen y no confíen en nosotros?
No es justo
ni sensato responsabilizar a quienes apenas comienzan su camino por el
deterioro de las rutas que nosotros mismos trazamos. No se les puede pedir que
carguen con los escombros de una cultura adultocéntrica que los juzga sin
entenderlos y que los observa con lupa, pero no les ofrece un norte, una
orientación, una brújula.
A los
adultos nos falta humildad para reconocer nuestros errores, sensibilidad para
entender que crecer en este tiempo no es sencillo, y compromiso real para
acompañar sin imponer. Nos urge dejar de ver a los niños, adolescentes y jóvenes
como amenaza o problema, y empezar a reconocerlos como lo que realmente son:
posibilidad, energía, creatividad, y sobre todo, esperanza.
¿Y si de
legados hablamos, qué herencia emocional y mental les estamos dejando? Vivimos en
una sociedad que banaliza el sufrimiento y normaliza el estrés, que romantiza
la productividad enfermiza y ridiculiza la pausa. Nuestros hijos, sobrinos y
estudiantes nos ven vivir con ansiedad, anestesiarnos con pantallas, gritar en
el tráfico, insultar y amenazar en redes sociales, acumular frustraciones sin
pedir ayuda y sostener relaciones sin afecto real. “Sin la más mínima vergüenza
para dejarlos en abandono”. ¿Qué mensaje les estamos dejando sobre el valor de
la vida, la salud emocional y el bienestar? ¿Qué sentido tiene que les exijamos
autocuidado, si nosotros mismos no nos cuidamos? Cuando los niños, adolescentes
y jóvenes nos observan, muchas veces no ven esperanza: ven adultos que se
rinden, que critican más de lo que crean, que apagan su luz día tras día. Eso
también deja huella. Eso también se hereda.
Decir que
los niños, adolescentes y jóvenes no tienen futuro es declarar la quiebra moral
de una sociedad que renunció a construirla. Pero no es tarde. El cambio empieza
por atrevernos a escuchar sin juzgar, a guiar sin atropellar, a reconocer que
quizás no fuimos los mejores ejemplos, pero aún estamos a tiempo de ser mejores
referentes.
Solo así,
cuando dejemos de denigrar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y empecemos
a creer en ellos, podremos también empezar a creer de nuevo en nosotros mismos.
Este escrito está inspirado en autores como
Nuria Sánchez Madrid, Jeffrey Arnett y Camila Uribe, quienes nos recuerdan que
el desarrollo humano no es una línea recta impuesta, sino un camino compartido,
lleno de desafíos, dignidad y posibilidad.
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