sábado, 24 de mayo de 2025

El Dolor Ajeno: El Precio de Nuestra Indiferencia.

 


En un lugar cualquiera de Chigorodó, -esta semana-, una escena rompió el alma de una comunidad, de una familia, de un grupo de amigos y conocidos. Una persona, sumida en una crisis emocional profunda, fue expuesta sin miramientos. No como ser humano necesitado de ayuda, sino como objeto de escarnio digital. La escena fue grabada, comentada, compartida. ¿Y la dignidad? Pisoteada entre el morbo y la indiferencia.

No es una exageración decir que hemos perdido el norte ético. Lo que ocurrió aquí podría haber pasado en cualquier lugar, pero que haya sucedido en nuestro municipio no puede dejarnos impasibles. Como lo advertí en el programa de radio “Primero Mi Familia” del 24 de mayo a las 10:00 a.m., la intervención ante una persona en crisis no es un acto improvisado ni anecdótico: es un acto profundamente humano, con implicaciones legales, disciplinarias, institucionales y éticas.

Uno pensaría que lo obvio no habría que decirlo: quien sufre no necesita una cámara, no necesita redes sociales. Necesita ayuda.

En esta cadena de fallos, no solo hay espectadores. Las instituciones tienen una cuota mayor de responsabilidad. Las IPS y EPS están obligadas no solo a prestar servicios de salud, sino a hacerlo respetando la dignidad del paciente. Grabar o permitir la grabación de una persona en crisis dentro de instalaciones sanitarias —como ha ocurrido en más de una ocasión en el país— no solo es un acto inhumano, es un delito.

La Ley Estatutaria 1581 de 2012 protege la información sensible, como la salud mental. Su artículo 5 prohíbe el tratamiento de estos datos sin consentimiento expreso. ¿Por qué entonces se siguen filtrando videos desde estas instituciones? ¿Dónde está el control institucional? Las sanciones existen, pero su aplicación es errática cuando no hay voluntad ni vigilancia.

La Fuerza Pública, por su parte, no puede actuar como si las crisis emocionales fueran una amenaza al orden, una amenaza que pudiera “manchar el uniforme”. Su deber es proteger. No se puede permitir que a una persona en crisis se le trate con frialdad, con indiferencia, o en algunos casos con inmovilizaciones violentas, salvo en casos extremos de riesgo evidente. Lo contrario, además de inhumano, es abuso.

Y la institucionalidad, ¿Dónde está cuando estas situaciones se salen de control? Deberíamos ser los primeros en promover protocolos interinstitucionales para la atención digna de las crisis emocionales en espacios públicos o privados.

También los medios y las plataformas tienen una deuda. No es solo responsabilidad de quienes graban, sino también de quienes difunden. Las emisoras, periódicos y canales digitales deben entender que publicar videos, fotografías o audios sin consentimiento vulnera derechos fundamentales. Lo que hoy parece una nota viral, mañana puede ser una demanda. O peor: una tragedia que pudo haberse evitado si se hubiese actuado con criterio humano.

Las plataformas de redes sociales también tienen una función ética que va más allá del algoritmo. Si son capaces de censurar contenidos por derechos de autor, ¿por qué no actúan con igual eficiencia cuando lo que está en juego es la dignidad de una persona vulnerable u su familia?

Y nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes; nos toca aprender a intervenir sin invadir. A proteger sin protagonismo. A callar cuando el silencio dignifica más que mil palabras. Podemos formar un círculo humano, ofrecer una frase tranquila, llamar a emergencias... y sobre todo, evitar el impulso de grabar y publicar en redes. Como bien lo expresé en la radio: “Podría ser nuestro hijo, nuestro padre, nuestro mejor amigo”.

La crisis de salud mental no es ajena a nadie. Todos somos potencialmente frágiles. Todos somos, también, potenciales cuidadores. El verdadero progreso social de un municipio se medirá no por nuestras infraestructuras, sino por cómo tratamos al más vulnerable en su peor momento.

Chigorodó merece una respuesta digna cuando de atender crisis emocionales se trata. No más indiferencia disfrazada de entretenimiento. No más instituciones que miran a otro lado, que se niegan a lo evidente. Es hora de recuperar lo que nunca debimos perder: la humanidad.

 

Por José GB. 


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