sábado, 27 de septiembre de 2025

Tejer lo común: una apertura para Chigorodó en el Día Mundial de la Salud Mental, el próximo viernes 10 de octubre de 2025.

 


En tiempos de notificación perpetua, el dolor psíquico se vuelve silencioso. No porque no exista, sino porque se dispersa: en las casas, las aulas, las urgencias, el trabajo, los barrios y veredas. Hablar el próximo 10 de octubre de salud mental en Chigorodó no es sumar un eslogan; es elegir una forma de estar juntos. La conmemoración mundial nos ofrece una oportunidad estratégica para alinear lo cotidiano con lo urgente: reconocer la vulnerabilidad psicosocial y activar redes de apoyo que lleguen a tiempo.

En el plano nacional, el marco vigente en salud mental nos convoca a operar rutas con enfoque de derechos y ciclo vital. Eso se traduce en lo local: alcaldía, EPS, IPS y secretarías trabajando con criterios claros, tiempos definidos y responsabilidades compartidas. El Departamento de Antioquia ya avanza en la comprensión y prevención del suicidio y en la vigilancia del Evento 356; la tarea consiste en cerrar la brecha entre lo que se planifica y lo que realmente ocurre en territorio.

Urabá nos enseña que el sufrimiento no es una cifra individual: es una trama. Movilidad humana, ruralidad dispersa, economías estacionales y violencias marcan el cuerpo y la memoria. Por eso, el 10 de octubre; con trazabilidad a los próximos meses y años debe operar como un catalizador: fortalecer primeros auxilios psicológicos, llevar servicios a zonas apartadas, derribar estigmas que callan y aislan, y tejer comunidad allí donde la vida cotidiana se deshilacha.

Cada actor social gana cuando la comunidad reconoce señales de alerta, sabe a dónde acudir y encuentra respuesta coordinada: menos crisis evitables, más vidas protegidas, mayor bienestar colectivo. No se trata de convertir el dolor en espectáculo, sino de convertir el cuidado en infraestructura.

Cuatro objetivos locales para convertir el gesto en un sistema y factor protector:

1) Aumentar la conciencia y la comprensión de los problemas de salud mental.

Conciencia no es “saber que existe el problema”, es alfabetización práctica: reconocer señales tempranas, activar factores protectores y rutas de atención en casa, escuela y trabajo.

– Escuelas y colegios (incluidas sedes rurales): pueden realizar microtalleres de 30–40 minutos sobre señales de alerta, ideación suicida y consumo de SPA, con guías impresas de derivación (Secretaría de Salud, ESE Hospital María Auxiliadora, Comisaría de Familia, ICBF).

– Barrios y veredas: jornadas breves en JAC y templos con mensajes claros (“hablar salva”, “pedir ayuda es valiente”) y demostraciones de Primeros Auxilios Psicológicos.

– Canales locales: programas y cuñas radiales y WhatsApp comunitarios con tips de autocuidado y orientación paso a paso para activar la ruta (colegio → Secretaría de Salud → EPS/IPS, entre otros).

2) Movilizar esfuerzos para apoyar a las personas con trastornos mentales.

Apoyo real significa oportunidad, continuidad y pertinencia cultural.

– Alianzas operativas con EPS e IPS (SURA, SAVIA SALUD, NUEVA EPS y prestadores locales) para agendas priorizadas en psicología/psiquiatría en casos post-crisis y remisiones escolares, entre otros.

– Brigadas rurales y periurbanas con psicología, psiquiatría y trabajo social, priorizando familias con antecedente de intento de suicidio (Evento 356) y población indígena de las cinco comunidades (Polines, Dojura, Chigorodocito, Guapá Alto y Saundó).

– Acompañamiento psicosocial domiciliario en alta vulnerabilidad (postvención, violencias, desescolarización).

3) Luchar contra el estigma y la discriminación.

El estigma es una tecnología macabra de silencio. Se desactiva con lenguaje, ejemplo y estructura.

– Campaña antiesigma con liderazgos juveniles, docentes e iglesias/medios locales: mensajes cortos y repetidos (“la salud mental es salud”, “no es falta de carácter, no es debilidad”).

– Escuelas y empresas: protocolos de lenguaje respetuoso (evitar las expresiones “loco”, “manipulador”), canales confidenciales para pedir ayuda sin sanción y ajustes razonables en aula y puesto de trabajo.

– Cultura y deporte: festivales, torneos y murales en barrios priorizados con relatos de recuperación y redes de apoyo.

4) Fomentar el diálogo y la colaboración entre personas, organizaciones y gobiernos.

Nadie debe trabajar aislado: datos compartidos, roles claros, respuesta coordinada.

– Mesa Municipal de Salud Mental con actas, tareas y seguimiento: Salud, Educación, ESE, EPS, ICBF, Comisaría, Personería, Policía, rectores, resguardos y líderes comunitarios, entre otros.

– Ruta intersectorial única (escuela–salud–protección–justicia) con teléfonos y profesionales responsables, horarios y criterios de priorización, alineada con la normatividad vigente -Ley 1616 de 2013, Ley 2460 de 2025 y Decreto 0858 de 2025, entre otros.

– Tablero mensual de seguimiento: notificaciones del Evento 356, tiempos de atención, causas y alertas frecuentes, barreras y acuerdos de mejora, entre otras.

Este trabajo ya comenzó. El jueves 25 de septiembre de 2025, en la Institución Educativa Rural Nel Upegui (vereda La Guaca), 13 docentes y su rectora revisaron la Ficha de Detección Temprana y Activación de Ruta de Atención Emocional para identificar, sin rodeos, situaciones de autolesión, ideación o plan suicida, intentos de suicidio, estrés, ansiedad, depresión, posibles violencias y consumo de sustancias, entre otras. Ese gesto es psico-pedagógico y político: devuelve al aula su condición de comunidad de cuidado.

Que esta apertura sea un compromiso y no un paréntesis. Si la vida contemporánea nos empuja a la auto-explotación del rendimiento, respondamos con tiempos lentos para escuchar, -prevenir, predecir y resolver-.  Si el sufrimiento se vuelve privado y vergonzante, respondamos con palabra pública y respetuosa. Si la trama duele, tejamos más fino: redes que sostengan, instituciones que acompañen, lenguajes que no hieran ni juzguen.

Chigorodó merece que hablar de salud mental sea un acto cotidiano de cuidado, no de vergüenza. Hoy abrimos esa puerta; el ideal es que mañana la mantenemos abierta entre todos y todos los días.  

 

Con esperanza, José. 


domingo, 21 de septiembre de 2025

“Comprender para prevenir”: por qué el MACS nos convoca hoy.

 


Hoy, domingo 21 de septiembre, dediqué dos horas de mi tiempo de descanso para seguir las memorias del Primer Encuentro Departamental para la Socialización de los Avances del Modelo Comprensión del Suicidio (MACS) en el departamento de Antioquia, realizado el pasado 19 de septiembre en Medellín, en el marco de la Conmemoración del Día Mundial para la Prevención del Suicidio 2025. https://youtube.com/live/8lC5z-bghMs?feature=share

Apuntes motivados por la intervención de la profesional Carolina Mejía – psicóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana -UPB, especialista en Psicopatología Clínica de la Universidad de Barcelona, magíster y especialista en Neuropsicología Clínica de la Universidad Javeriana.

En esta primera parte del evento hubo una frase que se me quedó tatuada: "En Antioquia no nos está matando una sola causa; nos hiere una trama". Como Referente Local de Salud Mental en Chigorodó, encargado del seguimiento del Evento 356 (Intento de Suicidio), esa frase no es teoría: es la vida misma, acá, todos los días.

Y por eso quiero invitarte a conocer el MACS: el Modelo Antioqueño para Comprender el Suicidio. No es un acrónimo más. Es una forma distinta de mirar el dolor, de hacer preguntas que abren y de actuar antes de que sea tarde.

Imaginá que estas líneas fueron escritas entre varias voces: la de tres expertos que nos ayudan a entender desde distintas esquinas, y al final, la voz de la tierra que habitamos.

La voz de Joiner: cuando se quiebra el sentido de pertenecer.

Thomas E. Joiner, psicólogo estadounidense, habló de un triángulo peligroso: sentir que no se pertenece, creer que uno es una carga, y haber desarrollado cierta tolerancia al dolor. Acá, en el Urabá, ese triángulo no es teoría: lo vemos en la vereda cuando se va el trabajo, en la casa cuando nadie escucha, o en la calle cuando el barrio calla. He escuchado muchas veces frases como: "Yo estorbo", "Soy un problema", "Nada de lo que haga sirve". Y sí, también he visto cómo la exposición constante a violencia o sustancias puede endurecer el umbral del miedo.

Joiner no nos da una receta, pero sí una clave: no es una sola cosa, es la mezcla. Y esa mezcla, si no se nombra, nos sorprende cuando ya es tarde.

La voz de Shneidman: ponerle nombre al dolor del alma.

Edwin S. Shneidman, pionero en el estudio del suicidio, habló de "psychache": un dolor psíquico que arde tanto que la persona solo quiere que pare. En nuestras palabras más simples: el alma dolida, esa que se nos nota en la mirada pero no en el diagnóstico.

“Pablo nunca dijo que estaba mal”, escuché decir en una reunión de comunidad. No es debilidad ni falta de carácter; es sufrimiento hondo, callado. Nuestra tarea es bajar el volumen del silencio. Decir, sin pena, "Parce, ¿Querés hablar?". No es una frase de campaña; es una llave que abre la posibilidad de seguir vivos.

La voz de Mann: por qué a algunos la tormenta los hunde más

John J. Mann lo explicó claro: no todas las personas responden igual al mismo dolor. Hay vulnerabilidades que nos predisponen: impulsividad, desesperanza, historia personal. Dos vecinos pueden vivir el mismo duelo, y uno se levanta, pero el otro se queda abajo.

En Antioquia, esas vulnerabilidades no viajan solas: se cruzan con lo psicológico, lo social, lo económico, lo histórico, lo territorial. La "verraquera" nos ayuda, pero a veces también nos calla. Las montañas son identidad, pero también distancia. Y la economía, si aprieta sin descanso, puede romper a alguien que no tiene red.

La voz nuestra: el MACS como mapa y brújula

En 2023, tras revisar más de 562 casos, Antioquia hizo algo valiente: crear su propio modelo. El MACS no viene de afuera; nace desde lo que somos y vivimos. Se mueve en cinco niveles que se entrelazan:

1.     Universal: mensajes y gestos para todos. Ejemplo: ¿Querés hablar?".

2.     Selectivo: atención a quienes están en riesgo particular: desplazados, cuidadores, trabajadoras del campo.

3.     Indicado: cuando ya hay señales de alerta.

4.     Tratamiento: después de un intento, el seguimiento no puede fallar: 24 h, 72 h, 7 días, 30, 180.

5.     Postvención: acompañar a la familia y comunidad para que el dolor no se vuelva cadena.

Y nos deja una herramienta simple que cabe en el bolsillo y puede salvar en la calle: A N T I O Q U I A. Antecedentes. Necesidades. Trastornos/consumo. Ideación. Oportunidad. Quiebre de red. Urgencia. Intervenciones. Ambivalencia.

No reemplaza una evaluación clínica, pero ayuda a mirar con más claridad, a actuar con más acierto.

Lo que el mundo ya comprobó (y podemos aplicar aquí)

Hay cosas que funcionan y podemos adaptar:

·         Guardar los pesticidas bajo llave.

·         Formar agentes comunitarios: profes, conductores, tenderos, líderes. Personas que vean, pregunten, escuchen, actúen.

·         Quitar el estigma: hablar sin miedo. Que el "¿Estás bien?" no sea formalidad sino puerta abierta.

·         Empezar desde la infancia con educación emocional.

·         Crear redes que respondan, no solo que suenen bonito.

Otros países ya bajaron las cifras. Nosotros tenemos algo que ellos no: sabemos dónde está la herida. Y tenemos la gente.

Mi invitación desde Chigorodó

Este mensaje es para vos. Para la profe, para el señor del bus, para la vecina, para el pelado que entrena, para la señora de la tienda. No necesitamos ser expertos; necesitamos estar presentes. Lo técnico ayuda, pero lo que salva es el vínculo.

Aprendé el ANTIOQUIA. Son nueve pistas que cualquier persona puede usar. Formate como centinela: con una capacitación de 90 minutos podés ser parte del cambio. Ayudá minimizando el riesgo. Guardá los pesticidas, poné atención a quien se aísla. Decilo en voz alta: ¿Querés hablar?". Y esperá la respuesta.

Conectá. Porque la diferencia está en el tiempo: 24 h, 72 h, 7 días, 30 días, 6 meses. Esa secuencia puede sostener una vida entera.

El MACS no es un documento. Es una forma de estar en Chigorodó, de mirar al otro sin juicio, de hacer espacio en medio del caos. Si logramos que alguien dude un poquito antes de rendirse, si llegamos justo cuando esa ambivalencia se asoma, ya estamos haciendo la diferencia.

Entre todos, no solo comprendemos: también prevenimos. Y también sostenemos la esperanza.

 

Por José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 21-09-2025. 



jueves, 4 de septiembre de 2025

Un árbol menos, un municipio más vulnerable y con el alma social más rota.

 


Hoy, 4 de septiembre de 2025, a pocos metros de mi casa, vimos cómo la Secretaría de Agricultura y Medio Ambiente (SAMA) taló un árbol de más de treinta años en el barrio Kennedy, en Chigorodó. Sentí —con un golpe seco en el estómago— que no fue solo madera la que tocó el suelo. En las ciudades tropicales, cada copa es —de verdad— infraestructura: amortigua las olas de calor, atenúa los vientos, filtra contaminantes y hospeda aves y polinizadores. Y también —aunque casi nunca figure en el presupuesto— es infraestructura de salud mental.

A esto la ciencia le dice “servicios ecosistémicos”. Traducido a lo común y corriente: caminar bajo sombra cuando el asfalto arde; oír pájaros y no motosierras; ver verde en vez de concreto puro. Esos estímulos bajan la carga fisiológica del estrés, ayudan al sueño, abren espacio a la atención, nos devuelven pertenencia. No es lírica: el calor extremo trae irritabilidad, ansiedad, más conflictos y cuando no hay refugio térmico —árboles— esa carga sube de volumen, como un zumbido que nadie apaga. Si talamos sin una razón ambiental sólida, no solo calentamos la cuadra: también subimos, casi sin darnos cuenta, la angustia diaria.

En Chigorodó, donde la humedad es un segundo sol, un árbol maduro no es “mobiliario” que se cambia y ya. Es un amortiguador que reduce varios grados la sensación térmica y, con eso, la frecuencia cardiaca y el cortisol de quien espera el taxi, lleva un niño al colegio o vende fruta en la esquina. Es, además, una pequeña estación de biodiversidad: el canto, los colores, las formas activan esa atención restaurativa —la mente se recompone tras el bombardeo de pantallas, alarmas, noticias. Por eso duele distinto cuando un árbol de décadas cae sin alternativas claras ni razones técnicas verificables. No se siente solo pérdida ecológica; se siente desamparo. Y el desamparo, lo sabemos, es un riesgo psicosocial.

La gestión pública sensata no enfrenta seguridad y naturaleza; las hace convivir. Un estudio serio no arranca por la motosierra. Empieza por una jerarquía simple: primero conservar y podar; luego reubicar donde tenga sentido; y solo al final —si de verdad no hay otra— talar y compensar con criterios de equivalencia ecológica (edad, especie, ubicación, función). La transparencia en ese proceso funciona como medicina preventiva para el ánimo colectivo: corta el rumor, baja la tensión, devuelve agencia a la gente.

¿Qué hacer, entonces? Contar e inventariar los árboles como contamos puentes. Diseñar planes de arborización que prioricen los barrios más calientes y vulnerables. Socializar —antes, no después— cualquier intervención. Y medir no solo cuántos árboles sembramos, sino cuánta sombra efectiva damos, cuántos grados bajamos y cómo mejorar el bienestar percibido. Que cada tala venga con evaluación pública del impacto térmico, acústico y social, y con una compensación trazable en el tiempo y en el mapa. Parece obvio, pero no lo es.

Un árbol menos no es un trámite: es un giro en la ecología emocional del barrio. Si entendemos que el verde urbano también es salud mental, cambia la pregunta. Ya no es “¿podemos talarlo?”, sino “¿podemos permitirnos perderlo?”. En mi barrio Kennedy, mi respuesta —como ciudadano y social; como vecino— es clara: una tala sin justificación ambiental robusta nos empobrece dos veces, en clima y en ánimo. Y ningún municipio en Urabá que aspire a ser habitable puede darse ese lujo.

 

Por José Gañan Bedoya.