El
día de hoy, una amiga mía del barrio Senderos de Guayabal, en Chigorodó,
comentó en mi cuenta de Facebook que se había tardado cerca de una hora leyendo
el escrito titulado “El poder que no cura: salud, impunidad y desgaste
psíquico en Colombia”. Ante su mensaje, respondí: “Gracias por tomarte
el tiempo de leer. Poco a poco se va entrenando el hábito de la lectura, una
práctica necesaria para que no nos encuentre la ignorancia y, con ella, el
miedo y las falacias ideológicas, entre otros demonios contemporáneos. Un
ejemplo de ello es lo que empieza a suceder, desde hoy, en nuestro país vecino,
Venezuela”. A esta seguidora debo el motivo por el cual surge el presente
escrito de opinión.
(…)
Lo ocurrido recientemente contra Venezuela no debería analizarse como un hecho
aislado ni como un episodio exclusivo de la política exterior de Estados
Unidos. Desde una mirada psicosocial —y también desde la memoria histórica— es
una advertencia inquietante sobre cómo el poder se legitima a sí mismo a través
del lenguaje y sobre cómo ningún país de la región está a salvo de convertirse
en el próximo escenario.
Las justificaciones oficiales se presentan con una retórica conocida y tranquilizadora: defensa de la democracia, protección de los derechos humanos, restablecimiento del orden. Sin embargo, cuando estos argumentos se repiten de forma mecánica y unilateral, lo que emerge no es una ética universal, sino una falacia ideológica: un discurso que aparenta neutralidad moral mientras oculta relaciones de dominación, intereses geopolíticos y profundas asimetrías de poder.
Desde
la psicología social sabemos que el lenguaje no solo describe la realidad: la
produce. Nombrar una intervención como “ayuda”, “presión legítima” o
“responsabilidad internacional” no es inocente. Es una operación simbólica que
busca normalizar el control externo y adormecer la conciencia colectiva frente
a prácticas que, en otros contextos, reconoceríamos sin rodeos como
colonialismo o imperialismo. Cuando la violencia se reviste de moral, deja de
percibirse como violencia.
Esta
lógica no es nueva. Eduardo Galeano lo expresó con una claridad incómoda en Las
venas abiertas de América Latina, al recordarnos que “el subdesarrollo de
América Latina proviene del desarrollo ajeno”. No es solo una frase histórica:
es una clave de lectura vigente. Cambian las palabras —civilización, progreso,
desarrollo, seguridad, democracia—, pero la estructura se mantiene. El saqueo
se actualiza; ahora viene envuelto en un lenguaje moralmente aceptable.
La
obediencia no surge únicamente del autoritarismo explícito; nace también del
miedo, de la incertidumbre y de la promesa de protección. En contextos de
crisis, el discurso salvador reduce la angustia colectiva y desplaza la
responsabilidad política hacia un “otro” que promete orden. Desde la psicología
social sabemos que este mecanismo produce alivio momentáneo, pero a un costo
alto: debilita la autonomía y refuerza la dependencia. Galeano advertía que
este proceso no solo despoja territorios y recursos; también hiere la
autoestima colectiva de los pueblos, enseñándoles a verse como incapaces de
gobernarse a sí mismos. Esa herida simbólica es una de las formas más profundas
—y menos visibles— de dominación.
Aquí
dialoga con fuerza el pensamiento de Michel Foucault, quien mostró que el poder
más eficaz no es el que reprime de forma directa, sino el que logra que los
sujetos interioricen su lógica y la reproduzcan como natural. En El poder,
Foucault advierte que el dominio se sostiene mediante discursos que definen qué
es normal, qué es legítimo y qué debe ser corregido.
En
América Latina, esa interiorización ha sido históricamente facilitada por
élites locales que administran la dependencia y la presentan como destino
inevitable, como si no existieran alternativas propias.
Pensar
que estos mecanismos solo operan en países catalogados como “dictatoriales” es
un error peligroso. Las problemáticas de la droga, el narcotráfico, las
dictaduras o incluso el socialismo han sido utilizadas —tanto por Estados
Unidos como por sectores de la élite neoliberal regional— como coartadas
morales para justificar actos de barbarie. Bajo la promesa de combatir el mal,
se han sostenido economías de guerra, dispositivos de control y formas
renovadas de dominación que bien podrían llamarse imperialismo del siglo XXI.
Como señaló Galeano, el poder rara vez se presenta como lo que es; siempre se
disfraza de necesidad, de urgencia o de bien común.
En
Colombia, país formalmente democrático y soberano, se ha naturalizado en
distintos momentos la idea de que la solución a nuestros conflictos pasa por la
tutela extranjera. Desde una lectura psicosocial, esto revela una dependencia
simbólica profunda: la dificultad para reconocernos como sujetos políticos
capaces de tramitar nuestros conflictos sin un “padre” externo que ordene,
sancione o decida. Así, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en
una concesión condicionada.
Cuando
hoy se justifica una intervención en Venezuela bajo determinados argumentos,
esos mismos argumentos pueden mañana aplicarse a cualquier otro país de la
región (ojalá que no sea el nuestro -Colombia). La lógica es sencilla y
peligrosa: si alguien se arroga el derecho de definir qué democracia es válida
y cuál no, entonces todas quedan bajo sospecha. La soberanía se vuelve frágil,
negociable y siempre provisional.
El pensamiento crítico no consiste en defender gobiernos, sino en defender principios. Y uno de ellos es claro: los problemas internos de los países deben resolverse sin injerencias que se legitiman mediante falacias ideológicas. Confundir discursos morales con ética, o poder con cuidado, tiene consecuencias que van más allá de la política: deja marcas duraderas en la subjetividad colectiva.
Escribo
estas líneas no solo como ciudadano, sino como profesional de la psicología,
alguien que escucha a diario el miedo, la frustración y el cansancio emocional
de personas y comunidades que han vivido demasiadas violencias. Sé, por
experiencia profesional y humana, que el daño más profundo no siempre viene de
las armas visibles, sino de los discursos que nos convencen de que no somos
capaces, de que necesitamos tutela, de que otros deben decidir por nosotros.
En
el trabajo con la salud mental individual y colectiva he aprendido que la
dependencia no es solo económica o política: también es psicológica y
simbólica. Cuando una sociedad interioriza que su destino debe ser corregido
desde afuera, algo se quiebra en su autoestima colectiva. Se normaliza el
miedo, se legitima la obediencia y se debilita la capacidad de imaginar salidas
propias.
Por
eso, defender la soberanía no es —para mí— una consigna ideológica. Es una
tarea profundamente ligada a la salud mental de los pueblos. Cerrar los ojos
ante estas narrativas no nos protege: nos debilita. Y como nos recordó Galeano,
la historia latinoamericana no se repite por accidente, sino por olvido.
Por:
José Gañan Bedoya – psicólogo.
Epígrafe:
“En salud mental, olvidar nunca ha sido una forma de sanar”.
Chigorodó,
3 de enero de 2026.
