miércoles, 11 de junio de 2025

Cuando las heridas emocionales no se ven.

 


Hay mujeres que están al límite. Mujeres que piden una licencia laboral con una excusa médica genérica, pero que en realidad están pidiendo una pausa para no derrumbarse. No dicen que están sufriendo. No mencionan que han sido víctimas de abuso, de violencia psicológica, de acoso en el trabajo o de una carga emocional que las está asfixiando.

Callan porque, aunque necesitan ayuda urgente, temen ser juzgadas, despedidas o señaladas. Y callan incluso cuando ya han tocado fondo. Prefieren enfrentar solas la tormenta antes que permitir que alguien crea que no pueden con su vida.

En algunos casos, llegan a la consulta de salud mental, pero con una idea silenciosa: “esto debe quedar entre nosotros”. Si el especialista les formula un tratamiento, muchas lo rechazan. No quieren medicarse. No quieren que alguien vea una caja de antidepresivos en su bolso. No quieren tener que explicar nada.

Y si en algún momento el sufrimiento se desborda y ocurre una tragedia —un intento de suicidio o incluso una muerte— entonces surgen las voces:

“Nunca se le ayudó”, “¿dónde estaban los que debían actuar?”, “el sistema no respondió”.

Pero pocas veces se reconoce una verdad incómoda: en muchos casos, la ayuda estuvo al alcance, pero la vergüenza fue más fuerte que la necesidad.

La literatura científica lo ha descrito ampliamente. Estudios publicados en The Lancet Psychiatry y en Psychological Medicine muestran que el rechazo a los tratamientos psiquiátricos y a los servicios de salud mental no obedece únicamente a la falta de acceso. Existe un conjunto de barreras internas profundamente arraigadas: la auto-estigmatización, el miedo al rechazo social y la internalización del fracaso personal.

En otras palabras: hay quienes sienten que pedir ayuda es equivalente a perder su valor, su imagen, su lugar en el mundo.

Esto explica por qué tantas personas optan por el silencio. Porque la presión de "tener que estar bien", de "ser fuertes", de "no fallar" se convierte en una cadena invisible que impide buscar auxilio, incluso cuando la vida está en juego.

Confieso que, como psicólogo, no son pocas las veces en que me he sentido incomprendido o mirado con extrañeza. Ocurre cuando, en medio de mi labor o en conversaciones con colegas, miembros de la comunidad y en la radio, afirmo algo que para mí resulta evidente, pero que muchos prefieren no oír: que mientras los determinantes multifactoriales que alimentan el sufrimiento —como la pobreza, el hambre, el desempleo, no tener vivienda propia, un pedazo de tierra donde sembrar, la violencia, el abandono o el miedo— no se transformen en factores de cuidado y protección, seguirá latente la posibilidad de que no logremos evitar un desenlace fatal. Y no hablo en abstracto. Me refiero, con dolor, a mi pueblo: Chigorodó.

Seguimos habitando una cultura que premia la apariencia de fortaleza, pero penaliza cualquier muestra de vulnerabilidad. Una cultura que aplaude la productividad, pero no sabe qué hacer con el dolor emocional. Donde una persona que se quiebra se convierte en motivo de rumores o desconfianza, especialmente si es mujer, madre o profesional.

Por eso muchas mujeres prefieren camuflar su crisis con excusas vagas. Prefieren no contar que están en tratamiento. Prefieren no iniciar uno siquiera. Porque no confían en que su entorno sepa acompañarlas sin señalar.

Y mientras tanto, el sufrimiento se profundiza. Se aísla. Se cronifica. Y a veces, se convierte en tragedia.

Como sociedad, debemos dejar de responsabilizar únicamente a las instituciones sanitarias. Claro que hay fallas, barreras estructurales y demoras inaceptables. Pero también hay un componente social y cultural que impide que muchas personas lleguen a tiempo a recibir ayuda.

Debemos construir entornos donde la salud mental sea tratada con dignidad. Donde pedir una licencia emocional no sea sinónimo de debilidad. Donde tomar un medicamento psiquiátrico no reste valor ni respeto. Donde acompañar a alguien en su dolor no implique invadir, juzgar o minimizar.

La próxima vez que alguien te diga que no se siente bien, no apresures un consejo ni busques distraerlo con optimismo. No digas que “todo pasará”, no cambies de tema, no lo envuelvas en frases vacías como “piensa positivo”.

Escucha. Abraza. Cree. Y si puedes, acompaña.

Porque muchas veces, el primer paso para salvar una vida no es haber gestionado una cita, ni tener un diagnóstico o un tratamiento.

A veces, lo que marca la diferencia es simplemente eso: una conversación que no juzga. Una presencia que no exige. Una escucha que no se asusta.

A veces, sólo basta eso.

 

Con esperanza,

 

José Gañan Bedoya.