Hay heridas que no dejan cicatrices visibles.
No aparecen en una radiografía, no requieren puntos de sutura y muchas veces ni
siquiera son nombradas. Sin embargo, acompañan a las personas durante años, a
veces durante toda una vida. Son las heridas que deja la violencia
intrafamiliar cuando se instala en el hogar y se vuelve parte de la rutina.
Como profesional en psicología, he escuchado
a personas de todas las edades que han vivido o continúan llevando una vida
marcada por los gritos, la humillación, el rechazo, el control, las amenazas y
las agresiones físicas. Muchos crecieron creyendo que aquello era normal. Otros
aprendieron a guardar silencio para sobrevivir. Algunos llegaron a la adultez
convencidos de que no merecían algo mejor.
Esta realidad no corresponde únicamente a
historias individuales. También constituye una problemática que continúa
afectando a numerosas familias de nuestro territorio. Según el reporte de
eventos de interés en salud pública del Sistema de Vigilancia en Salud Pública
(SIVIGILA), con corte a la semana epidemiológica 23 de 2026, en el municipio de
Chigorodó se han notificado 135 casos de violencia de género e intrafamiliar.
Detrás de cada cifra existe una persona, una familia y una historia marcada por
el sufrimiento, lo que nos recuerda que la violencia sigue siendo un desafío
social y de salud pública que no puede ser ignorado.
La violencia tiene una capacidad devastadora:
no solo lastima el cuerpo, también modifica la forma en que una persona se ve a
sí misma y percibe el mundo. Poco a poco erosiona la autoestima, apaga los
proyectos, debilita la esperanza y genera la sensación de que nada puede
cambiar.
Por eso, una de las consecuencias más
dolorosas de la violencia no es únicamente el sufrimiento emocional, sino la
pérdida de la capacidad de imaginar una vida diferente.
Sin embargo, existe algo profundamente humano
que la violencia nunca logra destruir por completo: la posibilidad de recuperar
la esperanza.
He visto personas que llegaron sintiendo que
todo estaba perdido. Personas agotadas por años de maltrato, abandono o
sufrimiento. Y he sido testigo de cómo, en medio de la oscuridad, una
conversación, una red de apoyo, una mano extendida o una palabra de aliento
pueden convertirse en el inicio de un cambio.
A veces la transformación comienza con algo
aparentemente pequeño: una decisión.
La decisión de pedir ayuda.
La decisión de hablar.
La decisión de decir “esto no está bien”.
La decisión de creer que se merece una vida
distinta.
Desde la psicología sabemos que uno de los
pasos más importantes en la recuperación ocurre cuando la persona logra activar
nuevamente su capacidad de actuar, de pasar de la intención a la acción. Es el
momento en que deja de verse únicamente como víctima de las circunstancias y
comienza a reconocerse como protagonista de su propia historia.
Romper el ciclo de violencia no siempre es
fácil. Requiere valentía, acompañamiento y tiempo. Pero es posible.
Nadie merece vivir con miedo dentro de su
propio hogar. Nadie merece normalizar el maltrato como si fuera una expresión
de amor. Nadie debería cargar en silencio heridas que pueden ser atendidas y
sanadas.
Por eso vale la pena recordarlo una vez más:
pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es un acto de coraje. Hablar rompe el
aislamiento. Buscar apoyo abre caminos. Y cada paso que una persona da hacia
una vida libre de violencia es también un paso hacia una mejor salud mental.
Porque la violencia puede marcar una
historia, pero no tiene por qué definir el resto de la vida. Todavía es posible
construir relaciones más sanas, recuperar la tranquilidad y volver a creer en
el futuro.
Aunque el camino puede ser difícil, siempre
es posible encontrar apoyo, construir alternativas y dar pasos hacia una vida
más segura y saludable.
En caso de necesitar orientación o apoyo,
puede comunicarse con la Línea 141 del ICBF, las líneas 123 o 155, la Línea
Nacional de la Fiscalía 122. La Línea 106 “Salud para el Alma” de la
Gobernación de Antioquia: (604) 540 71 80. La Línea Amiga en Salud Mental al
(604) 444 44 48 o escribir al WhatsApp FLOR 301 604 44 44.
Por José Gañan Bedoya.
Psicólogo.
Chigorodó, Antioquia (Colombia).
19 de junio de 2026.
