viernes, 19 de junio de 2026

Romper el silencio relacional de la violencia intrafamiliar es posible.

 


Hay heridas que no dejan cicatrices visibles. No aparecen en una radiografía, no requieren puntos de sutura y muchas veces ni siquiera son nombradas. Sin embargo, acompañan a las personas durante años, a veces durante toda una vida. Son las heridas que deja la violencia intrafamiliar cuando se instala en el hogar y se vuelve parte de la rutina.

Como profesional en psicología, he escuchado a personas de todas las edades que han vivido o continúan llevando una vida marcada por los gritos, la humillación, el rechazo, el control, las amenazas y las agresiones físicas. Muchos crecieron creyendo que aquello era normal. Otros aprendieron a guardar silencio para sobrevivir. Algunos llegaron a la adultez convencidos de que no merecían algo mejor.

Esta realidad no corresponde únicamente a historias individuales. También constituye una problemática que continúa afectando a numerosas familias de nuestro territorio. Según el reporte de eventos de interés en salud pública del Sistema de Vigilancia en Salud Pública (SIVIGILA), con corte a la semana epidemiológica 23 de 2026, en el municipio de Chigorodó se han notificado 135 casos de violencia de género e intrafamiliar. Detrás de cada cifra existe una persona, una familia y una historia marcada por el sufrimiento, lo que nos recuerda que la violencia sigue siendo un desafío social y de salud pública que no puede ser ignorado.

La violencia tiene una capacidad devastadora: no solo lastima el cuerpo, también modifica la forma en que una persona se ve a sí misma y percibe el mundo. Poco a poco erosiona la autoestima, apaga los proyectos, debilita la esperanza y genera la sensación de que nada puede cambiar.

Por eso, una de las consecuencias más dolorosas de la violencia no es únicamente el sufrimiento emocional, sino la pérdida de la capacidad de imaginar una vida diferente.

Sin embargo, existe algo profundamente humano que la violencia nunca logra destruir por completo: la posibilidad de recuperar la esperanza.

He visto personas que llegaron sintiendo que todo estaba perdido. Personas agotadas por años de maltrato, abandono o sufrimiento. Y he sido testigo de cómo, en medio de la oscuridad, una conversación, una red de apoyo, una mano extendida o una palabra de aliento pueden convertirse en el inicio de un cambio.

A veces la transformación comienza con algo aparentemente pequeño: una decisión.

La decisión de pedir ayuda.

La decisión de hablar.

La decisión de decir “esto no está bien”.

La decisión de creer que se merece una vida distinta.

Desde la psicología sabemos que uno de los pasos más importantes en la recuperación ocurre cuando la persona logra activar nuevamente su capacidad de actuar, de pasar de la intención a la acción. Es el momento en que deja de verse únicamente como víctima de las circunstancias y comienza a reconocerse como protagonista de su propia historia.

Romper el ciclo de violencia no siempre es fácil. Requiere valentía, acompañamiento y tiempo. Pero es posible.

Nadie merece vivir con miedo dentro de su propio hogar. Nadie merece normalizar el maltrato como si fuera una expresión de amor. Nadie debería cargar en silencio heridas que pueden ser atendidas y sanadas.

Por eso vale la pena recordarlo una vez más: pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es un acto de coraje. Hablar rompe el aislamiento. Buscar apoyo abre caminos. Y cada paso que una persona da hacia una vida libre de violencia es también un paso hacia una mejor salud mental.

Porque la violencia puede marcar una historia, pero no tiene por qué definir el resto de la vida. Todavía es posible construir relaciones más sanas, recuperar la tranquilidad y volver a creer en el futuro.

Aunque el camino puede ser difícil, siempre es posible encontrar apoyo, construir alternativas y dar pasos hacia una vida más segura y saludable.

En caso de necesitar orientación o apoyo, puede comunicarse con la Línea 141 del ICBF, las líneas 123 o 155, la Línea Nacional de la Fiscalía 122. La Línea 106 “Salud para el Alma” de la Gobernación de Antioquia: (604) 540 71 80. La Línea Amiga en Salud Mental al (604) 444 44 48 o escribir al WhatsApp FLOR 301 604 44 44.

 

Por José Gañan Bedoya.

Psicólogo.

Chigorodó, Antioquia (Colombia).

19 de junio de 2026.


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