viernes, 28 de agosto de 2026

Día Mundial del Salubrista: La salud mental pública no empieza en el consultorio.

 


Hablar de salud mental pública obliga a mirar más allá del diagnóstico. La violencia, la pobreza, el miedo, el desplazamiento y la ruptura de los vínculos también enferman. Cuidar la salud mental de una comunidad significa intervenir las condiciones que producen sufrimiento y recuperar la posibilidad de vivir juntos con dignidad.

Hay conferencias que terminan cuando se apaga el micrófono. Hay otras que uno se lleva consigo.

La reflexión del profesor Saúl Franco, médico y doctor en Salud Pública, durante la Cátedra de Formación Ciudadana Héctor Abad Gómez, realizada en la Universidad de Antioquia en el marco del Día Mundial del Salubrista, pertenece a las segundas.

Queda dando vueltas una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué hacemos realmente cuando decimos que cuidamos la salud de una comunidad?

No es una pregunta menor.

Durante años hemos aprendido a entender la salud mental fundamentalmente desde el individuo. Preguntamos qué síntomas presenta una persona, desde cuándo los tiene, cuál podría ser su diagnóstico, qué factores de riesgo existen y qué tratamiento necesita.

Todo eso es necesario.

Pero no es suficiente.

Porque mientras preguntamos qué sucede dentro de la persona, con demasiada frecuencia dejamos de preguntar qué está ocurriendo alrededor de ella.

Y los contextos también enferman.

Enferma una comunidad cuando la violencia comienza a parecer normal.

Enferma cuando sus jóvenes dejan de imaginar un futuro.

Enferma cuando una mujer tiene miedo dentro de su propia casa.

Cuando un adolescente encuentra humillación allí donde debería encontrar protección.

Cuando una familia debe escoger entre alimentarse o pagar el transporte para asistir a una cita.

Cuando alguien pierde su tierra, su barrio, su comunidad o sus vínculos.

Cuando pedir ayuda se convierte en una carrera de obstáculos.

Cuando las instituciones llegan demasiado tarde.

 

Desde esa perspectiva adquiere especial fuerza una de las ideas planteadas por Saúl Franco: la salud pública no es un archivo de conocimientos ni un museo de prácticas, sino una búsqueda permanentemente inacabada de respuestas teóricas y prácticas frente a aquello que protege, desafía o pone en riesgo la vida y el bienestar colectivos.

Esa definición debería interpelarnos también desde la salud mental.

Porque la salud mental pública tampoco puede reducirse a contar consultas psicológicas, diagnósticos realizados, medicamentos formulados o personas remitidas.

Por supuesto que necesitamos servicios.

Necesitamos psicólogos.

Necesitamos psiquiatras.

Necesitamos atención oportuna y tratamientos de calidad.

Pero también necesitamos preguntarnos por las condiciones que hacen que tantas personas lleguen a esos servicios profundamente lastimadas.

Hay dolores que ningún diagnóstico explica por completo.

Hay sufrimientos que no deberían medicalizarse para hacerlos socialmente tolerables.

La pobreza desgasta.

La violencia deja huellas.

La discriminación hiere.

El desempleo prolongado produce angustia.

El desplazamiento desarraiga.

La soledad sostenida enferma.

La incertidumbre agota.

La exclusión destruye esperanza.

Y vivir durante años en territorios atravesados por diferentes formas de violencia como la subregión de Urabá y Chigorodó, modifica la manera como las personas confían, aman, crían, se relacionan e imaginan el mañana.

Por eso resulta tan potente otra afirmación de Franco: la paz es producto de un entramado complejo de relaciones de poder y de condiciones materiales, económicas, políticas y emocionales; no puede existir una verdadera paz con hambre, sin trabajo digno, con discriminación o estigmatización.

Y agrega una afirmación que debería ocupar un lugar central en cualquier discusión contemporánea sobre salud pública: sin paz no hay salud y sin salud no hay paz.

Si aceptamos seriamente esa relación, también tendremos que reconocer algo fundamental:

Construir salud mental es construir paz cotidiana.

No solamente la paz de los acuerdos nacionales.

No únicamente la paz que se firma, se anuncia o se negocia.

Existe otra paz mucho menos visible.

La paz de una casa donde una niña puede dormir sin miedo.

La de una escuela donde un adolescente puede pedir ayuda sin ser señalado.

La de una mujer que puede vivir sin violencia.

La de una persona mayor que encuentra compañía.

La de una comunidad indígena que puede cuidar la vida sin renunciar a su cultura.

La de un barrio que recupera sus espacios colectivos.

La de una familia que recibe acompañamiento antes de que la crisis se convierta en tragedia.

La de una institución que escucha antes de juzgar y actúa antes de que sea demasiado tarde.

 

Allí comienza a tener verdadero sentido hablar de salud mental comunitaria.

No como una versión económica de la consulta psicológica.

No como una brigada, una jornada o un carrusel de la salud ocasional.

No como el taller que llega una mañana, llena una lista de asistencia, toma algunas fotografías y desaparece del territorio.


La salud mental comunitaria significa reconocer que ninguna persona existe aislada de su historia, su familia, su cultura, sus relaciones y su territorio.

Significa trabajar con las comunidades y no solamente sobre ellas.

Esa diferencia parece pequeña.

No lo es.

Una comunidad puede intervenirse desde un escritorio.

Pero para construir salud mental con ella hay que caminarla.

Hay que escuchar.

Escuchar a los niños y a los jóvenes.

A las familias.

A los docentes.

A las mujeres.

A los líderes comunitarios.

A las comunidades indígenas.

A las personas mayores.

A quienes casi nunca aparecen en las reuniones institucionales.

Hay que reconocer problemas, por supuesto, pero también capacidades.

Porque incluso en los territorios atravesados por enormes dificultades existen redes de solidaridad, conocimientos, prácticas de cuidado, liderazgos y formas de resistencia que ningún sistema de información alcanza a registrar completamente.

Quizás una de las grandes tareas de la salud pública contemporánea consista precisamente en aprender a medir sin dejar de escuchar.

Necesitamos datos.

Necesitamos epidemiología.

Necesitamos vigilancia.

Necesitamos conocer cuántas personas intentan suicidarse, cuántas mueren por suicidio, cuáles son los grupos más afectados, dónde ocurren los eventos y qué barreras enfrentan quienes necesitan atención.

Necesitamos esa información porque una política pública construida únicamente desde las percepciones corre el riesgo de equivocarse sobre la realidad.

Pero los números tampoco pueden convertirse en nuestra única forma de comprender el sufrimiento.

Detrás de cada indicador existe una persona.

Un intento de suicidio registrado en un sistema de vigilancia no es simplemente una nueva fila en una base de datos.

Es una historia.

Una familia.

Una escuela.

Un colegio.

Una universidad.

Un barrio.

Una comunidad.

Una red de relaciones.


Es alguien que llegó a un punto de sufrimiento que debería obligarnos a preguntar no solamente qué estaba ocurriendo en su mente, sino también qué estaba sucediendo alrededor de su vida.

¿Qué estaba pasando en su familia?

¿Qué ocurrió en la escuela, colegio o universidad?

¿Qué posibilidades tenía de pedir ayuda?

¿Qué barreras encontró?

¿Qué señales observó su entorno?

¿Qué respuesta dieron las instituciones?

La epidemiología puede mostrarnos dónde se concentra un problema.

La comunidad puede ayudarnos a comprender por qué.

Necesitamos ambas.

 

Saúl Franco recuerda que la guerra no solamente produce muerte, heridas y discapacidad; también destruye la tranquilidad cotidiana, instala incertidumbre, inseguridad existencial y desconfianza, y produce profundas consecuencias sobre la salud mental de las personas y de los colectivos.

Colombia, Antioquia, Urabá y Chigorodó conocen demasiado bien esas consecuencias.

Somos una sociedad que ha aprendido durante décadas a seguir funcionando mientras carga pérdidas que muchas veces nunca ha podido elaborar completamente.

Desplazamientos.

Desapariciones.

Asesinatos.

Amenazas.

Desarraigos.

Familias fragmentadas.

Comunidades destruidas.

La violencia no termina necesariamente cuando termina el hecho violento.

Permanece en las personas.

Permanece en las familias.

Permanece en las relaciones.

Y muchas veces permanece durante generaciones.

 

Por eso construir paz también requiere construir una política pública de salud mental capaz de trabajar con la memoria, el duelo, la convivencia, la confianza y la reconstrucción del tejido social.

Pero existe, además, otra pregunta incómoda para quienes trabajamos en salud mental:

¿Por qué llegamos tantas veces después?

Después del intento de suicidio.

Después de la violencia.

Después del desastre natural.

Después del abandono escolar.

Después de la crisis familiar.

Después del consumo problemático.

Después de que el sufrimiento se volvió insoportable.

Una salud mental verdaderamente pública debería comenzar preguntándose también qué podemos hacer antes.

Y muchas de esas respuestas no estarán dentro de un consultorio.

Estarán en una familia que sabe escuchar.

En una escuela capaz de identificar señales tempranas.

En una red protectora comunitaria.

En un centro de escucha.

En un voluntariado de salud mental.

En oportunidades reales para los jóvenes.

En el deporte.

En la cultura.

En organizaciones sociales fortalecidas.

En instituciones capaces de compartir responsabilidades y no únicamente remisiones.

En políticas públicas que comprendan que prevenir el sufrimiento mental también significa transformar las condiciones sociales que ayudan a producirlo.

Ese cambio de mirada obliga igualmente a revisar nuestra propia manera de entender el papel del profesional de la salud.

Ser salubrista en salud mental quizá sea mucho más que ejercer una profesión.

Es asumir una posición frente a la vida.

Es negarse a considerar normal el sufrimiento evitable.

Es incomodarse frente a una barrera de acceso.

Es preguntar por quien dejó de asistir.

Es buscar a quien quedó por fuera.

Es reconocer que detrás de una estadística existe alguien esperando una respuesta.

Es entender que la salud y la salud mental no comienzan en el hospital.

Y que la salud mental tampoco comienza en el consultorio.

Empieza mucho antes.

Empiezan en las condiciones en que nacemos.

En la manera como somos cuidados.

En las escuelas donde crecemos.

En las oportunidades que encontramos.

En los trabajos que podemos conseguir.

En las relaciones que construimos.

En los territorios que habitamos.

En la posibilidad de vivir sin miedo.

 

Por eso, en el Día Mundial del Salubrista, quizá nuestro mejor homenaje no consista simplemente en felicitarnos.

Tal vez debamos aprovechar la fecha para volver a preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos.

Saúl Franco propone que nuestro horizonte como humanidad debe ser la vida en paz.

Desde la salud mental comunitaria yo agregaría algo:

(…) esa paz también debería poder sentirse.

Sentirse en la casa.

En la escuela.

En el barrio.

En la vereda.

En las comunidades.

En nuestras instituciones.

Sentirse en la posibilidad de pedir ayuda sin miedo y encontrar a alguien dispuesto a responder.

Porque una sociedad mentalmente saludable no será aquella en la que nadie sufra.

Eso sería imposible.

Será aquella que construya suficientes vínculos, oportunidades, instituciones y redes de cuidado para que nadie tenga que enfrentar su sufrimiento completamente solo.

Quizás allí se encuentre una de las formas más humanas —y también más políticas— de hacer salud mental pública.

 

Ver memorias del Seminario en:

https://www.youtube.com/watch?v=Tk6Zzj0Hn38

 

 

Por José Gañan Bedoya

Psicólogo.

Fotografía: Lic. Naty Yela Salazar.