miércoles, 31 de diciembre de 2025

Cuando el cansancio de vivir no grita.

 


Durante estos pocos días de vacaciones de fin de año me he trazado una meta clara para el 2026: cursar Filosofía profunda – Aprenda Filosofía, un año de estudio online junto a Danilo Drumond, profesor de filosofía, comunicador social y periodista en Brasil. Volver a la filosofía, en tiempos de respuestas rápidas y diagnósticos apresurados, es también una forma de resistencia: detenerse a pensar con hondura aquello que más nos duele como sociedad.

En esas lecturas preliminares reaparece Arthur Schopenhauer, quien en El arte del buen vivir (1851) se detiene, sin escándalo ni moralismos, en un tema que seguimos tratando con dificultad: el suicidio. Leerlo hoy no es un ejercicio arqueológico. Es una experiencia incómodamente actual. Schopenhauer no entiende el suicidio como un arrebato súbito, sino como el desenlace de un proceso gradual de agotamiento vital, una erosión silenciosa del deseo de existir.

El filósofo intuye algo que hoy la salud mental confirma con evidencia: el sufrimiento subjetivo pesa más que los hechos objetivos. No es la magnitud “real” del problema lo que define el riesgo, sino cómo ese problema es vivido e interpretado. El dolor no se mide desde afuera; se habita desde adentro. Por eso, dos personas ante circunstancias similares pueden reaccionar de formas radicalmente distintas.

Otro aporte decisivo de Schopenhauer es desmontar la idea de que el suicidio pertenece solo al terreno de la patología visible. Advierte que incluso personas “sanas”, “alegres” o socialmente funcionales pueden llegar a considerar la muerte cuando el sufrimiento, o el temor persistente a una desgracia inevitable, supera el miedo a morir. Hoy lo vemos con claridad en experiencias marcadas por desesperanza, anhedonia o burnout existencial, donde no siempre hay señales externas, pero sí un desgaste profundo.

Desde el enfoque de salud pública, esta lectura resulta clave. Como referente local de salud mental y responsable del seguimiento al Evento 356 (intento de suicidio) en el marco de SIVIGILA durante 2025, he constatado que el suicidio rara vez irrumpe sin antecedentes. En Chigorodó, el sistema de vigilancia registró 62 intentos de suicidio acumulados a la semana epidemiológica 42 de 2025, una cifra que revela la magnitud real del problema, más allá de los casos visibles.

A ello se suma un dato que interpela con mayor crudeza: durante el mismo año se presentaron cuatro suicidios consumados en el municipio —una adolescente, dos adultos y una persona mayor—. No son números fríos; son historias truncadas que obligan a fortalecer la prevención y también la postvención, entendida como el acompañamiento a familias y comunidades para evitar que el dolor se herede o se silencie.

Hoy sabemos que hablar del suicidio no lo provoca; lo previene. Que acompañar no es resolver la vida del otro, sino caminar con él cuando el peso se vuelve insoportable. Tal vez ahí radique la vigencia más profunda de Schopenhauer: recordarnos que el suicidio no es un juicio moral, sino una expresión extrema del sufrimiento humano, y que comprenderlo nos obliga —ética y colectivamente— a cuidar mejor la vida que aún insiste en quedarse.

El pasado 30 de diciembre, en el atrio de la iglesia principal de Chigorodó, mientras conversaba con un amigo y transcurría la celebración litúrgica de la noche, tuve la oportunidad de saludar a la alcaldesa y reconocerle personalmente un hecho que merece ser destacado desde lo público: la gestión adelantada ante el Ministerio de Salud para obtener los recursos destinados a la construcción de una Unidad de Salud Mental en el barrio Brisas de Urabá. En un municipio donde el Evento 356 (intento de suicidio) representa un desafío persistente de salud pública, esta decisión política no es menor.

Se trata de una apuesta concreta por fortalecer la red local de atención, ampliar la capacidad de respuesta institucional y avanzar en la prevención, atención y postvención del sufrimiento emocional. Invertir en salud mental es invertir en la vida misma, en la reducción del dolor evitable y en la reconstrucción de la esperanza.

Este logro convoca también a las personas, a las familias, a la ciudadanía y a las instituciones a corresponsabilizarnos del cuidado, a reconocer las señales a tiempo y a usar las rutas disponibles. Porque prevenir el suicidio no es tarea de una sola persona ni de un solo sector: es un compromiso colectivo que se construye cuando el Estado, la comunidad y los vínculos humanos deciden cuidar juntos la vida.

 

Por José Gañan Bedoya, psicólogo

Chigorodó, 1 de enero de 2026

Foto: Lic. Naty Yela Salazar

 

Fuentes bibliográficas

Arthur Schopenhauer (1851). El arte del buen vivir. Leipzig: Brockhaus.

Organización Mundial de la Salud (OMS). (2023). Suicide worldwide in the 21st century.


sábado, 27 de diciembre de 2025

Más que cifras: Cuidar la vida también es cuidar la salud mental.

 


En Colombia hemos aprendido —a veces a la fuerza— a desconfiar de las palabras grandes. La política pública suele anunciarse con estruendo, los presupuestos se confunden con promesas y el discurso pretende ocupar el lugar de la realidad. Por eso conviene hablar sin adornos, con la sobriedad que impone la vida cotidiana. Una política no se mide por lo que dice de sí misma, sino por si llega o no llega a donde más se necesita.

La inversión del gobierno nacional en Antioquia, que supera los 587 mil millones de pesos, no debería leerse como una cifra para el aplauso fácil. Su verdadero sentido está en otra parte: en la posibilidad de sostener el sistema de salud allí donde históricamente ha sido más frágil. Los recursos públicos solo adquieren valor cuando se traducen en presencia efectiva, en servicios que funcionan y en instituciones que no colapsan.

Los números importan cuando dejan de ser abstractos. 4.281 millones de pesos para poner en funcionamiento 1.267 equipos de salud, integrados por 8.239 trabajadores que recorren los 125 municipios del departamento, significan algo elemental pero decisivo: llegar. Llegar a veredas -comunidades indígenas-, barrios y corregimientos donde la salud suele aparecer tarde o no aparecer nunca.

39.491 millones destinados a 142 vehículos de transporte asistencial -ambulancias- no son símbolos ni gestos políticos: son tiempos de respuesta más cortos, traslados más dignos y muertes que pueden evitarse.

35.320 millones invertidos en 25 proyectos de infraestructura y dotación hospitalaria no son maquetas ni renders: son salas abiertas, equipos disponibles y servicios reales.

Y 53.551 millones para sanear pasivos y fortalecer la prestación; evitado que hospitales al borde de la quiebra cruzaran una línea de no retorno que siempre termina pagando la ciudadanía.

Sin embargo, un análisis responsable no se agota en el inventario. El problema estructural de la salud en Colombia no ha sido únicamente la falta de recursos, sino la dificultad para sostenerlos en el tiempo, articularlos entre niveles y gobernarlos con rigor. Toda inversión pública solo adquiere legitimidad si se mantiene, se evalúa y se corrige cuando es necesario. La pregunta de fondo no es cuánto se invierte, sino cómo se administra esa inversión y qué impacto real tiene en la vida de las personas.

Mirado en prospectiva, este esfuerzo cobra un valor que con frecuencia se subestima: cuidar la vida también es cuidar la salud mental. Equipos que llegan, hospitales que no cierran y servicios que responden reducen la angustia cotidiana de quienes atraviesan duelos, crisis emocionales o situaciones límite. La certidumbre institucional —saber que hay a quién acudir— opera como un factor protector silencioso pero poderoso. En contextos de vulnerabilidad, la presencia del Estado no solo atiende cuerpos: contiene, acompaña y previene.

Por ello, resulta legítimo exigir que las entidades responsables de la prestación de estos servicios en cada municipio presenten, con claridad y responsabilidad pública, los logros concretos obtenidos en el mejoramiento de la salud y la salud mental de la población. No como un ejercicio retórico, sino como un acto mínimo de rendición de cuentas frente a la vida que se busca proteger.

Cuando la salud se organiza desde el territorio, la política pública deja de ser una abstracción técnica y se convierte en una red que sostiene la vida. En un país atravesado por la desigualdad, el dolor y la violencia, eso no es propaganda. Es, simplemente, una condición básica de dignidad.

 

Por José Gañan Bedoya – psicólogo.

Chigorodó, 27-12-2025.

 


Bibliografía.

Organización Mundial de la Salud (OMS). Atención primaria de salud y determinantes territoriales. World Health Organization. (2018). Declaration of Astana: Global Conference on Primary Health Care. WHO.

Organización Panamericana de la Salud (OPS). Salud mental comunitaria y redes de cuidado. Organización Panamericana de la Salud. (2021). Salud mental en la comunidad: orientaciones técnicas para la organización de servicios. OPS.

The Lancet Commission on Global Mental Health. Inversión pública, sistemas de salud y prevención. Patel, V., Saxena, S., Lund, C., et al. (2018). The Lancet Commission on Global Mental Health and Sustainable Development. The Lancet, 392(10157), 1553–1598. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31612-X


lunes, 8 de diciembre de 2025

Pensar, decidir y cuestionar no son gestos de rebeldía gratuita: son prácticas de cuidado.

 


(…) En algo tan sencillo —y no por eso menos emocionante— como salir de paseo con los compañeros de trabajo este fin de semana, conocer rostros nuevos, sentir el viento rozando la piel y escapar, aunque sea por unas horas, del ruido que suele saturar la vida cotidiana, encontré un instante de soledad fértil. Frente al mar del Golfo de Urabá, en Tié, Rancho Aleja, Turbo, Antioquia, un respiro casi accidental me devolvió a mí mismo. Entre pensamientos luminosos y otros más turbios —pero igualmente necesarios— surgió el impulso de escribir esta nota. A veces, basta un momento de silencio para recordar que aún somos dueños de nuestro propio pensamiento.

Renunciar a pensar no es un acto brusco ni dramático. Llega despacio, silencioso, disfrazado de descanso o de obediencia razonable, como si adaptarse fuese lo más sensato. Pero cuando el pensamiento se ausenta, no queda un vacío: queda un espacio que rápidamente ocupa el poder. Y alguien piensa por ti, no por ser más lúcido, sino simplemente porque cediste el lugar.

Michel Foucault nos enseñó que el poder no actúa únicamente a través de leyes o prohibiciones, sino desde la producción de verdades: esos discursos que dictan qué es normal, qué es correcto, qué puede decirse y qué debe callarse. Cuando dejamos de ejercer la crítica, aceptamos esas verdades como si fueran obvias y naturales, olvidando que son construcciones históricas, a menudo disputadas, muchas veces impuestas. Pensar menos nunca es neutral: es una forma de docilidad cuidadosamente administrada.

Vivimos en un tiempo en el que la sociedad de consumo ha refinado la antigua tentación de la servidumbre voluntaria. La vida pública se ve reducida a un gran escenario donde muchos actúan según libretos escritos por otros. Convertidos en espectadores, aceptamos sin demasiada resistencia los guiones que corporaciones, algoritmos y burócratas han preparado para nosotros. Se nos invita a creer que somos libres porque podemos elegir entre miles de pantallas, marcas, opiniones prefabricadas o indignaciones instantáneas. Pero esa libertad es tan ilusoria como la felicidad de los anuncios: un espejismo que nos entretiene mientras hilos invisibles —cada vez más sutiles— moldean nuestras decisiones.

En su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa advirtió sobre un fenómeno cultural que afecta profundamente a las democracias modernas: la banalización de la vida intelectual y la reducción del ciudadano a un consumidor de entretenimiento. Señaló cómo la cultura, antes entendida como una búsqueda exigente de sentido, se ha ido diluyendo en un territorio dominado por la superficialidad, el escándalo y la opinión fácil. Y aunque no se refirió con la frase que a veces se le atribuye, sí alertó sobre el riesgo de convertirnos en individuos satisfechos con diversiones inmediatas, poco interesados en la reflexión sostenida o en el debate crítico. Es una advertencia vigente: una sociedad que rinde culto a la distracción preferirá sujetos distraídos antes que ciudadanos atentos.

Esta reducción de la complejidad humana a puro consumo es uno de los mecanismos más eficaces del poder contemporáneo: adormece la conciencia mientras nos convence de que estamos plenamente despiertos. Lo inquietante es que esta domesticación no opera mediante imposición, sino mediante seducción. Es una pedagogía suave que nos enseña a desconfiar de la duda, a ver el cuestionamiento como exageración, como una excentricidad improductiva en medio de la urgencia diaria.

Así, sin darnos cuenta, la crítica se vuelve un lujo prescindible —como esos libros que compramos con entusiasmo y dejamos cerrados—, y renunciamos a la herramienta que podría mantenernos alertas en tiempos que celebran el conformismo como virtud. El poder, siempre atento, agradece esa renuncia íntima: nada facilita tanto el dominio como una población convencida de que pensar es un esfuerzo inútil.

Pero la renuncia no se queda en el pensamiento: también se filtra en la decisión. Sartre lo expresó con claridad: estamos condenados a ser libres. No decidir también es decidir. Delegar nuestras elecciones en expertos, instituciones, tradiciones o en el repetido “siempre ha sido así” no nos libera de responsabilidad; solo nos acostumbra a vivir por inercia. Poco a poco, la vida deja de ser algo que pensamos y se convierte en algo que simplemente gestionamos.

“Poco a poco dejarás de ser tú mismo”. Ese proceso empieza renunciando a la pregunta incómoda, luego a la duda, luego al conflicto. Después, la propia voz empieza a sonar distante, prescindible, y finalmente innecesaria. Así, el sujeto se disuelve en roles, etiquetas, diagnósticos, protocolos. La existencia deja de ser un acto de libertad y empieza a ser solo administración.

Por eso la autoformación en el espíritu crítico no es un lujo académico: es una práctica ética y política. Pensar es resistir; decidir es existir. No se trata de llevar la contraria por deporte, sino de examinar aquello que nos gobierna, interrogar las verdades que ordenan la vida cotidiana y revisar las decisiones que delegamos sin advertirlo.

Pensar, en realidad, es también un gesto de salud mental. Preguntar, dudar y decidir de manera reflexiva nos permite reorganizar la experiencia interior, entender nuestras emociones, enfrentar con más autonomía los conflictos que nos habitan. Quien piensa no solo se protege del poder externo: también regula su propio caos, da sentido al sufrimiento y fortalece su capacidad de elegir sin miedo.

Porque allí donde alguien recupera su capacidad de juicio, recupera también un espacio de libertad. La mente crítica no solo objeta sistemas o discursos: también ensancha la vida íntima, disminuye la ansiedad de vivir bajo mandatos ajenos y crea un punto firme desde el cual resistir la inercia del mundo. Pensar, decidir y cuestionar no son gestos de rebeldía gratuita: son prácticas de cuidado. Son, quizá, las formas más profundas de preservar la dignidad humana y de acercarnos a una libertad que no dependa del permiso de nadie.

 

Por José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 08-12-2025.

 

Te invito a seguirme en TikTok como @josepsicologosm


 

 

Referencias

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

(Obra referencial para comprender cómo el poder produce discursos, verdades y formas de subjetividad.)

Sartre, J.-P. (1946). El existencialismo es un humanismo. Ediciones Losada.

(Fuente clave para la idea de la libertad como condena y la responsabilidad inherente a elegir y decidir.)

Vargas Llosa, M. (2012). La civilización del espectáculo. Alfaguara.

(Ensayo fundamental para entender su crítica a la sociedad de consumo, la banalización cultural y la pérdida del espíritu crítico.)