(…)
En algo tan sencillo —y no por eso menos emocionante— como salir de paseo con
los compañeros de trabajo este fin de semana, conocer rostros nuevos, sentir el
viento rozando la piel y escapar, aunque sea por unas horas, del ruido que
suele saturar la vida cotidiana, encontré un instante de soledad fértil. Frente
al mar del Golfo de Urabá, en Tié, Rancho Aleja, Turbo, Antioquia, un respiro
casi accidental me devolvió a mí mismo. Entre pensamientos luminosos y otros
más turbios —pero igualmente necesarios— surgió el impulso de escribir esta
nota. A veces, basta un momento de silencio para recordar que aún somos dueños
de nuestro propio pensamiento.
Renunciar
a pensar no es un acto brusco ni dramático. Llega despacio, silencioso,
disfrazado de descanso o de obediencia razonable, como si adaptarse fuese lo
más sensato. Pero cuando el pensamiento se ausenta, no queda un vacío: queda un
espacio que rápidamente ocupa el poder. Y alguien piensa por ti, no por ser más
lúcido, sino simplemente porque cediste el lugar.
Michel
Foucault nos enseñó que el poder no actúa únicamente a través de leyes o
prohibiciones, sino desde la producción de verdades: esos discursos que dictan
qué es normal, qué es correcto, qué puede decirse y qué debe callarse. Cuando
dejamos de ejercer la crítica, aceptamos esas verdades como si fueran obvias y
naturales, olvidando que son construcciones históricas, a menudo disputadas,
muchas veces impuestas. Pensar menos nunca es neutral: es una forma de
docilidad cuidadosamente administrada.
Vivimos
en un tiempo en el que la sociedad de consumo ha refinado la antigua tentación
de la servidumbre voluntaria. La vida pública se ve reducida a un gran
escenario donde muchos actúan según libretos escritos por otros. Convertidos en
espectadores, aceptamos sin demasiada resistencia los guiones que
corporaciones, algoritmos y burócratas han preparado para nosotros. Se nos
invita a creer que somos libres porque podemos elegir entre miles de pantallas,
marcas, opiniones prefabricadas o indignaciones instantáneas. Pero esa libertad
es tan ilusoria como la felicidad de los anuncios: un espejismo que nos
entretiene mientras hilos invisibles —cada vez más sutiles— moldean nuestras
decisiones.
En
su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa advirtió sobre un
fenómeno cultural que afecta profundamente a las democracias modernas: la
banalización de la vida intelectual y la reducción del ciudadano a un
consumidor de entretenimiento. Señaló cómo la cultura, antes entendida como una
búsqueda exigente de sentido, se ha ido diluyendo en un territorio dominado por
la superficialidad, el escándalo y la opinión fácil. Y aunque no se refirió con
la frase que a veces se le atribuye, sí alertó sobre el riesgo de convertirnos
en individuos satisfechos con diversiones inmediatas, poco interesados en la
reflexión sostenida o en el debate crítico. Es una advertencia vigente: una
sociedad que rinde culto a la distracción preferirá sujetos distraídos antes
que ciudadanos atentos.
Esta
reducción de la complejidad humana a puro consumo es uno de los mecanismos más
eficaces del poder contemporáneo: adormece la conciencia mientras nos convence
de que estamos plenamente despiertos. Lo inquietante es que esta domesticación
no opera mediante imposición, sino mediante seducción. Es una pedagogía suave
que nos enseña a desconfiar de la duda, a ver el cuestionamiento como
exageración, como una excentricidad improductiva en medio de la urgencia
diaria.
Así, sin darnos cuenta, la crítica se vuelve un lujo prescindible —como esos libros que compramos con entusiasmo y dejamos cerrados—, y renunciamos a la herramienta que podría mantenernos alertas en tiempos que celebran el conformismo como virtud. El poder, siempre atento, agradece esa renuncia íntima: nada facilita tanto el dominio como una población convencida de que pensar es un esfuerzo inútil.
Pero
la renuncia no se queda en el pensamiento: también se filtra en la decisión.
Sartre lo expresó con claridad: estamos condenados a ser libres. No decidir
también es decidir. Delegar nuestras elecciones en expertos, instituciones,
tradiciones o en el repetido “siempre ha sido así” no nos libera de
responsabilidad; solo nos acostumbra a vivir por inercia. Poco a poco, la vida
deja de ser algo que pensamos y se convierte en algo que simplemente
gestionamos.
“Poco
a poco dejarás de ser tú mismo”. Ese proceso empieza renunciando a la pregunta
incómoda, luego a la duda, luego al conflicto. Después, la propia voz empieza a
sonar distante, prescindible, y finalmente innecesaria. Así, el sujeto se
disuelve en roles, etiquetas, diagnósticos, protocolos. La existencia deja de
ser un acto de libertad y empieza a ser solo administración.
Por
eso la autoformación en el espíritu crítico no es un lujo académico: es una
práctica ética y política. Pensar es resistir; decidir es existir. No se trata
de llevar la contraria por deporte, sino de examinar aquello que nos gobierna,
interrogar las verdades que ordenan la vida cotidiana y revisar las decisiones
que delegamos sin advertirlo.
Pensar,
en realidad, es también un gesto de salud mental. Preguntar, dudar y decidir de
manera reflexiva nos permite reorganizar la experiencia interior, entender
nuestras emociones, enfrentar con más autonomía los conflictos que nos habitan.
Quien piensa no solo se protege del poder externo: también regula su propio
caos, da sentido al sufrimiento y fortalece su capacidad de elegir sin miedo.
Porque
allí donde alguien recupera su capacidad de juicio, recupera también un espacio
de libertad. La mente crítica no solo objeta sistemas o discursos: también
ensancha la vida íntima, disminuye la ansiedad de vivir bajo mandatos ajenos y
crea un punto firme desde el cual resistir la inercia del mundo. Pensar,
decidir y cuestionar no son gestos de rebeldía gratuita: son prácticas de
cuidado. Son, quizá, las formas más profundas de preservar la dignidad humana y
de acercarnos a una libertad que no dependa del permiso de nadie.
Por
José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 08-12-2025.
Te
invito a seguirme en TikTok como @josepsicologosm
Referencias
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión.
Siglo XXI Editores.
(Obra referencial para comprender cómo el poder produce discursos,
verdades y formas de subjetividad.)
Sartre, J.-P. (1946). El existencialismo es un humanismo.
Ediciones Losada.
(Fuente clave para la idea de la libertad como condena y la
responsabilidad inherente a elegir y decidir.)
Vargas Llosa, M. (2012). La civilización del espectáculo.
Alfaguara.
(Ensayo fundamental para entender su crítica a la sociedad de
consumo, la banalización cultural y la pérdida del espíritu crítico.)

No hay comentarios:
Publicar un comentario