Hay una pregunta que me ronda desde hace tiempo. No sé si les pasa, pero mientras más observo nuestra manera de hablar de política, más me incomoda. La formulo así:
¿Cómo es posible que una persona vea que un gobernante está haciendo cosas que le perjudican y, aún así, siga defendiéndolo con uñas y dientes?
No hablo solo de Colombia. Basta con mirar la historia reciente de América Latina para encontrar ejemplos. Sociedades enteras que han soportado corrupción, crisis económicas, violencia, autoritarismo, concentración de poder y el deterioro de sus instituciones. Y, años después, vuelven a depositar toda su esperanza en líderes, partidos o proyectos que se parecen sospechosamente a aquello que alguna vez criticaron.
Sería fácil, muy fácil, responder diciendo que la gente es ignorante. Pero creo que el problema es mucho más profundo y, para ser honestos, mucho más humano.
La política dejó de ser una opinión para convertirse en identidad.
Hay personas que ya no dicen simplemente: “Estoy de acuerdo con este político”. En la práctica, lo que dicen es: “Yo soy de este político”. Y esa pequeña diferencia lingüística lo cambia todo.
Cuando una idea política se funde con nuestra identidad, una crítica al dirigente ya no se siente como una discusión sobre impuestos, seguridad o corrupción. Se siente como un ataque directo y personal. Es un ataque a nuestra forma de ver el mundo, y por extensión, a nosotros mismos.
Por eso tenemos conversaciones tan absurdas. Alguien menciona un posible caso de corrupción y la respuesta no es: “¿Qué pasó? ¿Hay pruebas?”. La respuesta es un reflejo automático: “¿Y los del otro lado qué?”. Se critica una decisión de gobierno y alguien salta con un escándalo del gobierno anterior. Como si el error de uno pudiera borrar el error del otro. Hemos construido una especie de contabilidad infantil de la política: los míos pueden equivocarse, porque los tuyos hicieron algo peor.
Y mientras discutimos quién fue más ruin, dejamos de exigir que alguien sea mejor.
La psicología conoce bien este fenómeno. Tendemos a buscar información que confirme lo que ya creemos y somos mucho más exigentes con las pruebas que contradicen nuestras convicciones. También somos extraordinariamente hábiles para justificar las acciones de nuestro grupo mientras condenamos exactamente las mismas acciones cuando vienen del grupo contrario.
En política, esto ocurre a cada instante:
Si mi candidato protesta en las calles, está ejerciendo un derecho.
Si protesta el adversario, está desestabilizando el país.
Si mi presidente cambia funcionarios, está limpiando las instituciones.
Si lo hace el otro, está concentrando poder.
Cambian los nombres. Cambia el color de la bandera. Pero el mecanismo psicológico es el mismo. Es un reflejo que nos ahorra el esfuerzo de pensar.
Necesitamos creer que elegimos bien.
Existe una razón profundamente humana para defender aquello que alguna vez apoyamos. Reconocer que un dirigente en el que depositamos nuestra confianza fracasó puede significar admitir algo mucho más doloroso: “Tal vez yo también me equivoqué”.
Y reconocer nuestros errores cuesta. Mucho más cuando pasamos años defendiendo una causa, peleando con familiares, publicando en redes sociales o tratando de ignorantes a quienes pensaban diferente. Después de invertir tanto emocionalmente, abandonar una posición política puede sentirse como perder una parte de nosotros mismos. Por eso, a veces, es más fácil modificar la explicación de la realidad que modificar la opinión.
Si la
economía empeora, la culpa es de los empresarios, de los comunistas, del
imperialismo, de la oligarquía, de la oposición, de los medios, de los jueces…
Siempre hay un culpable externo. Y cuando todo fracaso tiene un responsable
ajeno y todo éxito pertenece exclusivamente al líder, ya no estamos evaluando
un gobierno: estamos protegiendo una creencia.
América
Latina conoce muy bien al "salvador".
Nuestra región tiene una relación histórica, y diría que hasta romántica, con los líderes fuertes. Una y otra vez, aparece alguien prometiendo poner orden, refundar la nación, acabar con los corruptos, derrotar a las élites o enfrentar al imperialismo. Las palabras cambian según la época, pero la promesa es sorprendentemente parecida: “El país está mal. Hay un enemigo responsable. Yo puedo derrotarlo”.
Esa historia es muy seductora porque el mundo real es complicado. La pobreza tiene decenas de causas, la violencia también, y la corrupción no desaparece encarcelando a tres personas. Gobernar exige negociar, equivocarse, corregir y reconocer que ningún presidente controla completamente la economía. Eso, seamos sinceros, es aburrido.
El salvador
ofrece algo mucho más sencillo: un culpable, una explicación y una solución. En
sociedades cansadas, asustadas o frustradas, esa combinación puede ser
irresistible.
Colombia
tampoco está vacunada.
En Colombia conocemos perfectamente esta dinámica. Nuestra historia política está atravesada por violencia, clientelismo, corrupción y una profunda desconfianza hacia las instituciones. Tal vez por eso hemos aprendido demasiado bien a dividir el país entre “nosotros” y “ellos”.
Hemos cambiado las palabras con las que designamos al enemigo, pero la lógica permanece. Uribista, petrista, paraco, guerrillero, fascista, comunista, vendepatria, oligarca… Cada etiqueta tiene una historia. El problema comienza cuando dejamos de usarlas para describir y empezamos a usarlas para dejar de escuchar.
Entonces ya
no importa lo que alguien diga, sino quién lo dijo. Y cuando llegamos a ese
punto, pensar se vuelve innecesario. Si lo dijo uno de los míos, debe existir
una explicación. Si lo dijo uno de los otros, debe existir una intención
maligna. Ese es el mayor triunfo de la polarización: conseguir que millones de
personas evalúen una misma conducta con dos reglas morales distintas.
El miedo es
uno de los mejores instrumentos políticos.
Martha Nussbaum ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar cómo el miedo puede deformar nuestra relación con los demás. Y tiene toda la razón. Una persona tranquila puede debatir. Una persona aterrorizada solo busca protección.
Cuando
creemos que el adversario no es alguien con ideas equivocadas, sino una amenaza
para nuestra familia, nuestra libertad o nuestra forma de vida, muchas cosas
empiezan a parecernos justificables. “Sí, esto no me gusta, pero imagínese si
llegan los otros”. Esa frase explica una enormidad de comportamientos
políticos. Podemos terminar sacrificando nuestros principios para proteger
nuestros principios. Esa es la paradoja más peligrosa de todas.
No es un
problema de izquierda o derecha.
Este punto me parece fundamental. Sería intelectualmente cómodo escribir esta columna escogiendo ejemplos de una sola corriente política y concluir que allí está el problema. Pero sería exactamente el mismo comportamiento que estoy criticando.
El autoritarismo no tiene un único color. La corrupción, el clientelismo, el culto a la personalidad y la manipulación del miedo tampoco. La experiencia latinoamericana es rica en ejemplos, pero cada caso es distinto y merece un análisis cuidadoso. Por eso necesitamos indicadores, datos e instituciones independientes.
¿Aumentó o
disminuyó la pobreza? ¿Hay más o menos violencia? ¿Los periodistas pueden
trabajar libremente? ¿Los jueces conservan su independencia? Es mucho más útil
discutir estas preguntas que preguntarnos eternamente si determinado presidente
“ama” u “odia” al pueblo.
Cuando
desaparece la confianza, aparece el hombre fuerte.
Aquí hay otro problema latinoamericano: desconfiamos profundamente de nuestras instituciones. Datos como los de Latinobarómetro nos muestran que la confianza en partidos políticos, congresos y poderes judiciales es mínima. Es muy difícil construir una democracia saludable sobre semejante desconfianza.
Porque
cuando dejamos de creer en partidos, congresos y jueces, aparece una tentación
comprensible: creer en una persona. “Que llegue alguien y arregle esto”. Pero
hay una diferencia enorme entre tener un buen presidente y necesitar un
salvador. El buen gobernante fortalece las instituciones que un día serán
dirigidas por sus adversarios. El salvador necesita convencernos de que las instituciones
estorban. Ahí debería encenderse una alarma.
El problema
no es que la gente sea estúpida.
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué alguien puede sufrir las consecuencias de malas decisiones y continuar defendiendo al responsable? Porque somos humanos. Porque tenemos identidad, miedo, y porque reconocer un error duele. Porque la propaganda y las redes sociales funcionan, porque nuestros amigos piensan parecido, y porque podemos odiar más al adversario de lo que nos decepciona nuestro propio candidato.
Por eso,
llamar “estúpido” al votante contrario no explica nada y probablemente empeora
el problema. La verdadera estupidez política no consiste en tener poca
inteligencia, sino en algo que puede ocurrirle incluso a una persona
brillantísima: renunciar voluntariamente a pensar porque una identidad, un
miedo o un líder nos ofrece el alivio de hacerlo por nosotros.
Hannah
Arendt entendió el peligro de abandonar el juicio individual. Erich Fromm
escribió sobre cómo la libertad puede volverse incómoda y las certezas fuertes,
atractivas. Pensar de verdad es agotador. Nos obliga a vivir con
contradicciones: a reconocer que nuestro candidato hace cosas buenas y malas, y
que nuestro adversario puede tener razón de vez en cuando. La realidad casi
nunca es tan cómoda como la pintan.
La
democracia comienza cuando somos capaces de incomodar a los nuestros.
Quizá hemos entendido mal lo que significa tener criterio. Creemos que una persona políticamente consciente es aquella capaz de detectar las mentiras del adversario. Eso es fácil. Mucho más difícil es detectar las del propio grupo.
La prueba verdaderamente incómoda sería esta:
Si usted votó por un presidente y él intenta hacer algo que consideraría inaceptable en su antecesor, ¿lo condenaría con la misma fuerza?
Si su líder favorito fuera acusado de corrupción, ¿pediría que lo investigaran o buscaría quién está detrás de la denuncia?
Si un gobernante que detesta hace algo bueno, ¿sería capaz de reconocerlo?
Ahí comienza, para mí, la verdadera madurez democrática. América Latina probablemente no necesita encontrar al próximo salvador. Ya hemos buscado demasiados. Necesitamos algo mucho menos emocionante y muchísimo más difícil: ciudadanos que exijan instituciones fuertes, información verificable y rendición de cuentas.
Ciudadanos capaces de desconfiar incluso de las personas que admiran. Porque una democracia no se demuestra cuando vigilamos al político que odiamos; eso cualquiera puede hacerlo. Se demuestra cuando somos capaces de vigilar al político por quien nosotros mismos votamos.
Tal vez esa sea la verdadera prueba de inteligencia política: no descubrir los errores de nuestros adversarios, sino conservar la capacidad de reconocer los errores de los nuestros.
Desde mi
oficio de psicólogo, he visto cómo el acto más sencillo y a la vez más
revolucionario es el de mirarnos al espejo sin justificaciones. La democracia,
como la salud mental, comienza con esa honestidad incómoda. Y como tantas otras
cosas, también se construye en el llano, lejos de los reflectores, desde donde
escribo esto.
En
Chigorodó, Antioquia, a 22 de agosto de 2026.
José Gañan
Bedoya – Psicólogo.
