sábado, 15 de marzo de 2025

La desesperanza aprendida: Un obstáculo silencioso para la salud mental.

 


Desde mi experiencia en la escucha como psicólogo en Chigorodó, he visto cómo la desesperanza aprendida se ha convertido en un obstáculo emocional para muchas familias. Niños, jóvenes y adultos que, tras enfrentar repetidos fracasos o situaciones adversas, terminan creyendo que nada cambiará, que sus esfuerzos son inútiles y que el futuro solo traerá más decepciones. Es un fenómeno insidioso, difícil de detectar, pero con profundas repercusiones en la salud mental y el bienestar de quienes lo padecen.

En mi consulta, muchos niños y adolescentes llegan con una carga emocional que no deberían llevar a su edad. La presión académica, la falta de refuerzo positivo y la ausencia de herramientas emocionales los llevan a desarrollar una actitud pasiva ante los retos de la vida. "No importa cuánto estudie, siempre repruebo", "Mis padres nunca se darán cuenta si hago algo bien", "Siempre me rechazan, así que mejor ni intento hacer amigos". Estas frases, que escucho con frecuencia, reflejan una mentalidad forjada por experiencias en las que sienten que no tienen control sobre su destino.

La desesperanza aprendida también se gesta en el hogar. He atendido a niños cuyos padres, aunque bien intencionados, aplican una crianza rígida y basada en la crítica, reforzando la idea de que sus esfuerzos nunca serán suficientes. Otros, en cambio, provienen de entornos donde la falta de apoyo emocional les hace creer que sus acciones no tienen valor.

Este problema no se limita a los niños y jóvenes. En muchos casos, los padres también han aprendido a resignarse. Ven a sus hijos apagarse emocionalmente y sienten impotencia, frustración e incluso culpa. "No sé cómo ayudarlo, todo lo que intento no sirve".  "Tal vez no soy un buen padre, una buena madre" o “No sé que estoy haciendo mal”, son frases que resuenan en las sesiones de escucha. Y sin darnos cuenta, esta desesperanza se convierte en un patrón generacional.

Cuando una familia entera cree que no hay salida, la convivencia se vuelve tensa. Las discusiones aumentan, la comunicación se deteriora y la sensación de estar atrapados en un ciclo sin fin se hace más fuerte. En estos casos, el primer paso para la recuperación es reconocer el problema y buscar maneras de romper este círculo vicioso.

Salir de este estado no es sencillo, pero en mi experiencia, creo que hay cosas que se pueden hacer y que pueden marcar la diferencia:

Enseñar a niños y jóvenes que cometer errores no significa ser incapaz, sino una oportunidad de aprendizaje. Reinterpretar los fracasos como parte del crecimiento les ayuda a recuperar la confianza en sus habilidades.

No se trata de transformar la vida de una persona de la noche a la mañana, sino de sumar pequeños logros. Celebrar los avances, por mínimos que sean, fortalece la autoestima y la sensación de que el esfuerzo sí da resultados.

Un niño que siente que alguien cree en él tiene más probabilidades de salir adelante. Padres, docentes y amigos pueden ser pilares fundamentales para hacer frente y restarle fuerza a la desesperanza.

Con frecuencia le digo a quienes me visitan que buscar apoyo psicológico no es un signo de debilidad, sino de valentía. La actividad terapéutica puede ser efectiva para desmontar los pensamientos negativos que alimentan la desesperanza.

Para terminar me atrevo a asegurar que he visto de primera mano cómo la desesperanza aprendida puede paralizar a una persona, pero también he sido testigo de cómo, con las estrategias adecuadas, se puede salir de ella. Nadie está condenado a vivir bajo la sombra de la impotencia y mucho menos los niños. Con apoyo, paciencia y cambios en la forma de pensar, es posible recuperar el control y reencontrar la confianza en que un futuro mejor no solo es posible, sino alcanzable.


Chigorodó, 15 de marzo de 2025 – Hora: 6:45 p.m.

 

Comparte, SanaMente.