Desde mi
experiencia en la escucha como psicólogo en Chigorodó, he visto cómo la
desesperanza aprendida se ha convertido en un obstáculo emocional para muchas
familias. Niños, jóvenes y adultos que, tras enfrentar repetidos fracasos o
situaciones adversas, terminan creyendo que nada cambiará, que sus esfuerzos
son inútiles y que el futuro solo traerá más decepciones. Es un fenómeno
insidioso, difícil de detectar, pero con profundas repercusiones en la salud
mental y el bienestar de quienes lo padecen.
En mi
consulta, muchos niños y adolescentes llegan con una carga emocional que no
deberían llevar a su edad. La presión académica, la falta de refuerzo positivo
y la ausencia de herramientas emocionales los llevan a desarrollar una actitud
pasiva ante los retos de la vida. "No importa cuánto estudie, siempre
repruebo", "Mis padres nunca se darán cuenta si hago algo bien",
"Siempre me rechazan, así que mejor ni intento hacer amigos". Estas
frases, que escucho con frecuencia, reflejan una mentalidad forjada por
experiencias en las que sienten que no tienen control sobre su destino.
La
desesperanza aprendida también se gesta en el hogar. He atendido a niños cuyos
padres, aunque bien intencionados, aplican una crianza rígida y basada en la
crítica, reforzando la idea de que sus esfuerzos nunca serán suficientes.
Otros, en cambio, provienen de entornos donde la falta de apoyo emocional les
hace creer que sus acciones no tienen valor.
Este
problema no se limita a los niños y jóvenes. En muchos casos, los padres
también han aprendido a resignarse. Ven a sus hijos apagarse emocionalmente y
sienten impotencia, frustración e incluso culpa. "No sé cómo ayudarlo,
todo lo que intento no sirve". "Tal
vez no soy un buen padre, una buena madre" o “No sé que estoy haciendo mal”,
son frases que resuenan en las sesiones de escucha. Y sin darnos cuenta, esta
desesperanza se convierte en un patrón generacional.
Cuando una
familia entera cree que no hay salida, la convivencia se vuelve tensa. Las discusiones
aumentan, la comunicación se deteriora y la sensación de estar atrapados en un
ciclo sin fin se hace más fuerte. En estos casos, el primer paso para la
recuperación es reconocer el problema y buscar maneras de romper este círculo
vicioso.
Salir de
este estado no es sencillo, pero en mi experiencia, creo que hay cosas que se
pueden hacer y que pueden marcar la diferencia:
Enseñar a
niños y jóvenes que cometer errores no significa ser incapaz, sino una
oportunidad de aprendizaje. Reinterpretar los fracasos como parte del
crecimiento les ayuda a recuperar la confianza en sus habilidades.
No se trata
de transformar la vida de una persona de la noche a la mañana, sino de sumar
pequeños logros. Celebrar los avances, por mínimos que sean, fortalece la
autoestima y la sensación de que el esfuerzo sí da resultados.
Un niño que
siente que alguien cree en él tiene más probabilidades de salir adelante.
Padres, docentes y amigos pueden ser pilares fundamentales para hacer frente y
restarle fuerza a la desesperanza.
Con
frecuencia le digo a quienes me visitan que buscar apoyo psicológico no es un
signo de debilidad, sino de valentía. La actividad terapéutica puede ser efectiva
para desmontar los pensamientos negativos que alimentan la desesperanza.
Para
terminar me atrevo a asegurar que he visto de primera mano cómo la desesperanza
aprendida puede paralizar a una persona, pero también he sido testigo de cómo,
con las estrategias adecuadas, se puede salir de ella. Nadie está condenado a
vivir bajo la sombra de la impotencia y mucho menos los niños. Con apoyo, paciencia
y cambios en la forma de pensar, es posible recuperar el control y reencontrar
la confianza en que un futuro mejor no solo es posible, sino alcanzable.
Chigorodó,
15 de marzo de 2025 – Hora: 6:45 p.m.
Comparte,
SanaMente.