lunes, 8 de diciembre de 2025

Pensar, decidir y cuestionar no son gestos de rebeldía gratuita: son prácticas de cuidado.

 


(…) En algo tan sencillo —y no por eso menos emocionante— como salir de paseo con los compañeros de trabajo este fin de semana, conocer rostros nuevos, sentir el viento rozando la piel y escapar, aunque sea por unas horas, del ruido que suele saturar la vida cotidiana, encontré un instante de soledad fértil. Frente al mar del Golfo de Urabá, en Tié, Rancho Aleja, Turbo, Antioquia, un respiro casi accidental me devolvió a mí mismo. Entre pensamientos luminosos y otros más turbios —pero igualmente necesarios— surgió el impulso de escribir esta nota. A veces, basta un momento de silencio para recordar que aún somos dueños de nuestro propio pensamiento.

Renunciar a pensar no es un acto brusco ni dramático. Llega despacio, silencioso, disfrazado de descanso o de obediencia razonable, como si adaptarse fuese lo más sensato. Pero cuando el pensamiento se ausenta, no queda un vacío: queda un espacio que rápidamente ocupa el poder. Y alguien piensa por ti, no por ser más lúcido, sino simplemente porque cediste el lugar.

Michel Foucault nos enseñó que el poder no actúa únicamente a través de leyes o prohibiciones, sino desde la producción de verdades: esos discursos que dictan qué es normal, qué es correcto, qué puede decirse y qué debe callarse. Cuando dejamos de ejercer la crítica, aceptamos esas verdades como si fueran obvias y naturales, olvidando que son construcciones históricas, a menudo disputadas, muchas veces impuestas. Pensar menos nunca es neutral: es una forma de docilidad cuidadosamente administrada.

Vivimos en un tiempo en el que la sociedad de consumo ha refinado la antigua tentación de la servidumbre voluntaria. La vida pública se ve reducida a un gran escenario donde muchos actúan según libretos escritos por otros. Convertidos en espectadores, aceptamos sin demasiada resistencia los guiones que corporaciones, algoritmos y burócratas han preparado para nosotros. Se nos invita a creer que somos libres porque podemos elegir entre miles de pantallas, marcas, opiniones prefabricadas o indignaciones instantáneas. Pero esa libertad es tan ilusoria como la felicidad de los anuncios: un espejismo que nos entretiene mientras hilos invisibles —cada vez más sutiles— moldean nuestras decisiones.

En su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa advirtió sobre un fenómeno cultural que afecta profundamente a las democracias modernas: la banalización de la vida intelectual y la reducción del ciudadano a un consumidor de entretenimiento. Señaló cómo la cultura, antes entendida como una búsqueda exigente de sentido, se ha ido diluyendo en un territorio dominado por la superficialidad, el escándalo y la opinión fácil. Y aunque no se refirió con la frase que a veces se le atribuye, sí alertó sobre el riesgo de convertirnos en individuos satisfechos con diversiones inmediatas, poco interesados en la reflexión sostenida o en el debate crítico. Es una advertencia vigente: una sociedad que rinde culto a la distracción preferirá sujetos distraídos antes que ciudadanos atentos.

Esta reducción de la complejidad humana a puro consumo es uno de los mecanismos más eficaces del poder contemporáneo: adormece la conciencia mientras nos convence de que estamos plenamente despiertos. Lo inquietante es que esta domesticación no opera mediante imposición, sino mediante seducción. Es una pedagogía suave que nos enseña a desconfiar de la duda, a ver el cuestionamiento como exageración, como una excentricidad improductiva en medio de la urgencia diaria.

Así, sin darnos cuenta, la crítica se vuelve un lujo prescindible —como esos libros que compramos con entusiasmo y dejamos cerrados—, y renunciamos a la herramienta que podría mantenernos alertas en tiempos que celebran el conformismo como virtud. El poder, siempre atento, agradece esa renuncia íntima: nada facilita tanto el dominio como una población convencida de que pensar es un esfuerzo inútil.

Pero la renuncia no se queda en el pensamiento: también se filtra en la decisión. Sartre lo expresó con claridad: estamos condenados a ser libres. No decidir también es decidir. Delegar nuestras elecciones en expertos, instituciones, tradiciones o en el repetido “siempre ha sido así” no nos libera de responsabilidad; solo nos acostumbra a vivir por inercia. Poco a poco, la vida deja de ser algo que pensamos y se convierte en algo que simplemente gestionamos.

“Poco a poco dejarás de ser tú mismo”. Ese proceso empieza renunciando a la pregunta incómoda, luego a la duda, luego al conflicto. Después, la propia voz empieza a sonar distante, prescindible, y finalmente innecesaria. Así, el sujeto se disuelve en roles, etiquetas, diagnósticos, protocolos. La existencia deja de ser un acto de libertad y empieza a ser solo administración.

Por eso la autoformación en el espíritu crítico no es un lujo académico: es una práctica ética y política. Pensar es resistir; decidir es existir. No se trata de llevar la contraria por deporte, sino de examinar aquello que nos gobierna, interrogar las verdades que ordenan la vida cotidiana y revisar las decisiones que delegamos sin advertirlo.

Pensar, en realidad, es también un gesto de salud mental. Preguntar, dudar y decidir de manera reflexiva nos permite reorganizar la experiencia interior, entender nuestras emociones, enfrentar con más autonomía los conflictos que nos habitan. Quien piensa no solo se protege del poder externo: también regula su propio caos, da sentido al sufrimiento y fortalece su capacidad de elegir sin miedo.

Porque allí donde alguien recupera su capacidad de juicio, recupera también un espacio de libertad. La mente crítica no solo objeta sistemas o discursos: también ensancha la vida íntima, disminuye la ansiedad de vivir bajo mandatos ajenos y crea un punto firme desde el cual resistir la inercia del mundo. Pensar, decidir y cuestionar no son gestos de rebeldía gratuita: son prácticas de cuidado. Son, quizá, las formas más profundas de preservar la dignidad humana y de acercarnos a una libertad que no dependa del permiso de nadie.

 

Por José Gañan Bedoya. – Chigorodó, 08-12-2025.

 

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Referencias

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

(Obra referencial para comprender cómo el poder produce discursos, verdades y formas de subjetividad.)

Sartre, J.-P. (1946). El existencialismo es un humanismo. Ediciones Losada.

(Fuente clave para la idea de la libertad como condena y la responsabilidad inherente a elegir y decidir.)

Vargas Llosa, M. (2012). La civilización del espectáculo. Alfaguara.

(Ensayo fundamental para entender su crítica a la sociedad de consumo, la banalización cultural y la pérdida del espíritu crítico.)