Cada 10 de septiembre volvemos a hablar de cifras, tasas, factores de riesgo y señales de alerta. Todo ello es necesario. Pero el debate que hoy propone el Ministerio de Salud deja una pregunta mucho más incómoda: ¿de qué sirve identificar a tiempo a una persona en riesgo si, después de activar la ruta, no existe una red suficientemente fuerte para recibirla, acompañarla y sostenerla?
La prevención del suicidio necesita dejar de ser entendida como una carrera que comienza en la puerta de urgencias. Empieza mucho antes: en la familia que aprende a escuchar sin minimizar; en el docente que reconoce un cambio significativo; en el amigo que pregunta sin juzgar; en el barrio que recupera vínculos; en los medios que informan responsablemente; y también en los entornos digitales donde hoy buena parte de nuestros adolescentes construyen identidad, buscan ayuda y expresan sufrimiento.
Una de las ideas más relevantes del conversatorio es precisamente esta: el suicidio no puede reducirse a enfermedad mental. Es un fenómeno multicausal atravesado por desigualdad, violencia, soledad, exclusión, pérdidas, ausencia de oportunidades, rupturas afectivas y condiciones concretas de vida. Si el diagnóstico es social y complejo, la respuesta no puede seguir siendo exclusivamente clínica.
El Código Dorado representa, en ese sentido, un avance importante para Colombia. Sin embargo, su éxito no debería medirse por el número de activaciones, sino por lo que ocurre después de activar: ¿la persona fue localizada?, ¿recibió atención oportuna?, ¿se removieron las barreras?, ¿hubo seguimiento?, ¿la familia fue orientada?, ¿existió continuidad del cuidado? Allí comienza una estadística que todavía debemos aprender a mirar.
Chigorodó viene dando pasos importantes en esa dirección: implementación territorial del Código Dorado, seguimiento sistemático del Evento 356, articulación intersectorial, fortalecimiento de Centros de Escucha y Redes Comunitarias Protectoras, análisis de casos y construcción de herramientas locales de vigilancia y seguimiento. No significa que el problema esté resuelto. Significa algo quizá más importante: que el municipio está empezando a construir capacidad para observar, responder y aprender de cada caso.
El siguiente salto debe ser la posvención. Una muerte por suicidio no cierra un caso: abre una responsabilidad colectiva con familiares, compañeros, comunidades educativas y demás sobrevivientes. Acompañarlos oportunamente también es prevención, porque el duelo por suicidio puede dejar culpa, preguntas sin respuesta, estigma, silencios y nuevas vulnerabilidades.
La política pública de salud mental del futuro tendrá que medir menos cuántas actividades realizamos y mucho más cuánto cuidado logramos sostener. Prevenir el suicidio es llegar antes, responder mejor y permanecer después. -Porque cuidar la vida no consiste solamente en evitar la muerte. Consiste en construir comunidades donde vivir vuelva a tener sentido.
De los apuntes personales de
la participación en el evento de MinSalud – Presidencia de la República: “Colombia
se une para cuidar la vida” – en el marco de la Conmemoración del Día Mundial
para la Prevención de Suicidio.
José Gañan Bedoya – Psicólogo
Fotografía: Lic. Naty Yela
Salazar
Chigorodó, 10 de septiembre
de 2026.