Hay obras
que pueden medirse en metros, toneladas o planos. Se levantan con precisión,
requieren cálculos, materiales y tiempo. Al final, todos pueden verlas.
Permanecen allí como evidencia del esfuerzo humano.
Pero existen
otras construcciones que nunca aparecen en un mapa, que no reciben placas
conmemorativas ni se inauguran con discursos. Son invisibles para la mayoría de
las personas y, sin embargo, tienen la capacidad de sostener una vida entera.
Hace veinte
años comencé, sin saberlo del todo, la obra más importante de mi existencia.
No ocurrió
en un consultorio de psicología. Tampoco en una universidad, ni en un escenario
profesional. Ocurrió en el momento en que la vida me concedió el privilegio de
convertirme en padre de crianza.
Con el paso de los años he comprendido que aquella experiencia transformó mucho más que mi vida familiar. Cambió mi manera de entender el desarrollo humano, la salud mental y el extraordinario poder que tiene una relación afectiva para moldear el futuro emocional de una persona.
Hoy, después
de dos décadas, miro hacia atrás con una profunda gratitud. No porque todo haya
sido perfecto. Ninguna historia de crianza lo es. Lo hago porque el tiempo me
permitió comprender algo que ningún libro puede enseñar completamente: criar a
un hijo no consiste únicamente en acompañar su crecimiento; significa participar,
día tras día, en la construcción silenciosa de su mundo interior.
Y esa es,
quizá, una de las responsabilidades más grandes que un ser humano puede asumir.
Cuando
inicié esta experiencia, como muchos padres, pensaba que educar consistía
principalmente en proteger, alimentar, vestir, procurar una buena educación y
ofrecer oportunidades. Todas esas responsabilidades siguen siendo fundamentales.
Nadie puede desconocerlas.
Sin embargo,
los años fueron mostrando que la verdadera crianza ocurre en los espacios
aparentemente más sencillos.
Sucede
cuando un niño descubre que puede llorar sin ser ridiculizado.
Cuando
aprende que equivocarse no significa dejar de ser amado.
Cuando
encuentra un adulto capaz de escuchar antes de juzgar.
Cuando
comprende que poner límites también puede ser una forma de amor.
Cuando
experimenta que existe alguien dispuesto a permanecer incluso en los días
difíciles.
Esas
experiencias cotidianas parecen pequeñas mientras ocurren. Con el tiempo
descubrimos que allí se estaban escribiendo las primeras páginas de su historia
emocional.
Como psicólogo he acompañado durante muchos años personas que atraviesan ansiedad, depresión, duelos, violencia, conflictos familiares y conducta suicida. He aprendido que el sufrimiento humano rara vez aparece de un día para otro. Casi siempre tiene una historia. Una historia hecha de vínculos, ausencias, experiencias tempranas, palabras que alentaron o hirieron, silencios que protegieron o abandonaron.
Por
supuesto, ningún problema de salud mental puede explicarse únicamente por la
crianza. Sería injusto y científicamente incorrecto afirmarlo. La vida está
atravesada por factores biológicos, sociales, culturales y económicos que
también influyen profundamente en nuestro bienestar psicológico.
Pero sería
igualmente equivocado desconocer que los primeros vínculos representan uno de
los factores protectores más importantes que conocemos.
Las
investigaciones en psicología del desarrollo, neurociencias y salud mental
coinciden en algo esencial: un niño que crece sintiéndose seguro, respetado,
escuchado y emocionalmente acompañado desarrolla mayores recursos para afrontar
la adversidad, regular sus emociones, establecer relaciones saludables y construir
una autoestima sólida.
No hablamos
de perfección.
Hablamos de
presencia.
Virginia
Satir, una de las grandes referentes de la terapia familiar, afirmaba que las
personas crecen mejor allí donde pueden sentirse vistas, valoradas y aceptadas.
Con el paso del tiempo he descubierto la enorme profundidad de esa idea. Un
hijo no necesita padres extraordinarios. Necesita adultos que, aun con sus
limitaciones, sean capaces de ofrecer una presencia auténtica, afectuosa y
consistente.
La seguridad
emocional no nace de hacerlo todo bien.
Nace de
saber que existe alguien dispuesto a caminar junto a nosotros.
Quizá por
eso la crianza también transforma profundamente a quien decide ejercerla.
Muchas veces
creemos que somos nosotros quienes estamos enseñando. Después comprendemos que
también estamos aprendiendo.
Aprendemos
paciencia cuando las respuestas no llegan inmediatamente.
Aprendemos
humildad cuando descubrimos que nuestros hijos tienen preguntas para las cuales
todavía no tenemos respuesta.
Aprendemos a pedir perdón cuando nos equivocamos.
Aprendemos
que la autoridad no necesita imponerse mediante el miedo.
Aprendemos
que escuchar suele educar más que hablar.
En estos
veinte años he descubierto que un hijo también educa a su padre.
Y quizá esa
sea una de las experiencias más hermosas que puede ofrecer la vida.
Con
frecuencia pensamos que la salud mental comienza en el consultorio del
psicólogo o del psiquiatra. En realidad, muchas veces empieza mucho antes.
Comienza
cuando un niño aprende que sus emociones tienen un lugar.
Cuando
descubre que puede expresar tristeza sin sentirse débil.
Cuando
entiende que pedir ayuda no representa un fracaso.
Cuando
observa que los conflictos pueden resolverse mediante el diálogo y no mediante
la violencia.
Cuando
aprende que el respeto hacia los demás comienza por el respeto hacia uno mismo.
Cada una de
esas experiencias constituye una inversión silenciosa en su futuro bienestar
psicológico.
Anna Freud
mostró cómo los niños desarrollan recursos internos para afrontar las
dificultades a partir de la calidad de las relaciones que establecen con los
adultos significativos. No se trata únicamente de protegerlos de toda frustración.
La verdadera tarea consiste en acompañarlos para que, poco a poco, aprendan a
enfrentar el mundo con confianza y autonomía.
Eso implica
permitir que experimenten pequeños fracasos, sostenerlos cuando sienten miedo y
confiar en que también serán capaces de encontrar sus propias respuestas.
Criar no
consiste en evitar que la vida duela.
Consiste en
ayudarles a desarrollar las herramientas necesarias para atravesarla.
Esa diferencia cambia completamente nuestra manera de entender la paternidad.
Melanie
Klein escribió que el mundo interno del niño comienza a construirse muy
temprano mediante las experiencias afectivas que vive con quienes lo cuidan.
Sin necesidad de entrar en teorías complejas, basta observar la vida cotidiana
para comprender la enorme verdad que encierra esa afirmación. Las palabras que
repetimos, la forma como resolvemos los conflictos, la manera de expresar el
afecto, incluso la capacidad de reconocer nuestros propios errores, terminan
convirtiéndose en parte del paisaje emocional desde el cual nuestros hijos aprenderán
a interpretar el mundo.
No heredamos
únicamente rasgos físicos.
También
dejamos formas de amar.
De confiar.
De enfrentar
el miedo.
De resolver
las diferencias.
De mirar la
vida.
Y esa
herencia suele durar mucho más que cualquier patrimonio material.
Hoy aquel
niño tiene veinte años.
Es un joven
universitario, estudiante de Ingeniería Civil, responsable, disciplinado,
respetuoso y profundamente sensible frente a las necesidades de los demás.
Como
cualquier joven de su edad, enfrenta desafíos, toma decisiones, comete errores
y continúa aprendiendo. La vida sigue ofreciéndole nuevos retos, como ocurre
con todos nosotros.
Por eso,
cuando observo su crecimiento, no pienso que el mayor logro sea su desempeño académico
ni el camino profesional que ha decidido recorrer.
Eso me llena
de satisfacción, sin duda.
Pero no es
lo esencial.
Lo verdaderamente importante es descubrir en él la capacidad de tratar con respeto a las personas, asumir con responsabilidad las consecuencias de sus decisiones, reconocer cuando necesita aprender algo nuevo, expresar afecto sin vergüenza y levantarse después de las dificultades.
En otras
palabras, verlo convertirse en un ser humano que continúa construyéndose.
Porque al
final, la universidad forma profesionales.
La vida
forma personas.
Y la familia
tiene el inmenso privilegio de participar en ese proceso desde los primeros
años.
Muchas
veces, en mi trabajo como referente de salud mental, escucho conversaciones
sobre prevención del suicidio, consumo de sustancias psicoactivas, violencia
intrafamiliar, acoso escolar o problemas de convivencia. Son asuntos complejos
que requieren respuestas institucionales, políticas públicas y equipos interdisciplinarios
comprometidos.
Todo eso es
indispensable.
Pero con
frecuencia pienso que existe una estrategia preventiva mucho más antigua,
silenciosa y poderosa que cualquier programa institucional.
Se llama
crianza.
Una crianza
basada en el afecto, la presencia, el diálogo, el respeto y los límites
saludables.
Una crianza
donde los hijos sepan que pueden regresar cuando la vida les duele.
Donde pedir
ayuda nunca sea motivo de vergüenza.
Donde los
errores no rompan el vínculo.
Donde el
amor no dependa del rendimiento académico, de los éxitos deportivos o de cumplir
expectativas imposibles.
Cuando eso
ocurre, no solo estamos formando mejores hijos.
Estamos
construyendo ciudadanos emocionalmente más sanos.
Personas
capaces de convivir.
De cuidar.
De respetar.
De resolver
conflictos sin violencia.
De reconocer
el sufrimiento ajeno.
De tender la
mano cuando alguien la necesita.
La salud
mental colectiva comienza mucho antes de que aparezcan los diagnósticos.
Empieza en miles de conversaciones familiares que nadie registra, en abrazos
que nadie fotografía y en gestos cotidianos que jamás ocuparán un titular, pero
que dejan una huella profunda en la vida de un niño.
Quisiera
dirigirme especialmente a los hombres.
Durante
mucho tiempo la cultura nos enseñó que ser padre consistía, sobre todo, en
proveer económicamente. Sin desconocer la importancia de esa responsabilidad,
hoy sabemos que la paternidad exige mucho más.
Nuestros
hijos necesitan nuestra presencia emocional.
Necesitan
escucharnos decir "te quiero".
Necesitan
vernos reconocer un error.
Necesitan
comprobar que la fortaleza también puede expresarse mediante la ternura.
Necesitan
descubrir que un hombre puede cuidar, abrazar, escuchar y acompañar sin perder
por ello su dignidad ni su autoridad.
La
masculinidad no se debilita cuando aparece el afecto.
Se humaniza.
Y cuando un
hombre decide involucrarse activamente en la crianza, no solo transforma la
vida de un hijo.
También
transforma la suya.
Después de veinte años puedo decir que la obra más importante de mi vida no fue un cargo, un reconocimiento profesional, un proyecto institucional ni los documentos técnicos que he tenido el honor de elaborar al servicio de mi comunidad.
La obra más
importante de mi vida ha sido participar, con mis aciertos y mis errores, en la
construcción del mundo interior de un ser humano.
No porque
haya formado un hijo perfecto —esa aspiración no existe—, sino porque ambos
hemos crecido en el camino. Él aprendiendo a vivir; yo aprendiendo, cada día,
el verdadero significado de ser padre.
Hoy él
estudia cómo diseñar estructuras capaces de resistir el peso del tiempo, los
movimientos de la tierra y la fuerza de la naturaleza. Mientras lo veo avanzar
en ese camino, no puedo evitar sonreír ante una hermosa coincidencia: durante
estos veinte años, su mamá y yo también estuvimos levantando una estructura
invisible, sin planos ni cálculos matemáticos. Una obra que no se construye con
concreto ni acero, sino con confianza, respeto, afecto, límites, paciencia y
esperanza.
Esa
arquitectura invisible no aparece en los mapas. No recibe premios. No tiene
fecha de inauguración. Pero sostiene una vida. Y quizá por eso sigo creyendo
que la mayor obra que pueden construir una madre y un padre nunca será la que
otros admiran, sino aquella que un hijo llevará consigo para siempre, incluso
cuando ya no necesite tomar su mano para seguir caminando.
Por José
Gañan Bedoya
Chigorodó
Antioquia, 12 de julio de 2026
Fotografía:
Juan Diego Yela Salalzar.
