Durante estos pocos días de vacaciones de fin de año me he trazado una meta clara para el 2026: cursar Filosofía profunda – Aprenda Filosofía, un año de estudio online junto a Danilo Drumond, profesor de filosofía, comunicador social y periodista en Brasil. Volver a la filosofía, en tiempos de respuestas rápidas y diagnósticos apresurados, es también una forma de resistencia: detenerse a pensar con hondura aquello que más nos duele como sociedad.
En esas lecturas preliminares reaparece Arthur Schopenhauer, quien en El arte del buen vivir (1851) se detiene, sin escándalo ni moralismos, en un tema que seguimos tratando con dificultad: el suicidio. Leerlo hoy no es un ejercicio arqueológico. Es una experiencia incómodamente actual. Schopenhauer no entiende el suicidio como un arrebato súbito, sino como el desenlace de un proceso gradual de agotamiento vital, una erosión silenciosa del deseo de existir.
El filósofo intuye algo que hoy la salud mental confirma con evidencia: el sufrimiento subjetivo pesa más que los hechos objetivos. No es la magnitud “real” del problema lo que define el riesgo, sino cómo ese problema es vivido e interpretado. El dolor no se mide desde afuera; se habita desde adentro. Por eso, dos personas ante circunstancias similares pueden reaccionar de formas radicalmente distintas.
Otro aporte decisivo de Schopenhauer es desmontar la idea de que el suicidio pertenece solo al terreno de la patología visible. Advierte que incluso personas “sanas”, “alegres” o socialmente funcionales pueden llegar a considerar la muerte cuando el sufrimiento, o el temor persistente a una desgracia inevitable, supera el miedo a morir. Hoy lo vemos con claridad en experiencias marcadas por desesperanza, anhedonia o burnout existencial, donde no siempre hay señales externas, pero sí un desgaste profundo.
Desde el enfoque de salud pública, esta lectura resulta clave. Como referente local de salud mental y responsable del seguimiento al Evento 356 (intento de suicidio) en el marco de SIVIGILA durante 2025, he constatado que el suicidio rara vez irrumpe sin antecedentes. En Chigorodó, el sistema de vigilancia registró 62 intentos de suicidio acumulados a la semana epidemiológica 42 de 2025, una cifra que revela la magnitud real del problema, más allá de los casos visibles.
A ello se suma un dato que interpela con mayor crudeza: durante el mismo año se presentaron cuatro suicidios consumados en el municipio —una adolescente, dos adultos y una persona mayor—. No son números fríos; son historias truncadas que obligan a fortalecer la prevención y también la postvención, entendida como el acompañamiento a familias y comunidades para evitar que el dolor se herede o se silencie.
Hoy sabemos que hablar del suicidio no lo provoca; lo previene. Que acompañar no es resolver la vida del otro, sino caminar con él cuando el peso se vuelve insoportable. Tal vez ahí radique la vigencia más profunda de Schopenhauer: recordarnos que el suicidio no es un juicio moral, sino una expresión extrema del sufrimiento humano, y que comprenderlo nos obliga —ética y colectivamente— a cuidar mejor la vida que aún insiste en quedarse.
El pasado 30
de diciembre, en el atrio de la iglesia principal de Chigorodó, mientras
conversaba con un amigo y transcurría la celebración litúrgica de la noche,
tuve la oportunidad de saludar a la alcaldesa y reconocerle personalmente un
hecho que merece ser destacado desde lo público: la gestión adelantada ante el
Ministerio de Salud para obtener los recursos destinados a la construcción de
una Unidad de Salud Mental en el barrio Brisas de Urabá. En un municipio donde
el Evento 356 (intento de suicidio) representa un desafío persistente de salud
pública, esta decisión política no es menor.
Se trata de
una apuesta concreta por fortalecer la red local de atención, ampliar la
capacidad de respuesta institucional y avanzar en la prevención, atención y
postvención del sufrimiento emocional. Invertir en salud mental es invertir en
la vida misma, en la reducción del dolor evitable y en la reconstrucción de la
esperanza.
Este logro
convoca también a las personas, a las familias, a la ciudadanía y a las
instituciones a corresponsabilizarnos del cuidado, a reconocer las señales a
tiempo y a usar las rutas disponibles. Porque prevenir el suicidio no es tarea
de una sola persona ni de un solo sector: es un compromiso colectivo que se
construye cuando el Estado, la comunidad y los vínculos humanos deciden cuidar juntos
la vida.
Por José Gañan
Bedoya, psicólogo
Chigorodó, 1
de enero de 2026
Foto: Lic.
Naty Yela Salazar
Fuentes
bibliográficas
Arthur
Schopenhauer (1851). El arte del buen vivir. Leipzig: Brockhaus.
Organización
Mundial de la Salud (OMS). (2023). Suicide worldwide in the 21st century.

No hay comentarios:
Publicar un comentario