Hace apenas unos días, mientras
cruzaba el puente colgante que atraviesa el río de guaduas en Chigorodó, bajo
ese calor denso que parece pensar por sí solo, me detuve un momento. Desde allí
vi a un grupo de niños lanzándose al agua desde la orilla, riendo con esa
libertad genuina que solo tiene quien no sabe que está siendo observado. Un
poco más allá, en la otra orilla, una joven estaba sentada, sola. No hacía nada
más que mirar el agua. La reconocí enseguida: era una adolescente que había
acompañado semanas atrás en el Centro de Escucha, luego de un intento de
suicidio. No me saludó. Yo tampoco. Pero en ese silencio, algo se dijo sin
palabras.
Vivo en Chigorodó desde 1994, un
municipio tan cálido como desigual, donde la belleza y el dolor se entrelazan
sin aviso ni tregua. Este año ya suman cuatro suicidios confirmados, y uno más,
del fin de semana, aún por confirmar. Las cifras están ahí, sí, pero cada
número esconde una historia que duele, que quema.
Uno de mis autores predilectos es
el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. En uno de sus ensayos (https://cronicaglobal.elespanol.com/letraglobal/ideas/20250607/byung-chul-depresion-esperanza/1003742663342_0.html)
escribió una frase que me detuvo en seco: “La depresión también es una forma de
esperanza”. De entrada, suena a contradicción. ¿Cómo es posible que la
desesperanza esté impregnada de esperanza? Pero luego pensé en quienes llegan
al Centro de Escucha, en sus ojos. Recordé a aquella adolescente que me
confesó: “no es que yo quiera morir, es que ya no me cabe el mundo en el
pecho”. Y me vinieron a la memoria las palabras de don Félix, quien también
terminó su vida: “a la persona se le cierra el mundo”. Y ahí comprendí: hay
dolores que no buscan apagarse, sino ser oídos.
Byung-Chul Han sostiene que
vivimos en una cultura del rendimiento, donde todo debe ser eficiente, útil,
vendible. Incluso las emociones. La tristeza incomoda. La melancolía asusta.
Entonces la medicalizamos, la etiquetamos, la reducimos a diagnóstico. Pero, ¿y
si la tristeza fuera una forma íntima de protesta? ¿Un susurro que se rehúsa a
seguir el ritmo de un mundo que no se detiene ni para sentir?
Aquí, en Chigorodó, el abandono
no es un concepto abstracto. Tiene cuerpo. Tiene rostros. Es el del desempleo
persistente, el de la violencia que no siempre tiene nombre, el de las escuelas
donde los niños no sueñan porque nadie les ha enseñado a imaginar un mañana.
Pero también hay otra cosa: en medio de tanta sombra, la gente todavía siente.
Todavía espera. Esa es, creo, la esperanza a la que se refiere Han. No la que
brilla en los discursos de autoayuda, sino una más oscura, más honesta, que se
abre camino entre lo que parece romperse.
Cuando escucho a quienes han
intentado suicidarse, rara vez encuentro locura. Más bien veo una lucidez
feroz. Un hartazgo profundo. Preguntas que rebotan sin respuesta. Una
subjetividad ahogada en un entorno que solo exige silencio, rendimiento,
adaptación. Y entonces pienso: ¿y si el sufrimiento no fuera solo un síntoma
que corregir, sino una señal? ¿Una grieta en el muro que, de alguna forma,
quiere dejar pasar algo?
No se trata de romantizar el
suicidio ni de suavizar el dolor. Se trata, más bien, de entender que a veces,
el sufrimiento es también una forma de decir: “no puedo más con esta forma de
estar vivo”. Y quizá, aunque duela, eso pueda ser un punto de partida. Un lugar
desde donde reconstruir, desde lo pequeño: una palabra, una presencia, una
pausa.
A veces, en mi bandeja de entrada
aparecen los reportes del SIVIGILA. El lenguaje con el que llegan es tan frío
como mecánico: “Paciente refiere ideación, conducta autolítica o intento de
suicidio. Refiere carga emocional. Factores de riesgo: abandono parental,
ruptura amorosa, pobreza, violencias, enfermedad, consumo”. Pero detrás de cada
ítem hay una vida que no cabe en ninguna categoría. Hay una abuela criando
sola, un celular que nunca deja de sonar, una tarde sin merienda, una casa
vacía, un amanecer sin propósito. Hay una vida suspendida. Y a veces, también,
una pregunta lanzada al vacío, con la esperanza de que alguien la escuche.
Byung-Chul Han habla de
reaprender a contemplar. De darle valor al silencio, a la sombra, a lo que no
produce. Tal vez eso es lo que más nos hace falta hoy en Chigorodó: dejar de
correr a buscar soluciones, y atrevernos a simplemente estar. A acompañar la
tristeza sin querer arrancarla de raíz. A sentarnos junto al río, en silencio,
como aquella adolescente, y quedarnos un rato ahí. Sin promesas, pero también
sin huir.
Quizá no sea la esperanza
brillante lo que termine salvándonos. Tal vez la esperanza real se parezca más
a un cansancio que no miente. A una tristeza que ya no necesita esconderse. A
una comunidad que se sienta a escuchar su propio dolor sin temor a ahogarse en
él.
Yo no tengo respuestas. Solo
historias. En cada una, hay una tristeza que aún no se rinde. Un sufrimiento
que respira. Una esperanza que, aunque no sonría, sigue aquí.
Termino citando las palabras de cierre del último libro de Han, en una expresión que toma del poeta romántico Achim von Arnim - “La esperanza está emparentada con la fe y el amor”. Y, concluye: “Quien tiene esperanza ama o crece, se entrega al otro y trasciende la inmanencia del yo”.
Con esperanza, José Gañan Bedoya.

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