lunes, 9 de junio de 2025

La tristeza que resiste

 


Hace apenas unos días, mientras cruzaba el puente colgante que atraviesa el río de guaduas en Chigorodó, bajo ese calor denso que parece pensar por sí solo, me detuve un momento. Desde allí vi a un grupo de niños lanzándose al agua desde la orilla, riendo con esa libertad genuina que solo tiene quien no sabe que está siendo observado. Un poco más allá, en la otra orilla, una joven estaba sentada, sola. No hacía nada más que mirar el agua. La reconocí enseguida: era una adolescente que había acompañado semanas atrás en el Centro de Escucha, luego de un intento de suicidio. No me saludó. Yo tampoco. Pero en ese silencio, algo se dijo sin palabras.

Vivo en Chigorodó desde 1994, un municipio tan cálido como desigual, donde la belleza y el dolor se entrelazan sin aviso ni tregua. Este año ya suman cuatro suicidios confirmados, y uno más, del fin de semana, aún por confirmar. Las cifras están ahí, sí, pero cada número esconde una historia que duele, que quema.

Uno de mis autores predilectos es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. En uno de sus ensayos (https://cronicaglobal.elespanol.com/letraglobal/ideas/20250607/byung-chul-depresion-esperanza/1003742663342_0.html) escribió una frase que me detuvo en seco: “La depresión también es una forma de esperanza”. De entrada, suena a contradicción. ¿Cómo es posible que la desesperanza esté impregnada de esperanza? Pero luego pensé en quienes llegan al Centro de Escucha, en sus ojos. Recordé a aquella adolescente que me confesó: “no es que yo quiera morir, es que ya no me cabe el mundo en el pecho”. Y me vinieron a la memoria las palabras de don Félix, quien también terminó su vida: “a la persona se le cierra el mundo”. Y ahí comprendí: hay dolores que no buscan apagarse, sino ser oídos.

Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una cultura del rendimiento, donde todo debe ser eficiente, útil, vendible. Incluso las emociones. La tristeza incomoda. La melancolía asusta. Entonces la medicalizamos, la etiquetamos, la reducimos a diagnóstico. Pero, ¿y si la tristeza fuera una forma íntima de protesta? ¿Un susurro que se rehúsa a seguir el ritmo de un mundo que no se detiene ni para sentir?

Aquí, en Chigorodó, el abandono no es un concepto abstracto. Tiene cuerpo. Tiene rostros. Es el del desempleo persistente, el de la violencia que no siempre tiene nombre, el de las escuelas donde los niños no sueñan porque nadie les ha enseñado a imaginar un mañana. Pero también hay otra cosa: en medio de tanta sombra, la gente todavía siente. Todavía espera. Esa es, creo, la esperanza a la que se refiere Han. No la que brilla en los discursos de autoayuda, sino una más oscura, más honesta, que se abre camino entre lo que parece romperse.

Cuando escucho a quienes han intentado suicidarse, rara vez encuentro locura. Más bien veo una lucidez feroz. Un hartazgo profundo. Preguntas que rebotan sin respuesta. Una subjetividad ahogada en un entorno que solo exige silencio, rendimiento, adaptación. Y entonces pienso: ¿y si el sufrimiento no fuera solo un síntoma que corregir, sino una señal? ¿Una grieta en el muro que, de alguna forma, quiere dejar pasar algo?

No se trata de romantizar el suicidio ni de suavizar el dolor. Se trata, más bien, de entender que a veces, el sufrimiento es también una forma de decir: “no puedo más con esta forma de estar vivo”. Y quizá, aunque duela, eso pueda ser un punto de partida. Un lugar desde donde reconstruir, desde lo pequeño: una palabra, una presencia, una pausa.

A veces, en mi bandeja de entrada aparecen los reportes del SIVIGILA. El lenguaje con el que llegan es tan frío como mecánico: “Paciente refiere ideación, conducta autolítica o intento de suicidio. Refiere carga emocional. Factores de riesgo: abandono parental, ruptura amorosa, pobreza, violencias, enfermedad, consumo”. Pero detrás de cada ítem hay una vida que no cabe en ninguna categoría. Hay una abuela criando sola, un celular que nunca deja de sonar, una tarde sin merienda, una casa vacía, un amanecer sin propósito. Hay una vida suspendida. Y a veces, también, una pregunta lanzada al vacío, con la esperanza de que alguien la escuche.

Byung-Chul Han habla de reaprender a contemplar. De darle valor al silencio, a la sombra, a lo que no produce. Tal vez eso es lo que más nos hace falta hoy en Chigorodó: dejar de correr a buscar soluciones, y atrevernos a simplemente estar. A acompañar la tristeza sin querer arrancarla de raíz. A sentarnos junto al río, en silencio, como aquella adolescente, y quedarnos un rato ahí. Sin promesas, pero también sin huir.

Quizá no sea la esperanza brillante lo que termine salvándonos. Tal vez la esperanza real se parezca más a un cansancio que no miente. A una tristeza que ya no necesita esconderse. A una comunidad que se sienta a escuchar su propio dolor sin temor a ahogarse en él.

Yo no tengo respuestas. Solo historias. En cada una, hay una tristeza que aún no se rinde. Un sufrimiento que respira. Una esperanza que, aunque no sonría, sigue aquí.

Termino citando las palabras de cierre del último libro de Han, en una expresión que toma del poeta romántico Achim von Arnim - “La esperanza está emparentada con la fe y el amor”. Y, concluye: “Quien tiene esperanza ama o crece, se entrega al otro y trasciende la inmanencia del yo”.

 

Con esperanza,  José Gañan Bedoya. 


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