jueves, 12 de junio de 2025

Entre diplomas y posgrados, muchos profesionales han olvidado lo esencial: estar presentes frente al dolor humano.

 


Hace poco, el psiquiatra José Luis Marín lanzó una afirmación que retumbó como campanazo en medio del ruido profesional: “seis de cada diez personas que van a terapia no mejoran, y una de cada diez incluso empeora”. Lo dijo sin adornos, en una entrevista en La Vanguardia. Y por más incómodo que resulte, cuesta no detenerse ante esa cifra que, más que un dato, parece un grito. Porque no es la técnica, ni siempre el paciente: es, muchas veces, el terapeuta quien no está a la altura.

Marín habla del “factor T”, una especie de X emocional que marca la diferencia entre que alguien sane en seis sesiones o quede atrapado en ochenta sin rumbo. Él, con cuatro décadas a sus espaldas y una vocación que no parece haber envejecido, insiste en que este factor no es mágico ni innato. Hay que enseñarlo, practicarlo, corregirlo. Y lo más difícil: evaluarlo sin egos. Su mensaje es claro y exigente: si no estamos dispuestos a transformarnos, difícilmente lograremos que otros lo hagan.

Esa idea choca de frente con un modelo educativo que todavía confunde diplomas con competencia. Hay quienes coleccionan títulos como quien acumula medallas, sin notar que un posgrado, si solo sirve para sumar ceros al sueldo o escalar un cargo, no tiene nada de útil y mucho de ornamento. Ese tipo de formación produce profesionales huecos, más hábiles para llenar formatos y test que para sostener a alguien que llora del otro lado del consultorio. Y mientras tanto, se expande una cultura emocional de escaparate: frases motivacionales, soluciones enlatadas, sonrisas forzadas. Todo eso, disfrazado de ayuda, banaliza el dolor de verdad.

El argumento de la "baja adherencia" —ese comodín que tanto se usa para explicar por qué un paciente no vuelve al psicólogo— empieza a sonar más a excusa que a análisis. Porque si no nos preguntamos qué está fallando en nuestra capacidad de vincularnos, entonces ¿de qué sirve tanto estudio? Tal vez el problema no sea el otro, sino lo que nosotros no supimos ver, escuchar o sostener. Es más cómodo culpar a la resistencia del paciente que revisar nuestras propias carencias. Y mientras tanto, muchos siguen saliendo del consultorio igual o peor de solos que como entraron.

Lo vivimos en carne propia. Marzo de 2020, pandemia, caos global. En Chigorodó, un puñado de psicólogos y voluntarios decidimos juntarnos, sin presupuesto ni aplausos, para abrir un espacio de escucha real. Así nació el Centro de Atención Psicosocial (CAPS) en Salud Mental. Lo que empezó como un acto de ciudadanía terminó convirtiéndose en un refugio para más de 2.800 personas durante cuatro años. Fuimos a barrios, veredas y comunidades indígenas, entre otros lugares. Lo que vimos fue demoledor: seis de cada diez personas expresaron ideas suicidas. No solo pensamientos vagos, sino deseos muy concretos de rendirse. Y lo dijeron entre lágrimas, con un dolor que no se tapa con técnicas ni frases hechas.

Hoy el CAPS-SM ya no existe. Se lo tragó la burocracia, sin evaluaciones técnicas ni voluntad de diálogo. Nunca se intentó integrarlo a través de la Ley 720 de 2001, que precisamente permite formalizar este tipo de voluntariados. Una oportunidad perdida por mirar con desprecio lo que no encaja en los moldes institucionales. Así de frágiles son algunos logros cuando no hay voluntad política de escuchar el sufrimiento real.

Entonces, ¿Qué hacemos con todo esto? Primero, cambiar el enfoque. Las universidades deben volver a enseñar humanidad. No basta con formar en teorías y protocolos. Hay que enseñar a escuchar con el cuerpo entero, a mirar sin juicios, a sostener el silencio cuando no hay palabras. Las investigaciones lo confirman: la relación terapéutica pesa tanto (o más) que la técnica. La empatía, la presencia real, la capacidad de estar ahí, incluso en el dolor ajeno, es lo que más ayuda a sanar.

Carl Rogers ya lo decía en los años 50: sin autenticidad, sin coherencia emocional, el terapeuta no es más que un eco vacío. Y en estos tiempos tan cambiantes, se vuelve imprescindible sumar flexibilidad cultural. No todos los pacientes caben en el mismo manual. Entender sus contextos, sus redes, su historia, es tan terapéutico como cualquier intervención.

Y, sobre todo, necesitamos humildad. La verdadera psicoterapia no es un campo para egos inflados ni certezas absolutas. Es una práctica que exige revisión constante, aprendizaje permanente y, por qué no, la capacidad de decir “no sé”. Porque quien se cree dueño de la verdad, difícilmente puede acompañar a otro en la búsqueda de la suya.

En el fondo, lo que se necesita no es otra malla curricular, sino un pacto ético con la profesión. Hacer memoria del motivo que nos llevó a estudiar esto: no fue el sueldo, ni el estatus. Fue una inquietud honda por el sufrimiento humano. Recuperar esa raíz es urgente. Porque mientras sigamos fabricando profesionales con diplomas pero sin alma, seguiremos traicionando la confianza de quienes, con todo su dolor, se sientan frente a nosotros esperando ser vistos.

Puedes consultar la publicación completa del psiquiatra José Luis Marín en:

https://www.lavanguardia.com/cribeo/estilo-de-vida/20250611/10775776/jose-luis-marin-psiquiatra-6-10-personas-vienen-terapia-no-mejoran-fallando-mmn.html    

 

Con esperanza,  José GB. 


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