Hace poco, el psiquiatra José
Luis Marín lanzó una afirmación que retumbó como campanazo en medio del ruido
profesional: “seis de cada diez personas que van a terapia no mejoran, y una de
cada diez incluso empeora”. Lo dijo sin adornos, en una entrevista en La
Vanguardia. Y por más incómodo que resulte, cuesta no detenerse ante esa cifra
que, más que un dato, parece un grito. Porque no es la técnica, ni siempre el
paciente: es, muchas veces, el terapeuta quien no está a la altura.
Marín habla del “factor T”, una
especie de X emocional que marca la diferencia entre que alguien sane en seis
sesiones o quede atrapado en ochenta sin rumbo. Él, con cuatro décadas a sus
espaldas y una vocación que no parece haber envejecido, insiste en que este
factor no es mágico ni innato. Hay que enseñarlo, practicarlo, corregirlo. Y lo
más difícil: evaluarlo sin egos. Su mensaje es claro y exigente: si no estamos
dispuestos a transformarnos, difícilmente lograremos que otros lo hagan.
Esa idea choca de frente con un
modelo educativo que todavía confunde diplomas con competencia. Hay quienes
coleccionan títulos como quien acumula medallas, sin notar que un posgrado, si
solo sirve para sumar ceros al sueldo o escalar un cargo, no tiene nada de útil
y mucho de ornamento. Ese tipo de formación produce profesionales huecos, más hábiles
para llenar formatos y test que para sostener a alguien que llora del otro lado
del consultorio. Y mientras tanto, se expande una cultura emocional de
escaparate: frases motivacionales, soluciones enlatadas, sonrisas forzadas.
Todo eso, disfrazado de ayuda, banaliza el dolor de verdad.
El argumento de la "baja
adherencia" —ese comodín que tanto se usa para explicar por qué un
paciente no vuelve al psicólogo— empieza a sonar más a excusa que a análisis.
Porque si no nos preguntamos qué está fallando en nuestra capacidad de
vincularnos, entonces ¿de qué sirve tanto estudio? Tal vez el problema no sea
el otro, sino lo que nosotros no supimos ver, escuchar o sostener. Es más
cómodo culpar a la resistencia del paciente que revisar nuestras propias
carencias. Y mientras tanto, muchos siguen saliendo del consultorio igual o
peor de solos que como entraron.
Lo vivimos en carne propia. Marzo
de 2020, pandemia, caos global. En Chigorodó, un puñado de psicólogos y
voluntarios decidimos juntarnos, sin presupuesto ni aplausos, para abrir un
espacio de escucha real. Así nació el Centro de Atención Psicosocial (CAPS) en
Salud Mental. Lo que empezó como un acto de ciudadanía terminó convirtiéndose
en un refugio para más de 2.800 personas durante cuatro años. Fuimos a barrios,
veredas y comunidades indígenas, entre otros lugares. Lo que vimos fue
demoledor: seis de cada diez personas expresaron ideas suicidas. No solo
pensamientos vagos, sino deseos muy concretos de rendirse. Y lo dijeron entre
lágrimas, con un dolor que no se tapa con técnicas ni frases hechas.
Hoy el CAPS-SM ya no existe. Se
lo tragó la burocracia, sin evaluaciones técnicas ni voluntad de diálogo. Nunca
se intentó integrarlo a través de la Ley 720 de 2001, que precisamente permite
formalizar este tipo de voluntariados. Una oportunidad perdida por mirar con
desprecio lo que no encaja en los moldes institucionales. Así de frágiles son
algunos logros cuando no hay voluntad política de escuchar el sufrimiento real.
Entonces, ¿Qué hacemos con todo esto?
Primero, cambiar el enfoque. Las universidades deben volver a enseñar
humanidad. No basta con formar en teorías y protocolos. Hay que enseñar a
escuchar con el cuerpo entero, a mirar sin juicios, a sostener el silencio
cuando no hay palabras. Las investigaciones lo confirman: la relación
terapéutica pesa tanto (o más) que la técnica. La empatía, la presencia real,
la capacidad de estar ahí, incluso en el dolor ajeno, es lo que más ayuda a
sanar.
Carl Rogers ya lo decía en los
años 50: sin autenticidad, sin coherencia emocional, el terapeuta no es más que
un eco vacío. Y en estos tiempos tan cambiantes, se vuelve imprescindible sumar
flexibilidad cultural. No todos los pacientes caben en el mismo manual.
Entender sus contextos, sus redes, su historia, es tan terapéutico como
cualquier intervención.
Y, sobre todo, necesitamos
humildad. La verdadera psicoterapia no es un campo para egos inflados ni
certezas absolutas. Es una práctica que exige revisión constante, aprendizaje
permanente y, por qué no, la capacidad de decir “no sé”. Porque quien se cree
dueño de la verdad, difícilmente puede acompañar a otro en la búsqueda de la
suya.
En el fondo, lo que se necesita
no es otra malla curricular, sino un pacto ético con la profesión. Hacer
memoria del motivo que nos llevó a estudiar esto: no fue el sueldo, ni el
estatus. Fue una inquietud honda por el sufrimiento humano. Recuperar esa raíz
es urgente. Porque mientras sigamos fabricando profesionales con diplomas pero
sin alma, seguiremos traicionando la confianza de quienes, con todo su dolor,
se sientan frente a nosotros esperando ser vistos.
Puedes consultar la publicación
completa del psiquiatra José Luis Marín en:
Con esperanza, José GB.

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