sábado, 10 de enero de 2026

Entre el cansancio y el absurdo: vivir cuando nada parece valer la pena.

 




Hay dolores que no gritan. No sangran. No dejan moretones. Pero se quedan. Arthur Schopenhauer lo sabía bien cuando afirmó que el tedio puede ser tan insoportable como el sufrimiento físico. Para él, no hacer nada, no esperar nada, no desear nada, no proyectarse hacia ningún lugar, es una forma profunda de tormento. Por eso escribió —con una crudeza que aún incomoda— que en algunas cárceles el castigo no era el látigo, sino el propio tedio, capaz de llevar a algunos hombres al suicidio.

No hablaba del aburrimiento ligero de una tarde sin planes, sino de ese vacío prolongado que se instala cuando la vida pierde dirección. “El hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento”, escribió Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, recordándonos que incluso cuando cesa el dolor, no necesariamente aparece la paz.

Hoy no hacen falta barrotes para experimentar ese castigo. Basta el aislamiento, la rutina sin sentido, la repetición mecánica de los días. Basta sentirse prescindible. El tedio ya no vive solo en las prisiones: habita habitaciones silenciosas, empleos despersonalizados, pantallas infinitas y vidas que siguen funcionando aunque por dentro estén exhaustas.

Albert Camus llamó a este choque entre el deseo humano de sentido y un mundo que no lo garantiza “el absurdo”. En El mito de Sísifo dejó una advertencia contundente: el suicidio no nace siempre del dolor extremo, sino de la sensación de que nada vale realmente la pena. Sin embargo, Camus no se rindió ante el vacío; propuso la rebelión íntima de seguir viviendo, aun sin respuestas definitivas.

Más recientemente, Byung-Chul Han ha descrito otra cara del mismo problema. En La sociedad del cansancio señala que no vivimos solo agotados por la falta, sino por el exceso: de estímulos, de exigencias, de rendimiento. Paradójicamente, tanto la carencia como la saturación pueden desembocar en el mismo punto: una vida que pierde profundidad y se vuelve difícil de habitar.

Tal vez el mayor riesgo del tedio no sea el aburrimiento, sino la erosión lenta del sentido. Cuando una persona ya no encuentra motivos para levantarse, cuando el mañana no promete nada distinto, el silencio se vuelve pesado y la existencia empieza a doler.

Cuidar la salud mental, entonces, no es solo aliviar el sufrimiento evidente, sino defender el sentido de la vida cotidiana. Porque cuando el sentido desaparece, incluso la calma puede volverse insoportable.

 

Por José Gañan Bedoya – psicólogo

Chigorodó, 10-01-2026.

Portada generada por IA – Prompt generado por el autor de la columna.

 

Nota: Este escrito surge de una inquietud personal más que de una certeza. De una lectura que no busca consuelo rápido, sino comprensión. Las ideas aquí compartidas fueron tomando forma a partir del encuentro con Arthur Schopenhauer y su mirada implacable sobre el tedio y el sufrimiento humano, en el marco del avance por el curso online de filosofía profunda “Aprenda Filosofía”, orientado por el profesor Danilo Drumond. Más que una clase, ha sido una invitación a pensar la vida sin adornos, a mirarla de frente y, aun así, seguir habitándola. Por esa razón, hoy la comparto con quienes visitan y leen este espacio.











No hay comentarios:

Publicar un comentario