Hay dolores que no gritan. No sangran. No dejan moretones. Pero se
quedan. Arthur Schopenhauer lo sabía bien cuando afirmó que el tedio puede ser
tan insoportable como el sufrimiento físico. Para él, no hacer nada, no esperar
nada, no desear nada, no proyectarse hacia ningún lugar, es una forma profunda
de tormento. Por eso escribió —con una crudeza que aún incomoda— que en algunas
cárceles el castigo no era el látigo, sino el propio tedio, capaz de llevar a
algunos hombres al suicidio.
No hablaba del aburrimiento ligero de una tarde sin planes, sino
de ese vacío prolongado que se instala cuando la vida pierde dirección. “El
hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento”, escribió
Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, recordándonos que
incluso cuando cesa el dolor, no necesariamente aparece la paz.
Hoy no hacen falta barrotes para experimentar ese castigo. Basta
el aislamiento, la rutina sin sentido, la repetición mecánica de los días.
Basta sentirse prescindible. El tedio ya no vive solo en las prisiones: habita
habitaciones silenciosas, empleos despersonalizados, pantallas infinitas y
vidas que siguen funcionando aunque por dentro estén exhaustas.
Albert Camus llamó a este choque entre el deseo humano de sentido
y un mundo que no lo garantiza “el absurdo”. En El mito de Sísifo dejó una
advertencia contundente: el suicidio no nace siempre del dolor extremo, sino de
la sensación de que nada vale realmente la pena. Sin embargo, Camus no se
rindió ante el vacío; propuso la rebelión íntima de seguir viviendo, aun sin
respuestas definitivas.
Más recientemente, Byung-Chul Han ha descrito otra cara del mismo
problema. En La sociedad del cansancio señala que no vivimos solo agotados por
la falta, sino por el exceso: de estímulos, de exigencias, de rendimiento.
Paradójicamente, tanto la carencia como la saturación pueden desembocar en el
mismo punto: una vida que pierde profundidad y se vuelve difícil de habitar.
Tal vez el mayor riesgo del tedio no sea el aburrimiento, sino la
erosión lenta del sentido. Cuando una persona ya no encuentra motivos para
levantarse, cuando el mañana no promete nada distinto, el silencio se vuelve
pesado y la existencia empieza a doler.
Cuidar la salud mental, entonces, no es solo aliviar el sufrimiento
evidente, sino defender el sentido de la vida cotidiana. Porque cuando el
sentido desaparece, incluso la calma puede volverse insoportable.
Por José Gañan Bedoya – psicólogo
Chigorodó, 10-01-2026.
Portada generada por IA – Prompt generado por el autor de la
columna.
Nota: Este escrito surge de
una inquietud personal más que de una certeza. De una lectura que no busca
consuelo rápido, sino comprensión. Las ideas aquí compartidas fueron tomando
forma a partir del encuentro con Arthur Schopenhauer y su mirada implacable
sobre el tedio y el sufrimiento humano, en el marco del avance por el curso
online de filosofía profunda “Aprenda Filosofía”, orientado por el profesor
Danilo Drumond. Más que una clase, ha sido una invitación a pensar la vida sin
adornos, a mirarla de frente y, aun así, seguir habitándola. Por esa razón, hoy
la comparto con quienes visitan y leen este espacio.
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