Octavio Paz —escritor y poeta
mexicano (1914-1998), ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990— sugiere
en su poema Piedra de sol, sin decirlo como consigna, que el ser humano moderno
ha olvidado algo esencial: la experiencia viva de estar aquí. No se trata
simplemente de sobrevivir, cumplir funciones o producir resultados, sino de
sentir la rareza, la fragilidad y la intensidad de existir. Ese olvido no es
poético: es profundamente psicológico.
Viktor Frankl —desde la
logoterapia— recordó que el ser humano puede soportar casi cualquier
circunstancia si encuentra un sentido. Y ese sentido, muchas veces, no aparece
en grandes proyectos, sino en experiencias pequeñas pero profundamente vividas:
una conversación honesta, un acto de cuidado, un instante de belleza.
El asombro no es un lujo
intelectual ni un privilegio de poetas. Es una habilidad psicológica
entrenable, y también una estrategia concreta de cuidado de la salud física y
mental. Algunas prácticas sencillas pueden ayudar a desarrollarla:
Caminar sin audífonos, soltar el
celular, respirar conscientemente, sentir el cansancio y la energía. El cuerpo
es el primer lugar donde la vida se manifiesta.
No todo debe ser inmediato. El
asombro necesita tiempo, silencio y atención.
Escribir, hablar, reflexionar.
Poner palabras a la experiencia la vuelve consciente.
Cuidar los vínculos: el otro nos
devuelve al presente –la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los
vecinos. La vida se intensifica cuando es compartida con el otro.
Estar siempre conscientes de que
la vida es finita no la empobrece; la vuelve urgente y valiosa. La vivimos con
mayor intensidad, entre otras cosas.
Recuperar el asombro de estar
vivos no es solo un asunto individual. En contextos marcados por la violencia,
la desigualdad, la precariedad y el miedo, defender la vida como experiencia
significativa es un acto ético y político. Cuidar la salud física y mental no
es anestesiar el dolor social, sino fortalecer la capacidad de sentir, pensar y
actuar con sentido, con mayor conciencia.
Tal vez —como sugiere Paz— no
necesitamos respuestas inmediatas, sino volver a mirar la vida con ojos menos
cansados. Recordar que estar vivos no es obvio. Que cada día es, en sí mismo,
un acontecimiento. Y que el asombro, lejos de ser ingenuo, puede ser una de las
formas más profundas de resistencia humana.
Por José Gañan Bedoya –psicólogo.
Fotografía: Lic. Naty Yela
Salazar.
Chigorodó, 17-01-2026

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