domingo, 7 de junio de 2026

Dentro de pocos días Colombia elige. Urabá vota con las heridas abiertas.

 


Hay territorios donde las elecciones son simples ejercicios democráticos.

Urabá no es uno de ellos.

Aquí los votos pesan distinto porque la memoria pesa distinto.

Durante décadas, esta región aprendió a convivir con múltiples formas de violencia: la violencia armada, la violencia económica, la exclusión histórica, el desplazamiento, la precarización, el abandono institucional y la normalización cotidiana del sufrimiento humano.

Hablar electoralmente de Urabá sin comprender esto es observar únicamente la superficie de un fenómeno mucho más profundo.

Por eso, reducir una elección a la pregunta de quién ganó o perdió resulta insuficiente.

La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Qué nos dice esta votación sobre el estado emocional, histórico y social de un territorio?

El psicólogo Ignacio Martín-Baró advertía que las guerras, la exclusión y la violencia prolongada no terminan cuando cesan las armas.

Permanecen inscritas en la subjetividad colectiva.

El trauma psicosocial no es solamente individual: se instala en las relaciones, en la confianza, en las instituciones, en las formas de interpretar el peligro y también en las maneras de comprender el poder.

Tal vez allí comienza la primera dificultad para interpretar a Urabá.

Porque esta región no vota únicamente desde ideas.

También vota desde memorias.

También vota desde emociones.

También vota desde heridas.

Durante décadas, los habitantes de esta subregión aprendieron algo profundamente humano: vivir en incertidumbre.

Aprendieron a reorganizar sus vidas alrededor del miedo, la pérdida, la inestabilidad y la necesidad permanente de adaptación.

Cuando eso ocurre durante generaciones, las consecuencias no solamente aparecen en indicadores económicos o de seguridad.

Aparecen en la salud mental colectiva.

Aparecen en el tejido social.

Aparecen en las expectativas sobre el futuro.

Aparecen en la política.

Desde la psicología social latinoamericana, Maritza Montero ha insistido en que las comunidades no pueden entenderse aisladas de las condiciones históricas que las producen.

El sujeto no existe separado del territorio que habita.

La subjetividad también tiene geografía.

Y la geografía de Urabá ha sido compleja.

Urabá ha sido puerto, frontera, corredor económico, territorio estratégico, receptor de desplazamientos, escenario de disputas y laboratorio permanente de supervivencia social.

Orlando Fals Borda entendió esto mejor que muchos académicos de escritorio:

Los territorios no pueden explicarse únicamente desde cifras o instituciones.

Deben comprenderse desde la experiencia concreta de quienes viven en ellos.

Y la experiencia concreta de Urabá ha sido, durante demasiado tiempo, aprender a resistir.

Sin embargo, resistir permanentemente también tiene costos psicológicos.

Ninguna sociedad puede exponerse indefinidamente al miedo sin transformarse.

Ninguna comunidad puede convivir durante décadas con incertidumbre sin modificar sus expectativas.

Ninguna generación atraviesa procesos prolongados de victimización sin alterar la manera en que comprende la seguridad, la autoridad o el cambio.

Alfredo Molano escribió gran parte de su obra caminando los territorios, escuchando campesinos, víctimas, desplazados y sobrevivientes.

Entendió algo fundamental:

Colombia rara vez puede explicarse únicamente desde Bogotá.

Urabá tampoco.

Porque los territorios cargan memorias que las estadísticas no registran.

Y esas memorias participan silenciosamente en cada elección.

En pocos días Colombia elegirá presidente.

Y una vez más, los votos de regiones históricamente victimizadas —el Urabá, el Pacífico, los Llanos, el Caribe— serán leídos desde Bogotá con las herramientas equivocadas:

Mapas de colores.

Porcentajes.

Tendencias.

Pocas veces con la pregunta que realmente importa:

¿Desde dónde votan estas comunidades?

Paulo Freire advertía que la opresión prolongada no solamente produce pobreza material.

También moldea formas de conciencia, participación y esperanza.

Una sociedad constantemente expuesta a la exclusión termina reorganizando sus expectativas sobre aquello que considera posible.

Y hay que decirlo con claridad:

Ese empobrecimiento de expectativas no ocurre por azar.

Ocurre porque el Estado ha estado ausente donde más se le necesitaba.

Porque los sistemas de partidos han administrado históricamente estos territorios como reservas de votos y no como comunidades con derechos.

Y porque el abandono institucional sostenido termina siendo, también, una forma de violencia política.

Quizá allí aparezca una de las discusiones más difíciles para nuestra región:

¿Estamos votando únicamente por proyectos políticos?

¿O estamos votando también desde el cansancio acumulado?

Porque la crisis emocional contemporánea no ocurre en el vacío.

La creciente presencia de sufrimiento psíquico, conflictos familiares, consumo problemático, violencia interpersonal, desesperanza y conductas autolesivas no puede analizarse separada de las condiciones materiales, históricas y comunitarias.

La salud mental también es una conversación sobre territorio.

También es una conversación sobre desigualdad.

También es una conversación sobre memoria.

Urabá merece algo distinto a convertirse periódicamente en noticia cuando aparecen elecciones, violencia o estadísticas alarmantes.

Merece ser comprendido como un territorio profundamente humano, complejo y emocionalmente exigido.

Por eso la discusión importante no es quién obtuvo más votos.

La pregunta realmente incómoda es otra:

¿Cuántas generaciones necesita una región para recuperarse emocionalmente de décadas enteras de miedo, abandono e indiferencia institucional?

Porque Urabá no está votando solamente por el futuro.

Tal vez sigue votando, todavía, con las heridas abiertas.

 

Por José Gañan Bedoya – Psicólogo
Chigorodó, Antioquia – Colombia
07 de junio de 2026





No hay comentarios:

Publicar un comentario