Aquella mañana de Semana Santa, mientras
el calor se deslizaba lento por las paredes como una sombra espesa, encontré un
breve escrito de Dietrich Bonhoeffer sobre la estupidez humana. No era un texto
largo, pero tenía el peso de las verdades que no necesitan gritar para ser
devastadoras. Y entonces, sin saber cómo, como si la memoria tuviera voluntad
propia, regresé a Macondo.
No al Macondo de los libros, sino
a ese otro que a veces se parece demasiado al nuestro.
Recordé la peste del insomnio.
Aquella enfermedad silenciosa que primero les robó el sueño, luego los
recuerdos, y finalmente el sentido mismo de las cosas. Los habitantes,
desesperados, comenzaron a olvidar los nombres, los usos, las razones. La
realidad empezó a deshacerse como una tela vieja entre sus manos.
Entonces hicieron lo único que
pudieron: empezaron a escribir. Y así, con palabras clavadas como estacas,
intentaron sostener un mundo que se les iba desmoronando por dentro.
Pensé en eso porque, hace poco,
Macondo estuvo de fiesta.
Las calles se llenaron de gente
de aquí y de allá, de ruido, música, luces, de risas que parecían sinceras y de
otras que solo querían parecerlo. La gente bailaba como si la alegría fuera una
obligación y la bebida una forma de absolución, como si olvidar fuera una
manera legítima de sobrevivir.
Incluso hubo quien, desde un
lugar de autoridad y aplausos, dijo sin temblar:
—Macondo se
merece lo mejor. Y luego añadió, con una ligereza que no era
inocente: —En las fiestas de Macondo todo
se vale.
Aquellas frases se me quedaron
clavadas en el pecho como una espina que no se ve pero no deja respirar. ¿Se
merece lo mejor? ¿Todo se vale?
¿Se vale la risa cuando el hambre
no ha sido invitada a la fiesta pero sigue sentada en la mesa?
¿Se vale el derroche en un pueblo
donde hay quienes no saben dónde dormir?
¿Se vale el olvido en un pueblo
donde la incertidumbre y el crimen muerden cada día como un perro sin dueño?
Fue entonces cuando las palabras
de Bonhoeffer empezaron a hacerse presentes, no como una idea, sino como una
sospecha incómoda: que lo que estaba ocurriendo en Macondo no era simple
ignorancia, ni descuido, ni siquiera maldad.
Era algo más profundo.
Porque la estupidez —decía él— no
nace de la falta de inteligencia, sino de la renuncia a pensar. No es un
defecto de la mente, sino una enfermedad del espíritu que se contagia cuando el
poder logra que los hombres entreguen, sin resistencia, su capacidad de juzgar
y actuar.
Y en Macondo, como en tantos
lugares, había quienes habían empezado a pensar menos… y a obedecer más.
Esa misma noche, cuando la música
aún no se apagaba y los cuerpos seguían celebrando como si el tiempo no tuviera
consecuencias, apareció una mujer anciana. Llegó sin anuncio, como llegan las verdades
incómodas. Venía de una vereda pidiendo ayuda, con la voz quebrada y los ojos
ardiendo más que las llamas que consumían su casa. Dentro, dijo, estaba su
nieta. Se está quemando.
Corrimos a buscar a los bomberos…,
porque en Macondo todavía se cree —o se creía— que el fuego se combate y la
vida se defiende. Pero ellos, con una tristeza que no cabía en sus uniformes,
dijeron que no podían ayudar. No porque no quisieran.
Porque hacía más de un año
alguien, desde esos lugares donde se decide sin piedad, les había dicho que no
eran necesarios. Que Macondo podía prescindir de ellos. —No los necesitamos.
Aquellas palabras no fueron solo
un desprecio: fueron una orden disfrazada de sentido común. Y como toda orden
que se repite lo suficiente, terminó por parecer verdad.
Bonhoeffer lo había advertido:
cuando el poder se impone, no siempre necesita convencer; le basta con
domesticar. Y entonces los hombres dejan de preguntarse si algo es correcto, y
comienzan simplemente a actuar como si lo fuera.
Y así, sin ruido, sin escándalo,
sin que nadie lo notara del todo, Macondo había empezado a renunciar a su
propia conciencia.
Lo más terrible no era la
decisión.
Era la obediencia.
Frente a ellos estaban las
máquinas cargadas de agua y combustible, intactas, silenciosas, esperando. Pero
ya no sabían cómo se llamaban. Ni para qué servían. Como si la memoria,
ofendida, hubiera decidido retirarse.
Y comprendí entonces algo que no
se puede decir sin que duela: que la estupidez es más peligrosa que la maldad.
Porque el mal, al menos, se reconoce en su sombra. Pero la estupidez actúa con
la serenidad de quien cree estar haciendo lo correcto.
El mal duda. La estupidez, no. Por
eso no escucha. No discute. No aprende. Se encierra en una burbuja donde todo
lo que contradice su mundo es rechazado como una amenaza. Y allí, en ese
encierro, se vuelve capaz de justificar cualquier cosa: la indiferencia, el
silencio, el abandono, la omisión.
—No era mi responsabilidad.
—Yo solo obedecía.
—No podía hacer nada.
—Ya se había hecho lo que se
tenía que hacer.
Frases pequeñas, pero
devastadoras.
Porque en ellas no hay maldad
abierta… pero sí una renuncia completa a la responsabilidad.
Fue necesario empezar de nuevo.
Como en los días de la peste.
Alguien tomó un papel y escribió:
“Esta es una máquina para apagar incendios.” Otro añadió: “Sirve para salvar
vidas.”
Y poco a poco, como quien
reconstruye un sueño roto, los bomberos fueron recordando.
Recordaron los nombres.
Recordaron los gestos. Recordaron para qué estaban allí.
Porque hay algo que ni el poder
ni el miedo pueden borrar del todo: la memoria que se defiende.
Y entonces, sin pensarlo más,
subieron, encendieron motores y salieron para la vereda. Porque hay memorias
que no pueden darse el lujo de desaparecer.
Las llamas cedieron.
La vida, por poco, se sostuvo;
sin embargo, ya había dolor, ya había daño.
Después, cuando la música se
apagó y las luces dejaron de fingir alegría, Macondo empezó a despertar. No del
insomnio, sino de algo más profundo: del olvido voluntario, de esa forma silenciosa
de estupidez que impide hacer lo que por obligación nos toca hacer.
Y en ese silencio que queda
después de toda fiesta, cuando ya no hay con qué distraerse de uno mismo,
empezó a hacerse evidente lo que nadie quiso decir en voz alta: Que no todo se
vale. Que no todo fue felicidad. Y que, entre tanto baile y derroche, también
hubo dolor y daño.
Porque una sociedad no se pierde
solo cuando hace el mal, sino cuando deja de reconocerlo.
Y quizá —como sospechaba
Bonhoeffer— la única forma de resistir no es gritar más fuerte, sino pensar
mejor. No es obedecer menos por rebeldía, sino por conciencia. No es escapar
del poder, sino negarse a entregarle aquello que nos hace humanos: la capacidad
de juzgar, de dudar, de decir no.
Tal vez Macondo no estaba enfermo
de olvido.
Tal vez lo que tenía —lo que tenemos—
es algo más peligroso:
La costumbre de no preguntar… y
de creer que todo se vale.
Por José Gañan Bedoya – psicólogo
Chigorodó Antioquia, 01-04-2026
Esta columna dialoga con las
reflexiones de Dietrich Bonhoeffer sobre la estupidez, con la noción de
banalidad del mal de Hannah Arendt y con la metáfora del olvido presente en la
obra de Gabriel García Márquez.
Bonhoeffer,
D. (2010). Resistencia y sumisión: Cartas y apuntes desde la prisión. Ediciones
Sígueme.
García
Márquez, G. (2007). Cien años de soledad. Editorial Sudamericana.
Arendt, H.
(2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen.

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