En los márgenes de un pueblo
olvidado por el mundo, un cuerpo llega arrastrado por el mar. No es cualquier
cuerpo. Es desmesurado, hermoso, imposible. Las mujeres lo miran y, al mirarlo,
hacen algo profundamente humano: lo imaginan. Le dan un nombre —Esteban—, una
historia, un peso simbólico que excede su carne. Lo que antes era un cadáver,
ahora es dignidad.
Ese gesto, aparentemente ingenuo,
encierra una verdad incómoda: no es la muerte la que define lo humano, sino la
forma en que la rodeamos de sentido. -Hoy asistimos a otra escena, más
silenciosa pero igual de inquietante. Personas atravesadas por dolores
insoportables, enfermedades irreversibles o sufrimientos psíquicos
devastadores, comienzan a invocar el derecho a morir con dignidad.
Ya no se trata solo de morir,
sino de cómo morir, cuándo y bajo qué condiciones de humanidad. Sin embargo,
hay algo que no podemos perder de vista: incluso en estos escenarios límite, el
sufrimiento no ocurre en el vacío. -No es únicamente una experiencia
individual, encapsulada en el cuerpo o en la mente. Es, ante todo, un fenómeno
relacional. Allí donde alguien pide morir, también habla —de formas a veces
imperceptibles— la historia de sus vínculos, de sus pérdidas, de sus ausencias.
Si en aquel pueblo las mujeres
rescatan la dignidad de un muerto imaginándolo, en nuestra realidad
contemporánea algunos sujetos buscan preservar la suya anticipando su final. En
ambos casos hay una resistencia silenciosa: la negativa a que la muerte sea
mero abandono. -Pero aquí emerge una tensión que no puede resolverse con
facilidad. ¿Es la dignidad algo que se protege poniendo fin a la vida, o algo
que se construye incluso en medio del dolor?
Tal vez la pregunta esté
incompleta. Antes de decidir sobre la muerte, habría que interrogar las condiciones
de la vida que la precede. -El relato nos deja una pista: la dignidad no está
en el cuerpo —ni en su belleza ni en su deterioro—, sino en el vínculo que lo
sostiene. Esteban se vuelve digno porque alguien lo mira, porque alguien lo
nombra cuando ya no puede hablar.
Quizás ese sea el punto ciego de nuestro tiempo. Hemos desarrollado la capacidad técnica para intervenir el final de la vida, pero seguimos teniendo una deuda más elemental: la de acompañar. La de no dejar solo al que sufre. -La de reconocer que, en muchos casos, la desesperación no es únicamente efecto del dolor, sino también de la intemperie relacional en la que ese dolor acontece.
Tal vez la pregunta no sea
únicamente si tenemos derecho a morir con dignidad, sino si estamos dispuestos,
como sociedad, a sostener la dignidad de la vida incluso en sus formas más
frágiles. -Porque, al final, lo verdaderamente extraordinario no fue que el mar
devolviera un cuerpo imposible, sino que alguien, frente a él, eligiera no
verlo como un resto, sino como una historia que aún merecía ser contada.
Por José Gañan Bedoya
Chigorodó Antioquia, 31 de marzo
de 2026
Fuentes bibliográficas:
Gabriel García Márquez (1972). La
increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.
Viktor Frankl (1946). El hombre
en busca de sentido.
Tom L. Beauchamp & James F. Childress (2019). Principles
of Biomedical Ethics.

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