sábado, 14 de marzo de 2026

La falsa promesa del modelo educativo posmoderno: cada vez más magísteres y doctores, cada vez menos respuestas para un mundo que muere de hambre.



Tuve la fortuna de toparme en TikTok con una publicación del escritor Manuel Fernando González Villamil —y me gustó mucho porque comparto con él una forma de pensar un tanto similar— y, de las notas que tomé, surgieron algunas ideas aplicables al contexto de nuestro país colombiano, nuestro departamento de Antioquia y nuestra subregión de Urabá y en ella -Chigorodó.

Durante décadas nos vendieron una promesa casi redentora: formar magísteres y doctores para salvar el país. El conocimiento sería la nueva palanca del desarrollo, la ciencia el motor de la economía y la universidad el laboratorio donde se incubaría el futuro. Jóvenes brillantes viajarían al extranjero, aprenderían de las mejores instituciones y regresarían para transformar la realidad nacional. La escena parecía sacada de un discurso moderno sobre progreso. Pero la realidad, como suele recordarnos la historia, tiene un humor mucho más oscuro.

Hoy abundan los doctores. Abundan también los magísteres, las publicaciones indexadas y las métricas académicas. Lo que no abunda es aquello que se nos prometió: innovación, industria, tecnología propia, soluciones para los problemas estructurales y urgentes de la sociedad. La paradoja es inquietante: mientras crecen las listas de publicaciones, decrecen las respuestas para un mundo que todavía lucha por resolver lo más básico.

Aquí aparece una ironía que pensadores como Slavoj Žižek reconocerían fácilmente: el sistema produce exactamente aquello que dice criticar. Bajo la retórica del conocimiento transformador, se consolidó una maquinaria que premia la circulación de palabras más que la transformación de la realidad. El resultado es un universo de artículos que dialogan entre sí, pero rara vez con el país que los financia.

Algo similar podría leerse desde la crítica al rendimiento que describe Byung-Chul Han: la academia se convirtió en un espacio donde el investigador debe producir constantemente —papers, citas, indicadores— hasta que el pensamiento mismo se vuelve productividad cuantificable. Pensar deja de ser un acto de comprensión del mundo y se transforma en un ejercicio de acumulación curricular, donde la inteligencia termina reducida a un mecanismo para engordar la hoja de vida.

Pero el problema es aún más estructural. Como advertiría Michel Foucault, los sistemas de saber también son sistemas de poder. La universidad no solo produce conocimiento; produce jerarquías, lenguajes legítimos y círculos cerrados de reconocimiento. Así nace una aristocracia intelectual que discute teorías complejas mientras la economía real sigue esperando soluciones.

El diagnóstico que plantea Manuel Fernando González Villamil resulta incómodo precisamente porque señala esta contradicción: un sistema que financia formación avanzada pero no crea las condiciones para que ese conocimiento se convierta en acción. Se forman doctores, pero no industrias que los necesiten; se financian tesis, pero no ecosistemas de innovación; se celebran rankings universitarios mientras la dependencia tecnológica continúa intacta.

El problema, entonces, no es la ciencia ni la educación superior. El problema es un modelo que premia el saber sin el hacer, la publicación sin la aplicación, el prestigio académico sin responsabilidad social. Así, la universidad corre el riesgo de convertirse en lo que nunca debió ser: un refugio elegante para discutir el mundo mientras el mundo sigue esperando que alguien lo cambie.

Tal vez la verdadera pregunta no sea cuántos doctores produce un país, sino cuántos de ellos logran convertir el conocimiento en realidad. Porque cuando la educación deja de dialogar con la vida, el saber deja de ser progreso y se convierte apenas en una forma sofisticada de silencio.

 

Por José Gañan Bedoya

Chigorodó Antioquia, 14 de marzo de 2026



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