Tuve la fortuna de toparme en
TikTok con una publicación del escritor Manuel Fernando González Villamil —y me
gustó mucho porque comparto con él una forma de pensar un tanto similar— y, de
las notas que tomé, surgieron algunas ideas aplicables al contexto de nuestro
país colombiano, nuestro departamento de Antioquia y nuestra subregión de Urabá
y en ella -Chigorodó.
Durante décadas nos vendieron una promesa casi redentora: formar magísteres y doctores para salvar el país. El conocimiento sería la nueva palanca del desarrollo, la ciencia el motor de la economía y la universidad el laboratorio donde se incubaría el futuro. Jóvenes brillantes viajarían al extranjero, aprenderían de las mejores instituciones y regresarían para transformar la realidad nacional. La escena parecía sacada de un discurso moderno sobre progreso. Pero la realidad, como suele recordarnos la historia, tiene un humor mucho más oscuro.
Hoy abundan los doctores. Abundan
también los magísteres, las publicaciones indexadas y las métricas académicas.
Lo que no abunda es aquello que se nos prometió: innovación, industria,
tecnología propia, soluciones para los problemas estructurales y urgentes de la
sociedad. La paradoja es inquietante: mientras crecen las listas de
publicaciones, decrecen las respuestas para un mundo que todavía lucha por
resolver lo más básico.
Aquí aparece una ironía que
pensadores como Slavoj Žižek reconocerían fácilmente: el sistema produce
exactamente aquello que dice criticar. Bajo la retórica del conocimiento
transformador, se consolidó una maquinaria que premia la circulación de
palabras más que la transformación de la realidad. El resultado es un universo
de artículos que dialogan entre sí, pero rara vez con el país que los financia.
Algo similar podría leerse desde
la crítica al rendimiento que describe Byung-Chul Han: la academia se convirtió
en un espacio donde el investigador debe producir constantemente —papers,
citas, indicadores— hasta que el pensamiento mismo se vuelve productividad
cuantificable. Pensar deja de ser un acto de comprensión del mundo y se
transforma en un ejercicio de acumulación curricular, donde la inteligencia
termina reducida a un mecanismo para engordar la hoja de vida.
Pero el problema es aún más
estructural. Como advertiría Michel Foucault, los sistemas de saber también son
sistemas de poder. La universidad no solo produce conocimiento; produce
jerarquías, lenguajes legítimos y círculos cerrados de reconocimiento. Así nace
una aristocracia intelectual que discute teorías complejas mientras la economía
real sigue esperando soluciones.
El diagnóstico que plantea Manuel Fernando González Villamil resulta incómodo precisamente porque señala esta contradicción: un sistema que financia formación avanzada pero no crea las condiciones para que ese conocimiento se convierta en acción. Se forman doctores, pero no industrias que los necesiten; se financian tesis, pero no ecosistemas de innovación; se celebran rankings universitarios mientras la dependencia tecnológica continúa intacta.
El problema, entonces, no es la
ciencia ni la educación superior. El problema es un modelo que premia el saber
sin el hacer, la publicación sin la aplicación, el prestigio académico sin
responsabilidad social. Así, la universidad corre el riesgo de convertirse en
lo que nunca debió ser: un refugio elegante para discutir el mundo mientras el
mundo sigue esperando que alguien lo cambie.
Tal vez la verdadera pregunta no
sea cuántos doctores produce un país, sino cuántos de ellos logran convertir el
conocimiento en realidad. Porque cuando la educación deja de dialogar con la
vida, el saber deja de ser progreso y se convierte apenas en una forma
sofisticada de silencio.
Por José Gañan Bedoya
Chigorodó Antioquia, 14 de marzo
de 2026
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