jueves, 12 de marzo de 2026

Cuando la escuela se mira al espejo

 


Esta mañana vivimos una de esas jornadas que recuerdan por qué algunas profesiones no se ejercen solamente con la mente, sino también con el corazón y, sobre todo, por vocación.

Tuve la oportunidad de participar en una jornada de trabajo con docentes y orientadores de la Institución Educativa Agrícola de Urabá (IEAU), una comunidad educativa que reúne cerca de 2.800 estudiantes. Allí revisamos el Plan de Acción del Escuchadero, un espacio que, más que un programa institucional, se ha convertido en una pequeña trinchera cotidiana en defensa de la vida.

La agenda, en principio, era técnica. Hablamos de matrices normativas —Ley 1616 de 2013, Ley 2460 de 2025, Ley 2518 de 2025 y la Resolución 347 de 2026—, de herramientas pedagógicas de autoevaluación institucional, de la explicación de la Unidad de Análisis en el marco del llamado Código Dorado, así como de orientaciones para la aplicación de tamizajes en salud mental.

También se realizó la entrega de material técnico orientado a fortalecer las capacidades de las instituciones educativas en la promoción de la salud mental, la prevención del suicidio y la atención temprana de situaciones de riesgo.

En apariencia, todo era procedimiento, norma y método.

Pero algo empezó a ocurrir mientras avanzábamos.

A medida que revisábamos los instrumentos y hablábamos de prevención, de escucha y de cuidado, el ambiente se fue llenando de algo más profundo que los documentos: emociones.

Era como si, sin proponérnoslo, cada maestro se estuviera mirando en un espejo.

Porque hablar de salud mental en la escuela no es solo hablar de estudiantes. También es hablar de quienes enseñan, acompañan y sostienen silenciosamente a tantos jóvenes que cargan preguntas difíciles.

Hubo un momento especial cuando, al revisar las matrices y los criterios de evaluación, los docentes comenzaron a reconocer algo que a veces olvidamos: muchas de estas cosas ya están ocurriendo.

Las conversaciones con un estudiante después de clase.

El gesto de escuchar cuando alguien se queda en silencio.

El intento de comprender antes de juzgar.

Pequeños actos pedagógicos que no siempre aparecen en los informes, pero que son, en realidad, el verdadero tejido de una escuela que cuida.

Entonces comprendimos algo importante: las normas no llegan para reemplazar lo que ya existe, sino para darle nombre, orden y fuerza a lo que la vocación ha venido construyendo durante años.

Paulo Freire decía que la educación es un acto profundamente humano porque nace del encuentro entre personas que se reconocen incompletas y en permanente aprendizaje.

Quizás por eso el dolor, la adversidad o las preguntas difíciles que aparecen en la vida de los estudiantes también terminan educándonos a nosotros.

Nos obligan a detenernos.

A escuchar mejor.

A mirar con más profundidad.

Hoy la escuela no solo revisó matrices y planes de acción.

Hoy la escuela se miró al espejo.

Y en ese espejo no apareció únicamente el problema que aún debemos enfrentar, sino también algo mucho más esperanzador: la certeza de que ya existen manos, voces y voluntades dispuestas a cuidar la vida.

 

Por José Gañan Bedoya

Vereda la Rivera - Chigorodó Antioquia, jueves 12 de marzo de 2026





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