Esta mañana vivimos una de esas
jornadas que recuerdan por qué algunas profesiones no se ejercen solamente con
la mente, sino también con el corazón y, sobre todo, por vocación.
Tuve la oportunidad de participar
en una jornada de trabajo con docentes y orientadores de la Institución
Educativa Agrícola de Urabá (IEAU), una comunidad educativa que reúne cerca de
2.800 estudiantes. Allí revisamos el Plan de Acción del Escuchadero, un espacio
que, más que un programa institucional, se ha convertido en una pequeña
trinchera cotidiana en defensa de la vida.
La agenda, en principio, era
técnica. Hablamos de matrices normativas —Ley 1616 de 2013, Ley 2460 de 2025,
Ley 2518 de 2025 y la Resolución 347 de 2026—, de herramientas pedagógicas de
autoevaluación institucional, de la explicación de la Unidad de Análisis en el
marco del llamado Código Dorado, así como de orientaciones para la aplicación
de tamizajes en salud mental.
También se realizó la entrega de
material técnico orientado a fortalecer las capacidades de las instituciones
educativas en la promoción de la salud mental, la prevención del suicidio y la
atención temprana de situaciones de riesgo.
En apariencia, todo era
procedimiento, norma y método.
Pero algo empezó a ocurrir
mientras avanzábamos.
A medida que revisábamos los
instrumentos y hablábamos de prevención, de escucha y de cuidado, el ambiente
se fue llenando de algo más profundo que los documentos: emociones.
Era como si, sin proponérnoslo,
cada maestro se estuviera mirando en un espejo.
Porque hablar de salud mental en
la escuela no es solo hablar de estudiantes. También es hablar de quienes
enseñan, acompañan y sostienen silenciosamente a tantos jóvenes que cargan
preguntas difíciles.
Hubo un momento especial cuando,
al revisar las matrices y los criterios de evaluación, los docentes comenzaron
a reconocer algo que a veces olvidamos: muchas de estas cosas ya están
ocurriendo.
Las conversaciones con un
estudiante después de clase.
El gesto de escuchar cuando
alguien se queda en silencio.
El intento de comprender antes de
juzgar.
Pequeños actos pedagógicos que no
siempre aparecen en los informes, pero que son, en realidad, el verdadero
tejido de una escuela que cuida.
Entonces comprendimos algo
importante: las normas no llegan para reemplazar lo que ya existe, sino para
darle nombre, orden y fuerza a lo que la vocación ha venido construyendo
durante años.
Paulo Freire decía que la
educación es un acto profundamente humano porque nace del encuentro entre
personas que se reconocen incompletas y en permanente aprendizaje.
Quizás por eso el dolor, la
adversidad o las preguntas difíciles que aparecen en la vida de los estudiantes
también terminan educándonos a nosotros.
Nos obligan a detenernos.
A escuchar mejor.
A mirar con más profundidad.
Hoy la escuela no solo revisó matrices
y planes de acción.
Hoy la escuela se miró al espejo.
Y en ese espejo no apareció
únicamente el problema que aún debemos enfrentar, sino también algo mucho más
esperanzador: la certeza de que ya existen manos, voces y voluntades dispuestas
a cuidar la vida.
Por José Gañan Bedoya
Vereda la Rivera - Chigorodó
Antioquia, jueves 12 de marzo de 2026



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