Colombia ha aprendido, a veces con inquietante
facilidad, a llorar a sus víctimas mientras convive con discursos que preparan
nuevas violencias.
La violencia no impacta únicamente los cuerpos;
reconfigura la vida psíquica colectiva. Instala miedo, erosiona la confianza,
normaliza la sospecha, fragmenta los vínculos. En nuestro país, el conflicto
armado, las economías ilegales, la violencia intrafamiliar, la exclusión social
y la intimidación política han dejado huellas profundas que no siempre son
visibles, pero sí persistentes. No hablamos solo de trauma individual, sino de
una herida social que altera la manera de relacionarnos, de narrarnos y de proyectarnos
como comunidad.
Antioquia conoce bien esa pedagogía del miedo.
En sus territorios, la violencia ha operado como lenguaje de control: regula
silencios, define lealtades, impone límites a la palabra. Urabá, en particular,
es un escenario donde la historia no solo se recuerda, sino que se respira. No
basta con describirlo desde su potencial económico o su riqueza cultural; es
necesario reconocer que allí, durante décadas, la violencia ha moldeado
subjetividades.
Muchas personas no preguntan “¿qué ocurrió?”,
sino “¿qué se puede decir sin riesgo?”. Esa autocensura, sutil pero constante,
también es una forma de afectación en salud mental.
Desde la psicología política, comprender esto implica reconocer que la violencia sostenida produce adaptaciones: se aprende a convivir con lo intolerable. Se naturalizan prácticas que, en otros contextos, serían impensables. Se debilita la empatía y se fortalece la indiferencia como mecanismo de defensa. Pero esa aparente adaptación tiene un costo: la pérdida progresiva de lo humano como horizonte compartido.
El autocuidado, en este contexto, no puede
reducirse a estrategias individuales desconectadas de la realidad social.
Cuidarse también es reconstruir vínculos, dignificar la palabra, tramitar el
duelo, generar espacios de escucha, formar redes de apoyo y exigir
instituciones que no reproduzcan el daño. Humanizar las relaciones no es un
gesto ingenuo; es un acto profundamente político.
Urabá no necesita acostumbrarse a la violencia;
necesita desaprenderla. Y ese proceso exige memoria, justicia, educación
emocional y oportunidades reales para sus jóvenes. Exige también una ciudadanía
que no renuncie a su capacidad crítica ni a su sensibilidad ética.
Duele mi país, mi departamento y mi subregión
de Urabá -Chigorodó, y sobre todo su gente. Por ello me atrevo a lanzar mi voz
al mundo diciendo: “Donde la violencia se normaliza como estrategia política,
la salud mental colectiva se fractura inevitablemente.”
Por José Gañan Bedoya.
Chigorodó Antioquia -Colombia, 27-04-2026.
Fotografía:
Lic. Naty Yela Salazar.
Referencias:
Comisión de la Verdad. (2022). Hay futuro si
hay verdad: Informe final.
Martín-Baró, I. (1990). Psicología social de la
guerra: Trauma y terapia. UCA Editores.
Hernández, M., & Gutiérrez, C. (2021).
Violencia, salud mental y tejido social en Colombia. Revista Colombiana de
Psiquiatría.

No hay comentarios:
Publicar un comentario