Ángel
se fue demasiado pronto, como se van las cosas que uno apenas empieza a
nombrar. Tenía la juventud todavía en los hombros y una hija que apenas era una
promesa cuando el destino decidió escribir otra historia. Han pasado tres años
desde entonces, y María —once años cumplidos, mirada serena y silencios largos—
creció sin haberle visto el rostro.
Pero
hay ausencias que no necesitan memoria para hacerse sentir.
El
vacío también deja huella.
A
veces le dolía sin saber exactamente por qué. Era una nostalgia sin recuerdos,
un eco sin voz. Como si su corazón supiera algo que su mente nunca había
aprendido.
Una
tarde cualquiera —de esas en que el mundo pesa más de lo que debería— María
tomó un lápiz. No buscaba nada en particular, o tal vez sí: una forma de
aliviar ese nudo invisible en el pecho. Sobre la hoja en blanco empezó a trazar
líneas tímidas, luego más seguras, como si la mano supiera el camino.
Dibujó
unos ojos. Después una sonrisa.
Un
rostro completo.
Se
detuvo.
Lo
miró en silencio, como quien reconoce algo perdido en un sueño.
—Papá
—susurró.
No
sabía si era exacto. Nadie le había dicho cómo era. No había fotografías
suficientes ni historias detalladas. Y, sin embargo, ahí estaba: una presencia
suave, dibujada con la certeza de lo que no se ve, pero se siente.
En
ese rostro no había gritos ni despedidas. No había el estruendo del accidente
ni la tristeza de lo que nunca fue. Había calma. Una calma que no venía de
afuera, sino de algún lugar profundo dentro de ella.
Y
por primera vez, el gris que habitaba su pecho no desapareció…
pero dejó de doler igual.
Desde
ese día, María encontró su refugio. Cuando la tristeza amenazaba con quedarse
demasiado tiempo, no la escribía. No la nombraba.
La
dibujaba.
Lo
dibujaba a él.
A
veces con capa, como un héroe. Otras, simplemente sonriendo. Lo imaginaba como
un “súper papá”, de esos que no necesitan estar para cuidar, porque habitan en
la parte más firme del alma.
Sin
saberlo, María entendió algo que muchos pasan la vida entera sin descubrir:
que
hay amores que no se van con la ausencia,
que
hay presencias que no necesitan cuerpo,
y
que el corazón también sabe inventar caminos para seguir acompañado.
Hoy,
cuando alguien le pregunta por su historia, María no habla del dolor primero.
Habla de lo que vino después.
Y
dice, con la serenidad de quien ha aprendido a sostenerse:
A
veces, lo que más nos duele es también lo que puede sostenernos.
Porque
incluso un recuerdo incompleto —o uno que apenas estamos construyendo— puede
convertirse en refugio.
Y
quien aprende a dibujar lo que ama, descubre que hay ausencias que, de alguna
forma, nunca dejan de cuidar.
Por
José Gañan Bedoya
Centro
de Escucha – Chigorodó, 21-04-2026
Imagen
de la niña generada con IA para proteger su identidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario