Han
pasado las estaciones, y en cada una he procurado dejar una huella de servicio,
como quien planta árboles sabiendo que otros disfrutarán de su sombra. He
vivido de frente, con el corazón puesto en la gente, entregando mis días a la
esperanza de que cada gesto, cada palabra, cada acción, puedan aliviar un dolor
o encender una luz.
El
tiempo, ese orfebre silencioso, ha ido labrando en mí no sólo arrugas y canas,
sino también la certeza de que la plenitud no se mide en años, sino en vidas
tocadas, en historias compartidas, en abrazos dados sin esperar nada a cambio.
Hoy,
a las puertas de cumplir 57 años este 26 de septiembre, me descubro agradecido.
No por haber transitado un camino sin tropiezos, sino por haber aprendido que
cada caída fue un peldaño más hacia la plenitud. He caminado por veredas
polvorientas y despachos iluminados; he escuchado el murmullo de la gente y el
silencio de la soledad ajena, y en ambos he encontrado sentido.
Esta
foto de juventud me recuerda que, aunque el rostro cambie, la esencia
permanece. El muchacho de traje impecable y corbata —que aún conservo, como
conservo los recuerdos más profundos de mis amores y desamores— sigue aquí. El
joven de mirada serena habita todavía en mí, ahora más sabio, más humano, más
consciente de que la verdadera herencia no está en lo que se posee, sino en lo
que se entrega.
Porque,
al final, toda mi vida ha sido eso: un largo y hermoso acto de servicio, una
conversación constante con la humanidad, un poema que aún continúa
escribiéndose.
Esta
remembranza la dedico con amor a mi familia —Juan Diego y Naty—, a mi otra
familia de sangre, - a nuestras mascotas Lupe y Pepe-, a mis amigos y amigas,
seres queridos, y a mi pueblo Chigorodó, que me ha dado casi todo.
Chigorodó,
Antioquia, jueves 14 de agosto de 2025.

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