miércoles, 7 de mayo de 2025

El Serrín del Alma.



Hablar de salud mental en Colombia, dentro del sistema de salud, es muchas veces hablar de simulacros. Aunque la legislación diga otra cosa, la realidad del paciente psíquico está marcada por barreras, demoras y una atención que se parece más a un trámite que a un verdadero cuidado. En este escenario, la metáfora del serrín —ese polvo que queda tras cortar o lijar la madera— cobra una vigencia dolorosa: muchas personas, al atravesar el sistema, no emergen reconstruidas, sino desmenuzadas. Vacías. Fragmentadas.

Las EPS remiten con facilidad a los pacientes al psiquiatra, donde el malestar se traduce rápidamente en diagnóstico y medicación. No hay tiempo para indagar el origen del dolor ni su sentido. Lo urgente es silenciar el síntoma. Así, lo que debería ser una apuesta por la comprensión y el acompañamiento se convierte en una maquinaria de etiquetado y medicalización. No se trata de deslegitimar la psiquiatría, sino de cuestionar su uso como contención química de aquello que no se quiere —o no se puede— escuchar. Recuerdo que hace pocos días, un psiquiatra de una IPS, tras terminar una jornada de atención en salud mental en Chigorodó, expresó con cansancio: "Estoy cansado de escuchar cuentos."

La psicoterapia, por su parte, padece su propia precariedad. Algunos contratos permiten que un psicólogo atienda a una persona apenas dos o tres veces al año. Las sesiones no deben superar los 30 minutos. Las citas pueden tardar entre cuatro meses y un año. ¿Cómo construir un vínculo en esas condiciones? ¿Cómo abrir un espacio real para la palabra? ¿Cómo acompañar un proceso de transformación cuando lo que se ofrece es una atención fragmentada, apresurada y escasa?

La Ley 1616 de 2013 habla de acceso efectivo, continuidad y atención integral en salud mental. Pero entre la norma y la realidad se abre un abismo. Lo que vivimos cotidianamente es una atención empaquetada, regulada por los tiempos del mercado. Una atención que no cuida, sino que administra. Que no transforma, sino que desgasta.

Como psicólogo, veo personas llegar al Centro de Escucha cargadas de pastillas, con historias de vida que nadie ha querido oír. Veo jóvenes etiquetados desde la infancia y adultos que ya no creen en la terapia porque solo conocen su versión exprés. Veo sujetos convertidos en serrín: polvo del alma, residuos de una maquinaria que prioriza la rentabilidad sobre la dignidad.

Sin embargo, también es justo reconocer que en Colombia —y particularmente en Antioquia, la subregión de Urabá y el municipio de Chigorodó— se han desplegado esfuerzos valiosos desde las Secretarías de Salud y Protección Social. Procesos psicosociales y acciones de supervisión, vigilancia y control a las EPS han permitido que muchas personas accedan a servicios de salud mental de forma más oportuna y humana.

La implementación de la Política Pública de Salud Mental, a nivel nacional, departamental y municipal, ha dado paso a estrategias concretas: creación de Voluntariados en Salud Mental (2020-2023), Centros de Escucha o “Escuchaderos” en la cabecera municipal, veredas y resguardos indígenas; Jornadas y Ferias Municipales de Atención en Salud y Salud Mental; seguimiento a casos de violencia intrafamiliar y de género; acciones de seguimiento y postvención frente a conductas autolíticas; y campañas IEC (información, educación y comunicación) mediante radio comunitaria y redes sociales, planes de acción psicoeducativos en promoción y prevención en instituciones educativas urbanas y rurales y, en diferentes entornos, entre otras.

También se han fortalecido rutas de atención, redes de apoyo en salud mental y mecanismos comunitarios de participación, que han contribuido a contener la crisis y evitar que sea aún más grave. Estas acciones territoriales demuestran que otro modelo de atención es posible: más cercano, más preventivo, más digno.

Este escrito no pretende agotar el debate, sino abrirlo. Es urgente hablar de salud mental sin romanticismos, sin tecnicismos vacíos y sin resignación. La salud mental no puede seguir siendo una promesa lejana ni una línea marginal en los planes de salud pública. Es momento de exigir —y también de respaldar— los esfuerzos locales y regionales que dignifican al sujeto. Porque las personas no son desechos. Y el alma no se barre como polvo en una EPS o IPS.

 

Chigorodó, 07 de mayo de 2025

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