El debate y
abordaje sobre la salud mental suele quedar atrapado en un marcado interés por
las estadísticas. Gobiernos locales, departamentales y las entidades de
supervisión y organismos nacionales parecen más preocupados por el aumento en
los índices de trastornos mentales, intentos de suicidio y suicidios consumados
que por invertir en soluciones reales. La reacción suele limitarse a la alarma
pública y a la generación de informes, pero sin una transformación estructural
de los sistemas de salud ni de los determinantes sociales que inciden en el
bienestar emocional de la población.
Esta lógica
reduccionista se traduce en una atención sanitaria enfocada en el diagnóstico
rápido y la medicalización como respuesta casi automática. En lugar de abordar
el problema desde una perspectiva integral, con programas de prevención y
promoción de la salud mental, se prioriza la estandarización de tratamientos y
la adherencia a manuales que no siempre consideran el contexto social, cultural
y político de los individuos. Esta visión mecanicista no solo es insuficiente,
sino que puede resultar contraproducente al ignorar la complejidad del
sufrimiento humano.
Más allá del
conteo de casos y la acumulación de datos, el verdadero desafío es la
transformación de las condiciones que generan y perpetúan el malestar psíquico.
Son escasos los esfuerzos locales para modificar los determinantes sociales y
políticos que afectan la salud mental. La pobreza, la desigualdad, la violencia,
el desempleo, la falta de vivienda, el hambre y la falta de oportunidades como
la educación superior, entre otros, continúan deteriorando la estabilidad
emocional de miles de personas. Sin cambios en estos factores, las cifras
seguirán aumentando sin que eso implique un mayor acceso a soluciones
efectivas. ¿Cómo pretender reducir las cifras, el dato o las estadísticas
cuando no se soluciona nada de fondo?
Es clave
entender que el incremento en la demanda de servicios de salud mental no es, en
sí mismo, una señal de que una sociedad está en crisis (que el municipio de
Chigorodó está en crisis o que su gente está enferma mentalmente). Al
contrario, puede reflejar un avance: el reconocimiento del malestar y la
búsqueda de ayuda.
Afirmaciones
respaldadas por estudios en salud pública indican que cuando una comunidad
accede más a estos servicios, no necesariamente está más enferma, sino que está
rompiendo con el estigma y promoviendo el autocuidado. La clave no está en
frenar la demanda con medidas restrictivas o burocráticas, sino en fortalecer
la oferta con atención de calidad, accesible y centrada en el ser humano.
También el
culto a la ignorancia en salud mental se manifiesta en la preocupación obsesiva
para que el dato (las estadísticas) no nos hagan ver mal y la negligencia en la
inversión de recursos en talento humano y financiero para el bienestar
emocional de la población. No basta con alarmarse por el aumento de
diagnósticos o intentos de suicidio; es imperativo cambiar las condiciones
estructurales que generan sufrimiento emocional. La verdadera solución no está
en reducir la complejidad a cifras, sino en construir sistemas de salud mental
que integren ciencia, humanidad, acción política y social, entre otros.
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SanaMente.

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