domingo, 16 de marzo de 2025

Salud mental y determinantes multifactoriales: cuando las cifras importan más que las soluciones.

 


El debate y abordaje sobre la salud mental suele quedar atrapado en un marcado interés por las estadísticas. Gobiernos locales, departamentales y las entidades de supervisión y organismos nacionales parecen más preocupados por el aumento en los índices de trastornos mentales, intentos de suicidio y suicidios consumados que por invertir en soluciones reales. La reacción suele limitarse a la alarma pública y a la generación de informes, pero sin una transformación estructural de los sistemas de salud ni de los determinantes sociales que inciden en el bienestar emocional de la población.

Esta lógica reduccionista se traduce en una atención sanitaria enfocada en el diagnóstico rápido y la medicalización como respuesta casi automática. En lugar de abordar el problema desde una perspectiva integral, con programas de prevención y promoción de la salud mental, se prioriza la estandarización de tratamientos y la adherencia a manuales que no siempre consideran el contexto social, cultural y político de los individuos. Esta visión mecanicista no solo es insuficiente, sino que puede resultar contraproducente al ignorar la complejidad del sufrimiento humano.

Más allá del conteo de casos y la acumulación de datos, el verdadero desafío es la transformación de las condiciones que generan y perpetúan el malestar psíquico. Son escasos los esfuerzos locales para modificar los determinantes sociales y políticos que afectan la salud mental. La pobreza, la desigualdad, la violencia, el desempleo, la falta de vivienda, el hambre y la falta de oportunidades como la educación superior, entre otros, continúan deteriorando la estabilidad emocional de miles de personas. Sin cambios en estos factores, las cifras seguirán aumentando sin que eso implique un mayor acceso a soluciones efectivas. ¿Cómo pretender reducir las cifras, el dato o las estadísticas cuando no se soluciona nada de fondo?

Es clave entender que el incremento en la demanda de servicios de salud mental no es, en sí mismo, una señal de que una sociedad está en crisis (que el municipio de Chigorodó está en crisis o que su gente está enferma mentalmente). Al contrario, puede reflejar un avance: el reconocimiento del malestar y la búsqueda de ayuda.

Afirmaciones respaldadas por estudios en salud pública indican que cuando una comunidad accede más a estos servicios, no necesariamente está más enferma, sino que está rompiendo con el estigma y promoviendo el autocuidado. La clave no está en frenar la demanda con medidas restrictivas o burocráticas, sino en fortalecer la oferta con atención de calidad, accesible y centrada en el ser humano.

También el culto a la ignorancia en salud mental se manifiesta en la preocupación obsesiva para que el dato (las estadísticas) no nos hagan ver mal y la negligencia en la inversión de recursos en talento humano y financiero para el bienestar emocional de la población. No basta con alarmarse por el aumento de diagnósticos o intentos de suicidio; es imperativo cambiar las condiciones estructurales que generan sufrimiento emocional. La verdadera solución no está en reducir la complejidad a cifras, sino en construir sistemas de salud mental que integren ciencia, humanidad, acción política y social, entre otros.

 

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